El Mono de Kapanga ha experimentado una transformación radical en su vida tras un episodio de salud que marcó un antes y un después. A fines de septiembre del 2024, Martín Alejandro Fabio—su nombre y apellido real—sufrió un infarto que derivó en dos angioplastias y la colocación de siete stents. Desde entonces, el vocalista principal de Kapanga cuenta los días de esta nueva etapa con la misma precisión con la que recuerda los treinta y dos años transcurridos desde que abandonó las drogas. Su rutina, sus prioridades han cambiado, y de todo esto habló este miércoles en Infobae a la tarde...
—Debe haber mucha gente que capaz no sabe que te llamás Martín, ¿no?
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—Sí, lo tengo recontra asumido: nombre Mono, apellido Kapanga; a mí me encata ser El Mono de Kapanga, aunque a veces no tanto...
—¿Cuáles son los pesares de ser el Mono de Kapanga?
—Perdés tu privacidad para siempre. Tenés que mostrar que estás bien para el afuera, cuando a veces no estás bien ni para el afuera ni para adentro. Pero siempre tenés que poner la mejor de las ondas, ¿viste?
—Hay muchas fantasías respecto a la vida de los músicos. ¿Cómo es un día, una semana tuya?
—Yo digo que es re-aburrida. Pero yo me aburro bien, ¿eh? No es que me aburro mal. Disfruto mucho de mi soledad, también. Bah, no estoy tan solo. Vivo con mi hijo, que tiene 24 años, con dos perras, pero sí me gusta estar en mi casa. Nosotros nos tomamos vacaciones del 15 de diciembre al 23 de enero, y por ahí yo me voy ocho, diez días de vacaciones a algún lugar de la costa y después me tomo vacaciones de las vacaciones en mi casa, me encanta. Me gusta un poco salir de tener que estar todos los días poniendo la cara, tener que ser el Mono de Kapanga todo el tiempo.

—¿En dónde o con quién te refugiás para de pronto poder estar triste...?
—¡En el espejo, bastante! En mis perras y mi hijo, que es un gran sostén. Yo digo que convivo con un hijo que a veces parece mi papá a en vez de ser mi hijo. El me enseñó un montón de cosas tanto como me las ha enseñado mi papá. Me refugio ahí y en la soledad, también. A veces está bueno y a veces no está tan bueno.
—Mono, contanos de la primera vez que conociste a la Mona Jiménez, porque según contaste alguna vez, Kapanga nace porque a vos te gustaba mucho él, ¿no?
—El primer encuentro fue en el primer Luna Park de La Mona, a fines del ‘88. Me subí al escenario, lo abracé, me saqué una foto y me bajé. El segundo fue en Cemento, en el ‘89, que también, me subí al escenario (sin foto) y me dejó que me quedara ahí atrás viendo el show. Y ya formalmente nos conociemos en el ‘98 cuando grabamos el primer disco de Kapanga; él vino a Buenos Aires y ahí me lo presentaron y le pude contar mi historia, por qué me gustaba La Mona. Y hoy sigo teniendo una relación fantástica hacia el artista que más veces vi en vivo, con el que más veces canté. ¡Hace 38 años que lo sigo, imaginte!

—¿Dirías entonces que hay conocer a los ídolos?
—Algunos sí y algunos no. A mí me salió muy bien con La Mona, tanto él como su familia son súper generosos.
—Decías, la banda tiene más años que los años que llevaste casado, ¿cómo se explica eso?
—Mucha paciencia, mucho amor a lo que hacés. Respeto. Después, en los matrimonios, aveces está todo bien, a veces no tanto, pero el objetivo siempre es el mismo: cuando uno se casa cree que es para siempre, y con las bandas pasa lo mismo: nosotros todos los fines de año renovamos votos.
—¿Y en lo personal, ahora, soltería o...?
—Sí, soledad
—¿Pensás seguir así o estás buscando...?
—No, estoy muy cómodo así; tampoco es algo que me quita el sueño... ¿La verdad...? ¡Me da paja!
—¿No tenés tiempo?
—Tiempo tengo, ¡lo que no tengo es ganas! Me da paja el chamuyo, esas cosas... Yo, lo admito, soy un no contestador serial de mensajes. Por eso te decía lo de la soledad: con mis dos perras, si entra un cuarto integrante en la cama ya se complica. Yo soy como el personaje ese de Capusoto, “¡No, yo nunca la pongo!”, ¿viste? Lo del levante es un mito. ¿Que es más fácil si sos famoso? Sí, obviamente. Ojo, no es que me cansé de tener sexo. No estoy en mi mejor momento. Después del infarto, hace un año y medio, algo cambió...
—¿Por?
—Es que a mí me agarró el infarto después de tener sexo. Pero después me di cuenta, porque todos me decían “es el pucho, la mala alimentación”, que es verdad también.
—O sea, ¿sexo contraindicado?
—Y... yo sentí la pata de elefante (se toca el pecho) mientras estaba en un acto sexual. Por ahí me asusté. No es que estoy retirado, sino que a veces tengo miedo. ¡¿Cómo me saca la piba de un telo, en una bolsa de consorcio negra?! No da.
—¿Y ahora, cambiaste de vida?
—Cambié habitos. Lo que más me cuesta es la comida. Yo pensé que lo que más me iba a costar era el pucho, pero no, es la comida.
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