“¿Quién cuidará a nuestro hijo después de nosotros?”, se pregunta un Juan Oribe magistralmente interpretado por Julio Chávez, abriendo la puerta al mayor temor que despierta la paternidad.

“Un material teatral es un material vivo: hay que mantenerlo vivo función a función. Y es un equipo muy hermoso el que hemos armado”, reconoce el brillante actor, sentado sobre el escenario de la sala Pablo Picasso, del Paseo La Plaza, donde recibe a Teleshow horas antes de la función.

Después de nosotros, la obra que escribió junto a Camila Mansilla, presenta a Juan y Andrea (Alejandra Flechner), padres de Federico (Matias Recalt), que tiene 22 años y un retraso madurativo. Chávez explica entonces cómo, si tener hijos, se transforma en este padre angustiado y sensible a la maldad: “Sin haber vivido un problema madurativo he vivido y sigo viviendo el temor de lo que significa vivir a veces en la jungla que construimos los humanos”.

”Con la maldad del mundo, que no es necesariamente una maldad voluntaria, estamos construyendo, hemos construido y tal vez se seguirá construyendo un mundo muy difícil para habitar, que pide de la competitividad, ser competitivo, ser competente y poder competir. Y poder competir muchas veces significa poder sobrevivir. Esta sensación de competitividad yo la comprendo perfectamente: cuando era muy pequeño tenía mucho miedo de no tener el sostén propio como para poder defenderme en el mundo. Y de muy chiquito observé que los seres humanos podemos ser muy bravos”.

—Qué doloroso...

—Qué doloroso, o qué bien, porque advertirlo también es una posibilidad de poder vivirlo y de poder vivir otras cosas. También observo mucho lo que somos. Yo no tengo hijos, pero veo la alegría de un padre cuando observa que el hijo o la hija se sabe defender en el mundo. Le dice al hijo: “Ojo, hay que saber compartir”, pero se queda mucho más tranquilo cuando el hijo no deja que le roben la goma. Construimos un material de un ser que es angelical, nuestro actor es un hermoso actor. La pregunta es cómo se sobrevive en el mundo, cómo podemos hacer que esa ternura y ese amor que vos sentís sea el alimento y el sostén de tu hijo. Puede serlo, cuando estás vos, pero cuando vos desapareces, ¿qué va a pasar? Un hijo que consigue trabajo para un padre es un alivio. Un hijo que le está costando trabajar para el padre es un problema. Tener que decir en una reunión: “Mi hijo no aprobó el examen”, no es lo mismo que decir: “Se sacó 10”. Creemos que esa preocupación, esa tranquilidad del éxito, entre otras cosas es porque no podemos soportar las consecuencias de un fracaso. Porque los fracasos vienen muy seguido a preguntarnos qué vamos a hacer, de qué vamos a vivir, qué va a pasar conmigo, quién me va a cuidar, quién me va a asistir, y en ese sentido el mundo está bravo. Con un hijito que tiene problemas de maduración, el padre se pregunta: “Cuando yo no esté, ¿quién se va a ocupar de él?, ¿quién va a tomar decisiones por él?”. Ella (por la madre) dice: “Yo tengo confianza”. Y él dice: “Yo no confío en la gente, yo no puedo confiar en la gente”. Lo que sí, el espectáculo dice de una manera rotunda que el afecto es un lugar muy importante para refugiarse, pero también dice que no es la seguridad del sostén; también hace falta otra cosa.

Julio Chávez, Alejandra Flechner y Matias Recalt en el escenario de
Julio Chávez, Alejandra Flechner y Matias Recalt en el escenario de "Después de nosotros" (Tommy Pashkus Agencia)

—Hablabas de un mundo competitivo y de ciertas inseguridades en la infancia. ¿En qué momento supiste que eras bueno?

—Cuando encontré el trabajo actoral fue en el momento en el que percibí que tal vez era el espacio correcto en el cual podía llegar a ser competente. Encontré en el trabajo artístico una unión bastante posible entre crecer, constituirme como un humano autónomo, y al mismo tiempo no abandonar una suerte de vulnerabilidad y sensibilidad que cuando era muy chico percibí como una carga, y después entendí que era una especie de regalo. Cuando pude hacer algo con eso fue en el momento en el cual empecé a advertir que empezaba a poder. Después me lleva muchos años, me sigo ocupando, en que ese poder sea cada vez más poder. No en el sentido del poder, sino de poder más. Y estoy en un buen momento porque estoy tanto con Después de nosotros como con Inés, empezando a poder debilitarme un poco más. Poder vulnerabilizarme de otra manera, un poco más. Tanto este espectáculo como Inés contienen una vulnerabilidad y una apertura de corazón un poco corrida de lo habitual.

Inés muestra a una actriz que vive una situación en el escenario, que la lleva a preguntarse quién es ella en verdad.

—Sí. Y aparecen sus padres. Inés termina la obra diciendo que comprendió que ella es el amor de los padres. Que si bien ese amor nunca lo tuvo como lo tienen los padres, le ha tocado observarlo. Que se siente muy agradecida por poder ser contempladora de la belleza y del amor. Entendimos con Camila que ahí también hay algo que queremos comunicar, y es el rol del espectador. El espectador no necesita ser Superman: el espectador, viendo a Superman, puede llegar a recibir algo muy hermoso sin necesidad de volar. Entonces nosotros construimos una Inés que es poseedora del amor, y es, como dice ella, no por protagonizarlo sino por haberlo observado. Y la observación es algo que según nuestra mirada es muy importante, sobre todo porque generalmente en el ser humano, después de observar, viene el querer eso que observo. Qué tendencia que tenemos a que no podemos soportar querer sin tener, y en el momento en que lo tenemos, algo se termina, se corta. En definitiva, ¿qué somos cuando vemos una película de amor y estamos así? ¿Qué es eso que nos pasa, que decimos “quiero estar enamorado”? Después vivimos la realidad, y decimos: “Yo quería estar enamorado como cuando veía la película” (risas).

