
Diego Armando Maradona, una de las figuras más emblemáticas del fútbol mundial, falleció el 25 de noviembre de 2020, dejando una huella imborrable en el deporte y la cultura popular. Cuatro años después, su legado persiste a través de memorias, homenajes y un juicio que busca esclarecer las circunstancias de su muerte.
El astro murió a los 60 años en una vivienda de Tigre, como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio derivado de un edema pulmonar agudo y una insuficiencia cardíaca crónica. Su deceso marcó un punto de inflexión en la historia reciente del fútbol y generó una ola de reacciones de figuras del deporte, gobiernos y fanáticos en todo el mundo.
El proceso judicial por su muerte sigue avanzando. Ocho profesionales de la salud, incluidos el neurocirujano Leopoldo Luque y la psiquiatra Agustina Cosachov, enfrentan cargos por presunta mala praxis. Según la Fiscalía, los acusados habrían actuado con negligencia en la atención médica del ídolo, calificándola de “temeraria e indiferente”. El juicio comenzará el 11 de marzo de 2025, y el caso capturó la atención mediática, subrayando las falencias en el tratamiento recibido por Maradona en sus últimos días.
Más allá de los estadios llenos y los títulos históricos, también fue un hombre de barrio, cercano y accesible, que dejó impresiones imborrables en quienes tuvieron la suerte de cruzarse con él en contextos cotidianos. Una de esas historias fue narrada recientemente en Instagram por el usuario @Esteifri, Kristian, quien recordó cómo en los años 80 el ídolo solía jugar partidos informales en el Club Allende, una modesta cancha de Villa Devoto, a pocos metros de su casa.

Kristian describió su infancia en una calle tranquila del barrio porteño, Melincué al 4600, donde los días transcurrían entre juegos y partidos improvisados en el Club Allende, un espacio barrial con una cancha de fútbol, una de pelota paleta y un bufet que se convirtió en un punto de encuentro para los niños de la zona. Era un lugar sin pretensiones, donde lo único que importaba era la pasión por el fútbol.
Todo cambió en 1986, el mismo año en que Maradona llevó a la Argentina a la cúspide del fútbol mundial al ganar el Mundial de México. Una tarde, la calma habitual de la cuadra fue interrumpida por la llegada de varios Mercedes Benz negros, un espectáculo poco común en esas calles. “Nos dijeron que Maradona estaba en el club, y no podíamos creerlo”, escribió.
Tras insistir, él y sus amigos lograron acceder a la cancha y confirmaron lo que parecía un sueño: el hombre más famoso del país en ese momento estaba allí, jugando a la pelota con sus amigos. El escritor de esta historia, quien en la actualidad tiene el podcast Stay Free, en el que entrevista a distintas personalidades de la música, recuerda que gran parte del tiempo Maradona se dedicaba a atajar, dando órdenes desde el arco y participando con la misma pasión que un niño más en un picado de barrio.

Lo que comenzó como una sorpresa se convirtió en una suerte de tradición. Según relató, cada año, entre 1986 y 1988, Pelusa regresaba al Club Allende, siempre acompañado de un séquito de autos lujosos y amigos. Aunque la cancha era pequeña y los partidos se jugaban sin mucho espacio entre las líneas y las paredes, el evento atraía cada vez a más vecinos, ansiosos por ver al ídolo en acción.
“Nos pedía que los dejemos jugar tranquilos, y después se quedaba firmando autógrafos para todos”, rememoró. Entre los recuerdos más preciados, destaca el día en que una pelota salió disparada hacia él. Al devolverla, Maradona le agradeció con un “gracias, pibe” y le tocó la cabeza, un gesto que, según su relato, marcó su vida. “No me quise lavar la cabeza durante días, hasta que mi mamá lo hizo de prepo”, confesó.
Este tipo de historias refuerzan la idea de un Maradona que, más allá de su figura pública, encontraba en estas escapadas una forma de desconectarse del peso de la fama. En esas canchas de barrio, sin cámaras ni presiones, era simplemente Diego, el chico de Villa Fiorito que nunca dejó de amar el fútbol en su forma más pura.
El relato de Kristian no es el único; cientos de personas compartieron anécdotas similares en las que Maradona aparece como una figura accesible, generosa y profundamente humana. Estos episodios alimentan el mito de un hombre que, pese a sus altibajos personales, siempre fue fiel a sus raíces.
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