Un giro inesperado marcó el aire de Es mi sueño durante la emisión del 18 de marzo de 2026. En medio de la dinámica habitual del programa de Guido Kaczka, la voz de Abel Pintos resonó con una confesión que nadie esperaba: su infancia estuvo marcada por una actividad singular y entrañable.
Entre risas y miradas de asombro, el cantante y jurado abrió una ventana a su pasado. “Yo hacía huevos de Pascua cuando era chico para vender en el barrio”, reveló Abel ante la atenta escucha de sus compañeros. La afirmación, simple en apariencia, provocó una reacción inmediata en el estudio, donde la sorpresa se mezcló con el humor y la emoción.
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El relato del bahiense no solo capturó la atención de los presentes, sino que también generó un momento de cercanía y humanidad en el programa. La anécdota, compartida de manera espontánea, permitió conocer una faceta desconocida de quien hoy es una de las voces más reconocidas de la música argentina.
La respuesta del jurado y el resto del equipo no se hizo esperar. “¿En serio?”, exclamaron casi a coro, entre la incredulidad y la curiosidad. Risas nerviosas surgieron en el programa de El Trece, marcando el desconcierto que generó la historia de Abel.
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Lejos de incomodarse, el cantante continuó con su característico humor. “Sí. Listo, no hay más. No hay remate. Les conté una cosa de mi vida, chicos”, bromeó, descontracturando el ambiente. El gesto fue recibido con simpatía y permitió que la conversación fluyera con la naturalidad que caracteriza al ciclo.

En medio del clima distendido, Abel Pintos profundizó en el valor de compartir experiencias personales. “Puedo abrir mi corazón sin que eso sugiera que tengan que reírse”, afirmó, poniendo en palabras la posibilidad de mostrar vulnerabilidad en televisión sin temor al juicio o la burla.
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Este intercambio generó un momento de empatía colectiva, donde la emoción cobró protagonismo y los límites entre jurado, participantes y público parecieron desdibujarse. El estudio de Es mi sueño vivió así una pausa emotiva, alejada de la competencia y centrada en la experiencia humana.
Sin principio ni final
La interpretación de Lorenzo Fiorotto, un niño cantante de 13 años oriundo de Gualeguaychú, marcó un punto de inflexión en el programa de Guido Kaczka, al convertirse en el primer participante que generó una reacción de llanto visible en Abel Pintos, autor de “Sin principio ni final” y miembro central del jurado. Fiorotto eligió interpretar la obra de Pintos y recibió elogios inmediatos del panel, que completan La Mona Jiménez, Jimena Barón y Joaquín Levinton, además de una respuesta viral por parte de la audiencia digital.
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El dato de industria relevante surgió al cierre del programa, cuando Pintos abandonó el protocolo habitual para invitar al joven artista al escenario y juntos interpretaron fragmentos de la canción, lo que consolidó la secuencia como uno de los momentos más reproducidos y compartidos en redes sociales de la temporada. El ciclo ha explotado este tipo de interacción entre figuras consagradas y participantes emergentes como su principal diferencial competitivo frente a otros formatos de talents shows.

El contenido del episodio se estructuró en torno a la presentación de Fiorotto, quien manifestó su deseo explícito de orientar su carrera artística a actuaciones benéficas y ayuda a niños necesitados, optando por priorizar la función social de la música sobre el reconocimiento personal. Esta declaración produjo un efecto inmediato en el clima del estudio, generando elogios por parte de los jurados y un momento de complicidad televisiva.
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El cantante de Turf, Joaquín Levinton, introdujo una cuota de distensión al bromear sobre el futuro profesional de Abel Pintos frente al talento del niño, en tanto que Pintos dirigió la interacción hacia el plano emocional, promoviendo la colaboración en vivo y dejando de lado el esquema competitivo clásico.
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