—¿Cómo te llevás con estar enamorado?

—Hace poco salió una nota y pareció como que yo tengo dificultades con el amor. Y no. Lo que yo quise comunicar es que mi dificultad es estar con aquellas cosas que a veces escucho del amor, y que digo: “Si eso es amar, yo no amé”. Digamos entonces que mi manera de amar es diferente, en el sentido de yo no enloquezco. Yo no doy todo, yo no doy todo. No, no, esa sensación de amor es perder. Yo no pierdo nada (risas).

—No se te va la vida en nadie.

—Digamos... No.

—¿Es un amor más sano?

—No lo sé.

—¿Es egoísta?

—No. Es así. Yo no diría tampoco egoísta. Yo diría es egoísta para aquella persona que supone que el amor es darlo todo. Yo no lo entiendo así porque yo no puedo dar todo porque tengo que llevarme cosas a mi casa.

—¿Pero te llevás mejor con vos cuando estás enamorado? ¿Te gusta la vida en pareja?

Me encanta esa sensación porque, entre otras cosas, se me va un problema de encima, que es el problema de ¿qué pasa con mi vida? Entonces digo: “Bueno, ya está cubierto eso, la llamada telefónica, la ocupación”. Pero ocupa un lugar, digamos.

—¿Hoy está cubierto?

—No, hoy no está cubierto. No, no. Está descubierto. Pero hay una silla: alguien se va a sentar.

Julio Chávez y Camila Mansilla dirigen
Julio Chávez y Camila Mansilla dirigen "Ines" (Tommy Pashkus Agencia)

Inés se pregunta quién soy. ¿Quién es Julio Chávez?

—El otro día leí algo que me encantó de Pessoa. Dice: “Soy un cuerpo, y en su interior se piensa”. Y me gustó mucho eso porque verdaderamente comparto esa experiencia de él: soy como una especie de cosa, sin lugar a dudas fallada, construida, hago una experiencia, la mejor que puedo como ser humano, intento hacerla. Soy una persona muy privilegiada porque tengo un oficio que amo, tengo una ocupación, tengo un interés, estoy muy interesado y estoy curioso. Sigo teniendo curiosidad, una profunda curiosidad por el mundo, por los otros, por la gente.

—Alguna vez me contaste que estudiabas Filosofía.

—Sí. Yo no diría estudiar. Yo digo que soy una ladilla de alguien que se ocupa de eso (risas).

—¿Qué buscas en ese espacio?

—Pensar, que me ayuden a entender qué es pensar. Hacer el ejercicio del pensamiento. Seguir a otros cómo piensan. Tratar de comprender lo que es el camino de un pensador, lo que es un trayecto. Me apoyo en seres humanos con los cuales tengo empatía o en un lugar siento que los oigo y me siento curioso con ellos, un lugar en el cual le dan palabra a presentimientos que yo puedo llegar a tener, o despiertan paisajes que yo no sabía que tenía.

—¿Te llevás bien con vos?

—Sí, me llevo bien conmigo. Con todas las angustias que eso puede traer. Pero me llevo bien conmigo, y padezco… Me llevo bien conmigo aún en los momentos en que tengo que padecerme.

—Y ahí es difícil separarse.

—Yo no quiero separarme de eso, por el contrario. Intento vivirme, pensarme, cuestionarme y relativizarme sabiendo que finalmente no sé si todo eso es verdad, sino es tal vez una ficción más.

—Alguna vez me dijiste: “No encuentro mayor dicha en la vida que el trabajo.”

—Sí, es verdad. Lo sigo sintiendo.

—¿Por dónde pasan los placeres fuera del trabajo?

—El trabajo, el trabajo... El arte, la expresión, la ocupación, la visión, el mirar, el preguntarme, el sentir que las cosas me provocan, el gustarme que me provoque, que el mundo me provoque. Tengo la dicha y el agradecimiento de haber adquirido algunas herramientas para poder articular esta provocación que me hace el mundo y poder hacer algo con eso. En ese sentido es el privilegio que yo siento, porque el mundo provoca a todos los seres humanos pero no todos los seres humanos tienen o se ocupan de articular y de expresar. Puede hacerlo cualquiera, pero no todos; algunos seres humanos están sometidos a problemas muy grandes, como por ejemplo, sobrevivir. Y sobrevivir, comer, vivir, no es la ocupación más importante para el humano, ya no debería ser una ocupación, eso debería ser dado y que el humano haga otra experiencia que la que sea simplemente la necesidad de comer. Que algún día el ser humano ya no piense en esas cuestiones administrativas básicas, que son fundamentales, tener salud, vivir, comer, y después empezar la humanidad, digamos.

—Se viene la segunda temporada de El Tigre Verón. ¿Estás contento?

—Sí, estoy muy contento por muchos motivos. Por todo lo que me dio El Tigre Verón 1. Por todo lo que me obligó a aprender. Inclusive me obligó a defender mi oficio en un momento en el cual hubo algunos temas conflictivos. He aprendido, con mucha honra y mucho gusto, salir y entrar en el espacio de disputa sin agresión, sin confrontación, con el respeto que merecen las partes y también con el respeto que merece mi oficio. Lo he aprendido a hacer y no creía que iba a poder porque soy una persona muy temerosa y muy respetuosa; pero había que hacerlo. Entonces, El Tigre... me enseñó muchas cosas, no solamente a jugar a que soy un sindicalista y todo eso, sino también a transformarme en un defensor de mi propio oficio.

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