
La tarde caía sobre la ciudad, y con ella, Sandra Mihanovich despidió a su gata Pepita, a pocas horas del Año Nuevo. No era una simple mascota: en aquella foto que la cantante compartió desde sus redes sociales, se adivinaba un lazo tejido a lo largo de años, silencioso y profundo. “Se termina el año y con él se fue Pepita. No paro de llorar. Gracias por haber estado en nuestra vida. Te amamos”, escribió la cantante junto a la imagen de su compañera, y la tristeza se hizo palpable para quienes la siguen, para quienes alguna vez amaron a un animal.
La noticia sacudió a quienes conocen el costado íntimo de la artista. Porque Pepita no fue solo una gata: llegó a la familia cuando tenía apenas dos meses y, desde entonces, eligió su propio modo de habitar el hogar. “Pepita no se deja agarrar, es ella quien busca el mimo. Cuando quiere, se me sube al pecho o las piernas y ahí se deja acariciar”, había contado la intérprete en charla con El Trece, en una de esas descripciones que solo pueden dar quienes entienden el carácter indómito de un animal querido. ¿Cuánto puede marcar la vida la presencia de una gata libre, que se deja tocar solo cuando lo decide? ¿Cómo se aprende a querer así, a respetar ese misterio?
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El pequeño universo doméstico de Sandra se completaba con Zamba, la labradora negra. A simple vista, cualquiera pensaría que la fuerza y el tamaño de Zamba harían de ella la reina de la casa. Pero la realidad, narrada por la propia cantante, dejaba en claro que el territorio tenía dueña. Eran frecuentes las escenas en las que la cama de la perra quedaba ocupada por la gata, mientras su compañera, paciente, acomodaba su gran cabeza en la diminuta camita de Pepita. “Y la otra toda despanchurrada en la cama de Zamba”, relataba Sandra entre risas, al momento de describir ese peculiar orden doméstico que solo los animales saben construir. Duermen en la cocina, juntas, había contado, y en esas palabras se dibujaba una imagen de paz cotidiana.

La despedida no fue solo íntima. Desde que la noticia se conoció, las redes sociales se poblaron de mensajes para Sandra. Llegaron de todas partes, de personas que nunca cruzaron una palabra con la cantante, pero que comprendieron la dimensión de la pérdida. “¡Abrazo enorme! He tenido el honor de ser la humana de dos gatas tricolores y son inolvidables. ¡Pepita es luz!”, escribió una usuaria. Otro mensaje, cargado de empatía, confesaba: “Cuánto te entiendo. Se me fue Tito en 2019 y aun lo echo de menos. Hasta me parece que saldrá de algún escondite para sorprenderme”. Las historias se sumaban una tras otra, como si la tristeza de Sandra Mihanovich fuera un espejo en el que muchos quisieran reconocerse.
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Alguien más le compartió: “Te comprendo, en marzo partió mi gatita, aun la extraño y me angustia su ausencia, a veces aparecen plumitas, creo que son las señales que me envía para decirme que está conmigo”. ¿No será que todos guardan un rincón de nostalgia por esos amores silenciosos? ¿No será que la partida de Pepita les recordó a todos la fragilidad de los vínculos verdaderos?
Así fue que en la víspera de un año nuevo, la ausencia de una gata blanca y anaranjada —aquella que elegía su propio momento de ternura, que ponía sus reglas y compartía la cocina con una perra gigante— dejó un vacío que ni el tiempo ni las palabras pueden llenar. Pero la memoria de Pepita, como tantas otras, seguirá latiendo en cada rincón, en cada gesto, en cada mensaje de consuelo que llegó hasta Sandra Mihanovich.
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