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Jessica Rychly es una joven de Minnesota que usa sus cuentras de Facebook o Twitter para hacer lo mismo que muchos adolescentes: comentar sobre sus gustos, publicar selfies de vez en cuando e interactuar con sus amigos. Pero en Twitter hay alguien que con su mismo nombre, foto y biografía, promociona inversiones inmobiliarias en Canadá, criptomonedas y una radio ghanesa, que sigue y retuitea cuentas en árabe e indonesio, y que hasta promociona pornografía.

La falsa cuenta de Jessica pertenece a una empresa estadounidense llamada Devumi, que facturó millones de dólares por una práctica fraudulenta en las redes sociales que consiste en vender seguidores de Twitter y retuits a quienes quieran ser más populares en internet, pero que se basa en un delito menos inocente: una especie de robo de identidad social a gran escala. De acuerdo con una investigación de periódico estadounidense The New York Times, Devumi cuenta con al menos 3,5 millones de cuentas automatizadas que le permitieron vender más de 200 millones de seguidores de Twitter (cada cuenta se vende a más de un cliente), de las cuales al menos 55.000 cuentas usan nombres, fotos de perfil, lugares de origen y otros detalles personales de usuarios reales de Twitter, incluidos menores de edad.

Lejos de ser un fenómeno aislado, el de los falsos seguidores de Twitter es un mercado negro floreciente. Desde gobiernos, pasando influencers y hasta empresarios, se calcula que unos 48 millones de usuarios activos de Twitter, casi el 15% de los usuarios, son cuentas automatizadas diseñadas para simular ser personas reales, aunque Twitter afirma que ese número es mucho menor.

En noviembre pasado, Facebook admitió que tenía al menos el doble de usuarios falsos que los que creía, por lo que unos 60 millones de usuarios de la red social más popular del mundo serían cuentas automatizadas. Conocidas como bots, estas cuentas se utilizan para marcar tendencias, influenciar a las audiencias y operar dentro de debates políticos. Mientras que es difícil identificar una cuenta como bot a individualmente, cuando se las examina en grupos, sin embargo, puede verse su comportamiento con patrones claros.

El comercio de seguidores falsos está prohibido por Twitter y otras plataformas, pero son muchos los sitios de internet que, como Devumi, los venden abiertamente. Las redes sociales establecen sus propias reglas para detectar y eliminar cuentas falsas, pero como el valor de mercado de las empresas propietarias de redes sociales está estrechamente vinculado a la cantidad de usuarios de esa red, el incentivo para salir a la caza de bots es más bien bajo.

Consultado por el Times, el fundador de Devumi, German Calas, negó que vendiera seguidores falsos y dijo ignorar todo sobre el robo de identidades de usuarios reales. Sin embargo, el periódico estadounidense aseguró haber accedido a los registros que prueban que más de 200.000 clientes de la empresa -incluyendo periodistas, estrellas de reality shows, deportistas, comediantes, expositores de charlas TED, pastores y modelos- le compraron gran parte de sus seguidores. En otros casos, fueron sus empleados, agentes, compañías de relaciones públicas, familiares o amigos quienes hicieron la compra. Incluso Martha Lane Fox, pionera del comercio electrónico, integrante del parlamento británico y miembro de la junta de Twitter, tiene seguidores falsos comprados a Devumi: consultada por el matutino neoyorkino, culpó de ello a un empleado pero se negó a decir su nombre.

El precio de un seguidor falso de Twitter, una reproducción en YouTube o en SoundCloud o una recomendación en LinkedIn ronda apenas unos centavos de dólar.

Mientras día a día se conocen más revelaciones sobre noticias falsas generadas para manipular políticamente elecciones o debate, los seguidores falsos son un ejército que permite influir en las discusiones que se llevan a cabo en las redes sociales. Entre los clientes de Devumi a los que accedió el NYT hay fervorosos partidarios de Donald Trump, analistas políticos liberales y conservadores de la TV estadounidense, pero también políticos y gobiernos de otras partes del mundo. Un editor de Xinhua, la agencia de noticias estatal del gobierno chino, pagó para conseguir cientos de miles de seguidores y retuits en Twitter. También un asesor del presidente ecuatoriano Lenín Moreno compró el año pasado decenas de miles de seguidores y de retuits para la campaña de Moreno.

Desde Twitter explicaron al periódico que la empresa no suele suspender a susuarios con seguidores falsos, porque es difícil saber quién es el responsable de su compra, y se limitaron a afirmar que "luchan para responder a cualquier automatización maliciosa en nuestra plataforma, así como cuentas falsas o de spam". A diferencia de otras redes sociales, Twitter no exige que sus cuentas estén vinculadas a una persona de existencia real, y tiene una plataforma más proclive al acceso automatizado que otras redes sociales, lo que facilita la creación y el control de grandes cantidades de cuentas.

Pero las cuentas falsas no sólo se utilizan para influir en los debates públicos: entre los "influencers", algunas marcas llegan a pagar hasta 2000 dólares por un solo tuit a alguien con 100.000 seguidores, mientras que alguien con un millón de seguidores podría cobrar hasta 20.000 dólares.

Para entender mejor el negocio de Devumi, los periodistas que realizaron la investigación contrataron sus servicios. Crearon una cuenta de prueba en Twitter y pagaron US$ 225 por 25.000 seguidores, alrededor de un centavo de dólar por cada uno. Los primeros 10.000 seguidores tenían apariencia de ser personas reales: tenían foto, nombre completo, ciudad y una biografía que aparentaba ser auténtica. Sin embargo, tenían detalles extraños: las cuentas tenían letras de más, usaban guion bajo o cambiaban letras buscando que el cambio pasara desapercibido, como una ele minúscula en vez de una i mayúscula. Los otros 15.000 seguidores eran más sospechosos: no tenían imágenes de perfil y en vez de nombres tenían una mezcla de letras, números y fragmentos de palabras. De acuerdo con un análisis del Times, en algunos casos un solo usuario real de Twitter fue transformado en cientos de diferentes bots, cada uno una variante con cambios mínimos respecto al original.

