El Cilindro de Avellaneda vibró como pocas veces en la noche de los octavos de final del Torneo Clausura 2025. El pitazo final dejó escrito en la historia una página imposible de imaginar minutos antes: Racing derrotó a River por 3 a 2 en un partido infartante, con un gol agónico que desató lágrimas en la tribuna —y no solo entre los hinchas anónimos, sino en el célebre Guillermo Francella.
No hacía falta buscar mucho en las gradas para encontrarlo. Guillermo Francella, leyenda del cine argentino y confeso hincha de la Academia, había llegado temprano, como siempre hace, para alentar a su club desde la tribuna. Las cámaras lo seguían de cerca. En más de una ocasión lo mostraron conversando con Joaquín Furriel, también actor y presente en la noche mágica. ¿Qué se decían antes de que la locura se apoderara del estadio? Solo ellos lo saben.
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El relato del partido ya es parte de la mejor tradición del fútbol: primero uno, después el otro, cada gol subía las pulsaciones del público. Cuando el tiempo casi se agotaba y el empate parecía sellado, el uruguayo Gastón Martirena rompió la equidad con un disparo en el último minuto del tiempo agregado. El 3 a 2, obra del lateral derecho, colapsó cualquier posibilidad de contención emocional.
Pero si hubo una reacción que se adueñó de la noche y de las redes sociales, no fue la de los jugadores en la cancha, sino la de ese hombre sentado en el palco. Francella, atrapado por la cámara en el momento exacto, levantó las manos a la cara y se largó a llorar, visiblemente conmovido por la victoria. Las imágenes de televisión no dejaron lugar a dudas: no era actuación, sino la desnudez pura de un hincha ante el milagro.
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Antes del desenlace, Francella y Furriel compartían palabras, gestos, la espera tensa. Pero la postal inolvidable llegó después: el rostro cubierto, los hombros sacudidos por el llanto, la fiesta desatada en la platea. El actor, símbolo de la pasión racinguista, se convirtió esa noche en la imagen del hincha genuino. Y la selfie final, en la que junto a un grupo embanderado de celeste y blanco, en el que también se distingue a Ricardo, el hermano de Guillermo, dan rienda suelta a su locademia.
El eco del gol de Gastón Martirena todavía retumbaba en las tribunas cuando las luces del Estadio Presidente Perón se comenzaban a apagar, pero para Francella la jornada apenas comenzaba. Afuera, el gentío lo envolvía. Los micrófonos de los periodistas pugnaban por captar las primeras palabras del hombre que, minutos antes, había llorado desconsoladamente.
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Todavía conmovido, Francella habló para Cadena 3. Su voz no se templaba, encontraba apenas un hilo de calma entre la fiebre. “Maravilla”, acertó a decir primero. Alguien quiso más: “Guille, contame el tercer gol”. Y allí salió todo, de un tirón, expuesto y sincero, como los mejores monólogos: “Es una felicidad extraordinaria, extraordinaria. Perder dos a uno, llegaron dos veces al arco estos y ganarles así como tantas veces nos han ganado a nosotros, es maravilloso”. Las palabras temblaban entre la incredulidad y la revancha largamente esperada.

El periodista insistió: “¿Algún recuerdo de un partido como este?”. La respuesta no dejó dudas de la dimensión de lo vivido. “Muchos, muchos, pero este lo estoy disfrutando mucho”, reconoció sin contener la sonrisa.
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Pero la épica de ese cierre tenía una antesala insospechada. Días antes del cruce con el Millonario, el plantel de Racing Club eligió el camino de la unión. Alejados de la presión y de los encasillados rituales de concentración, los jugadores y el cuerpo técnico vivieron una velada irrepetible: una cena especial en el SUM del estadio, recibiendo a dos íconos racinguistas.


Donato de Santis, estrella de la cocina y fanático racinguista, aterrizó sin tiempo para cambiarse: “Perdón, ni me cambié, vine de MasterChef y vengo acá con ustedes”, lanzó, desatando una ovación entre los más de 40 asistentes. Estaban todos: futbolistas, el cuerpo técnico que comanda Gustavo Costas, y la dirigencia, con Diego Milito a la cabeza.
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La postal se completó cuando llegó el invitado más esperado. Francella, alma y cara visible de la pasión de Racing, se sumó al banquete. Se sentó entre los jugadores, compartió brindis y risas, y dejó claro, una vez más, lo que significa para él ese club: “Estar en casa siempre se disfruta, y si además la invitación incluye un menú preparado por Donato, más no se puede pedir”. Era la previa soñada, el desahogo necesario antes del drama de los noventa minutos.
¿Puede una cena, un gol sobre la hora y unas lágrimas sinceras resumir el espíritu de un club? Esa noche, en el Cilindro de Avellaneda, Guillermo Francella y toda la familia racinguista respondieron sin hablar: sí, el fútbol regala momentos en los que la felicidad es absoluta y termina por desbordar cualquier palabra.
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