
Bajo el silencio de un jardín japonés en California, Estados Unidos, Steve Jobs se reunió con Masayoshi Son, fundador y CEO del conglomerado SoftBank, quien apostó 17.000 millones de dólares por un dispositivo que aún no existía: el iPhone. Lo hizo sin haber visto un prototipo, sin contrato firmado y solo con la palabra como garantía.
Un momento que se dio tres años antes de que el dispositivo llegara al mercado y que fue la muestra de lo revolucionario que proponía en su momento, algo que le permitió recuperar al empresario japonés parte del dinero que había perdido años antes tras una crisis económica.
Cómo fue el encuentro entre Jobs y el empresario japonés
Esa reunión fue en el verano de 2005, en la mansión de Larry Ellison, fundador de Oracle. La propiedad era una réplica de un palacio imperial japonés, edificada con técnicas tradicionales sin clavos y diseñada para resistir terremotos. Mientras la élite de Silicon Valley debatía sobre burbujas bursátiles, Steve Jobs y Masayoshi Son, apodado “Masa”, compartían una conversación más visionaria: el futuro de la conectividad digital.
En ese contexto, Masa mostró un boceto de su autoría que imaginaba un iPod con funcionalidad telefónica y una pantalla amplia. Jobs lo rechazó de inmediato: “Masa, no me des tu dibujo de mierda. Tengo el mío propio”, recordó Son años más tarde.

Masa captó algo en esa dura respuesta: “Vi una chispa en sus ojos. Supe que Apple ya estaba trabajando en algo parecido”, narró. Entonces le respondió: “No necesito darte mi sucio pedazo de papel, pero cuando tengas tu producto, dámelo para Japón”.
Jobs, según contaría luego el propio Son, accedió en principio. “Bueno, Masa, estás loco. No hemos hablado con nadie, pero viniste a verme primero. Te lo voy a dar”. No hubo documentos, ni discusión sobre precios, ni condiciones logísticas.
Para concretar su apuesta, Masa necesitaba tener una operadora móvil en Japón. En marzo de 2006 compró Vodafone Japón por 17.000 millones de dólares, la operación financiera más grande en Asia hasta ese momento. Apenas dos semanas después, Jobs voló a Tokio, donde Masa lo enfrentó: “No me diste nada por escrito, pero hice una apuesta de 17.000 millones basada en tu palabra”, le dijo. Jobs se rio y respondió: “Masa, estás loco. Vamos a hacer lo que hablamos”.
Masayoshi Son ya había vivido el vértigo del colapso financiero. Fue el hombre más rico del mundo durante tres días al comienzo del siglo XXI, hasta que la caída de las punto com lo dejó con solo el tres por ciento de su fortuna. Esa experiencia no lo disuadió de seguir apostando fuerte. En su visión, necesitaba un producto revolucionario que uniera la banda ancha de Yahoo con telefonía móvil para competir con el gigante NTT Docomo. En el iPhone vio la pieza faltante.
Su decisión se basó no en análisis de mercado, sino en intuición y en su fe inquebrantable en la visión de Jobs. “Había una conexión profunda entre Masa y Steve Jobs”, explicó Ron Fisher, representante de SoftBank en Estados Unidos. “Jobs entendía que, para cambiar el comportamiento del consumidor en un lugar como Japón, necesitabas un inconformista”.
Qué resultado tuvo la apuesta
En junio de 2007, Apple lanzó su primer iPhone en Estados Unidos. El modelo era 2G, incompatible con las tecnologías más avanzadas de Japón. A ojos de los operadores japoneses, Apple seguía siendo una empresa de ordenadores y reproductores de música. No vieron venir la disrupción. Masa sí.

SoftBank, a diferencia de sus competidores, operaba una red nacional de 2,1 GHz que no requería alternancia entre frecuencias urbanas y rurales. Esa ventaja técnica, unida al acuerdo informal con Jobs, permitió a Masa lanzar el iPhone en Japón el 4 de junio de 2008.
Un mes después comenzó la distribución. Para septiembre de 2011, cuando perdió la exclusividad, la cuota de mercado de SoftBank había pasado del 17 % al 23 %. En solo tres años, se convirtió en el operador número uno del país.
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