Entre los clientes de Devumi hay personas de las más diversas profesiones. Muchas, al ser consultados por el Times, explicaron que compraron a seguidores porque tenían curiosidad sobre cómo funcionaba o se sintieron presionados para tener un número de seguidores más altos. "Todos lo hacen", dijo la actriz Deirdre Lovejoy. Otros admitieron que sabían o sospechaban que eran cuentas falsas y varios dijeron arrepentirse de la compra. Varios clientes admitieron que compraron bots porque sus carreras dependían, en parte, de aparentar tener influencia en redes sociales.

La investigación reveló que el fraude de los seguidores falsos no era tan lejano al Times: al menos cinco personas que compraron seguidores a Devumi tienen contrato con HelloSociety, una agencia para influencers propiedad del The New York Times. Lucas Peterson, periodista independiente que colabora con la sección de viajes del Times, también compró seguidores de Devumi. Según una vocera de la compañía, la empresa intentó verificar que la audiencia fuera legítima y que no hicieran negocios con nadie que violara ese estándar.

El pornógrafo estadounidense Dan Leal, quien vive en Hungría y usa la cuenta @PornoDan, es uno de los al menos doce clientes de la industria del entretenimiento adulto que compró unos 150.000 seguidores a Devumi. En un intercambio de emails con los periodistas que llevaron a cabo la investigación, Leal dijo que la compra de seguidores le ha generado más que suficientes ganancias para compensar el gasto y se mostró eséptico de ser penalizado por Twitter. "Un sinfín de figuras públicas, empresas, bandas musicales, etc., compran seguidores", escribió y añadió:"Si Twitter tuviera que sacar a todos los que lo hacen no quedaría prácticamente ninguno de ellos".

La empresa Devumi y su empresa matriz, Bytion, dicen tener sus oficinas en Manhattan, pero en realidad, tiene su sede en un edificio de oficinas arriba de un restaurante de comida mexicana en West Palm Beach, Florida, frente a un callejón repleto de basureros. Su dueño, Calas, dice en su perfil de LinkedIn, que es un "empresario serial" de la industria tecnológica y con un posgrado del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en "negocios internaciones", un posgrado que no existe en esa institución. Sin embargo, la investigación periodística determinó que el hombre de 27 años es apenas un impostor que aprendió diseño web cuando era adolescentey con un título técnico en la universidad Palm Beach State. En 2014, en un currículum publicado online, decía tener una licenciatura en Física de la Universidad de Princeton en el 2000, cuando apenas tenía unos 10 años, y un doctorado en ciencias computacionales del MIT, dos lugares donde nunca estuvo inscripto.

Buena parte de los empleados que se dedican a la atención al cliente de Devumi están en Filipinas, donde él mismo parece haber sido víctima del robo de su identidad social. En agosto, presentó una demanda contra Ronwaldo Boado, contratista filipino que había trabajado como asistente de soporte en atención al cliente. Tras ser despedido, Boado hackeó un mail de Devumi en el que había más de 170.000 solicitudes de clientes, creó un Devumi falso con un nombre muy similar, DevumiBoost, y haciéndose pasar por un empleado de Devumi le escribió a cientos de clientes para decirles que sus órdenes iban a ser procesadas por DevumiBoost. Más tarde se hizo pasar por los clientes y canceló las compras.

La demanda de Calas también reveló algo más: Devumi no hace sus propios bots, sino que los compra a un mayorista como parte de un mercado global de cuentas falsas en redes sociales.

En internet existen diversos sitios con los que los fabricantes anónimos de bots se conectan con minoristas como Devumi. Estos sitios son menos amigables para un usuario directo. Algunos, por ejemplo, no aceptan pagos con tarjeta, solo Bitcoin. Cada sitio vende seguidores, me gusta y compartir al por mayor para diversas redes sociales en diferentes idiomas. Las cuentas que venden llegan a cambiar de manos en varias ocasiones y a ser comercializadas por más de un vendedor.

Según un ex empleado, Devumi utilizaba bots de diferentes fabricantes según el precio, la calidad y la confiabilidad.

Voceros de Twitter admitieron que la empresa no revisa de manera proactiva las cuentas para ver si son suplantación de otros usuarios, pero destacaron que sus esfuerzos se enfocan en identificar y suspender cuentas que violan las políticas de spam de Twitter. Binns dijo que en diciembre, por ejemplo, la compañía identificó en promedio unas 6,4 millones de cuentas sospechosas por semana.

Sin embargo, Twitter no impuso obstáculos sencillos que ayudarían a bloquear a los fabricantes de bots, como requerir que quien se registre para una cuenta nueva haga una prueba contra spam, como lo hacen muchos sitios comerciales. Ex empleados de la red social dijeron que el equipo de seguridad se enfocó por años mucho más en posibles casos de abuso contra usuarios -como el contenido racista y misógino- y en campañas antiacoso. Luego de las revelaciones sobre el uso bots por parte de hackers vinculados al gobierno ruso para promover noticias basura, fue que Twitter se enfocó en el combate a las cuentas falsas. Algunos críticos creen que el propio negocio de Twitter desincentiva la represión más agresivamente a los bots.