En la casa de Calu Rivero y Aíto de la Rúa la naturaleza no es adorno: es principio y destino. Desde los ventanales que se abren hacia el patio hasta los tonos tierra que impregnan los muebles y las paredes, todo invita a perderse en la calma vegetal del entorno.
La actriz tomó una decisión inusual con su familia para las vacaciones de invierno: alejar a sus hijos de la ciudad y aventurarse con ellos campo adentro, buscando ese rincón donde lo esencial todavía respira.
Al caer la tarde, cuando el frío se desliza desde las Sierras Chicas de Córdoba, los pequeños Tao y Bee descubren la textura inconfundible de la tierra húmeda. Del otro lado de la ventana, el pasto cruje bajo sus botas. Una jornada comienza con la primera luz: caballos ensillados esperan, el vapor se eleva de sus hocicos y los niños trepan al lomo con torpeza y entusiasmo.

La cabaña que eligieron para pasar estos días tiene el corazón de una vieja posta: techos a dos aguas, paredes de madera, hogares a leña encendidos en varios rincones. No hay señal de teléfono ni Wifi, salvo una conexión satelital lejana: el aislamiento, aquí, es un lujo buscado, una oportunidad rara de escuchar los sonidos pequeños del campo. Los paneles solares proveen la electricidad, un reloj solar guía el ritmo de las actividades y la leña cruje en las hornallas cuando la temperatura cae.
Las imágenes de la experiencia no tardan en aparecer en Instagram. En ellas, Calu junto con sus hijos, entre risas, acarician el pelaje áspero de un ternero, hunden las manos en los costales de pasto, dan de comer a las gallinas o miran cómo el sol se quiebra sobre un estanque helado.
Las actividades del día se suceden como una coreografía silvestre: pequeñas exploraciones trepando rocas, recogidas de flores silvestres, largas siestas bajo un alero de tejas musgosas. De vez en cuando, algún animal se deja acariciar. El aroma de la madera quemada se mezcla con el pan recién horneado.

La influencia de la ecología se respira en el aire. No es solo un discurso de ciudad; aquí, los paneles solares y la madera no son gestos simbólicos sino necesidad y lección diaria. No hay televisores ni pantallas encendidas hasta el insomnio, solo la ventana abierta y el sonido distante de una puerta de establo girando sobre sus goznes.
Los seguidores virtuales de la actriz reciben las postales rurales con una mezcla de admiración y deseo. Los comentarios se suman, celebrando la serenidad del paisaje y la decisión de apartar a los niños del bullicio y las rutinas citadinas.
“La infancia debería tener, al menos, unos días de animales y barro en las manos”, escriben algunos. “¡Que hermosas vivencias les estás dando! ¡Y son hermosos!“, expresó otra de las seguidoras en el posteo, en tanto que una tercera destacó: ”Amo cómo criás a tus hijos con la naturaleza, tan simple, tan sencillo, pero inundado de amor. Les enseñás lo valioso que es. Sos una bella mujer y maravillosa mamá, Te admiro, amo la felicidad plena que tienen en sus ojitos Tao y Bee".

Al caer la noche, cerca del fuego, Calu y Aíto reúnn a sus hijos para leer historias y escuchar el viento arañar las redes de los ventanales. Las jornadas terminan pronto, con el cansancio de los músculos y el fulgor de las caras rojizas.
En la elección de la actriz hay algo de rareza y de protesta: una infancia protegida por la tierra y el silencio, lejos del escándalo, las luces y el ruido de la ciudad. Aquí no hay relojes ni agenda, solo el deseo de descubrir que la naturaleza todavía puede ser una maestra, y la certeza de que la felicidad —a veces— está en la mirada de un niño que acaricia un caballo bajo el cielo helado de Córdoba.
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