
La inteligencia artificial (IA) avanza con pasos firmes en disciplinas que, hasta hace poco, parecían inaccesibles para las máquinas. Entre ellas, el humor destaca como uno de los grandes desafíos. Los últimos experimentos revelan progresos sorprendentes, pero también subrayan las diferencias profundas entre la creatividad automatizada y la risa auténticamente humana.
La inteligencia artificial generando risas: ¿imitación o comprensión?
La IA puede contar chistes. Ante la consigna de reproducir patrones de humor, algunas aplicaciones logran que el público se ría tanto como con chistes escritos por personas. Witscript, una IA desarrollada por el guionista de comedia Joe Toplyn, produjo bromas que provocaron carcajadas tan intensas como las suyas propias en un experimento reciente presentado en Los Ángeles. El público, sin saber la autoría, reaccionó de forma similar ante ambas fuentes.
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Según Undark, este resultado pone en cuestión la creencia de que el humor es una frontera infranqueable para los algoritmos. Sin embargo, ¿logran las máquinas entender realmente los matices del humor, o solo imitan su estructura superficial?
El chiste de la inteligencia artificial: proceso mecánico y límites
Witscript funciona con grandes modelos de lenguaje (LLM) y algoritmos propios. Permite a los usuarios escribir un titular de noticia o describir una imagen, y devuelve posibles chistes u ocurrencias. El sistema identifica palabras clave y utiliza juegos de palabras, sustituciones y conocimientos enciclopédicos para generar bromas.
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Ori Amir, neurocientífico y comediante citado por Undark, destaca que crear cierto humor es, en efecto, más simple para una IA que para un ser humano. Algoritmos y datos bastan para combinar elementos y producir un resultado gracioso. Sin embargo, las bromas creadas por máquinas carecen de componentes críticos: no perciben el contexto emocional, carecen de experiencia vital y desconocen el momento oportuno. La gestualidad, los silencios y el lenguaje corporal no están a su alcance.
¿Qué falta para igualar el humor humano?
Muchos expertos afirman que la IA puede ensamblar chistes, pero no comprender por qué son graciosos ni cuándo es adecuado contarlos. El humor, explica Christian F. Hempelmann de la Universidad de Texas Oriental A&M, tiene un papel social: permite disipar tensiones, lanzar indirectas o fortalecer vínculos. Para ello, quien bromea debe leer normas sociales y saber cuándo romperlas, algo que los algoritmos aún no logran.
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Tristan Miller de la Universidad de Manitoba señala que entender bromas sutiles, ironías o sarcasmos es imprescindible para asistentes virtuales verdaderamente útiles. Para una persona, el trasfondo es evidente; para la IA, el reto reside en diferenciar deseo literal de un comentario humorístico.

Julia Rayz, especialista en humor computacional, subraya que la ambigüedad y la incongruencia – bases de la mayoría de los chistes – son extremadamente difíciles de automatizar. Una broma clásica con doble significado, como “Dos peces están en un tanque. Uno le dice al otro: ‘Tú maneja las armas. Yo conduzco’”, exige reconocer el juego entre los dos significados de la palabra “tanque”. Para un algoritmo, esta resolución implica un nivel de comprensión todavía limitado.
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Ventajas y riesgos
Las ventajas de una IA capaz de generar humor son claras: pueden contribuir a hacer más amenos los chats, reducir tensiones o acompañar virtualmente a personas que sufren de soledad. En entornos profesionales, los chistes adecuados facilitan la integración y la interacción social. Herramientas como Witscript y ChatGPT ya permiten insertar bromas en correos y mensajes, lo que ayuda a distender ambientes y humanizar la tecnología.
Sin embargo, los riesgos no son menores. La IA puede reproducir y amplificar sesgos y estereotipos presentes en los datos con los que se entrena. Roger Saumure, investigador de la Universidad de Pensilvania, detectó que, al pedir a una IA crear caricaturas “más graciosas”, aumentaban los personajes estereotipados o la disminución de la presencia de minorías. La falta de comprensión social hace que el humor algorítmico pueda resultar ofensivo, insensible o francamente torpe. Esta incapacidad de leer matices también vuelve vulnerable a la inteligencia artificial ante temas delicados.
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La emoción no se programa
A pesar de los avances, el gran límite de la inteligencia artificial en el humor sigue siendo la empatía y la autoconciencia. Según los especialistas, los algoritmos no sienten ni entienden emociones propias o ajenas; solo identifican patrones en grandes volúmenes de datos. Así logran producir chistes que funcionan estadísticamente, pero que carecen de ese “toque” que convierte una broma en un vehículo de conexión genuina, una forma de consuelo o una herramienta para hablar de lo prohibido. El humor humano tiene intención, contexto emocional y capacidad de adaptarse. Ninguno de estos elementos es replicable por completo en máquinas.
Como concluye Hempelmann, de la Universidad de Texas Oriental A&M: la IA puede aprender a contar chistes, pero no puede manipular el humor para explorar ideas, retractarse de un comentario o provocar una reacción emocional genuina y compleja. La verdadera diferencia no está en la carcajada, sino en aquello que sentimos – o no sentimos – tras ella.
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¿Puede la inteligencia artificial captar los matices del humor como lo haría un ser humano? Hoy, la respuesta es: puede imitarlos, pero no vivirlos. Y esa distancia, por ahora, es insalvable.
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