Enzo Dupraz tenía 57 años y un pasado en la Policía de Santa Fe. Al verlo, supo que aquel hombre podía ser uno de los prófugos. Primero lo siguió con su camioneta, después a pie. Gritó la voz de alto y cuando lo tuvo cerca le preguntó si era Víctor Schillaci.
—Hace 10 días que me estás viendo por televisión, ¿no me vas a conocer? Soy Martín Lanatta —le dijo el hombre y, acto seguido, se entregó.
Era el inicio del fin. Incluso durante horas se creyó que era el cierre definitivo. Patricia Bullrich, entonces ministra de Seguridad, se lo comunicó en esos términos de clausura al presidente Mauricio Macri y él lo transmitió al país. El sábado 9 de enero de 2016, durante la mañana y el mediodía, se hablaba en plural: los prófugos habían sido recapturados.
Pero la fuga más mediática de la historia criminal argentina no terminó ese sábado de calor y viento, sino 48 horas más tarde, el 11 de enero de 2016, hace exactamente 10 años. Atrás quedaron 1.300 kilómetros de huida; una estela de robos, rehenes y tiroteos que atravesó las provincias de Buenos Aires y Santa Fe y se transformó en un western pampeano con transmisión en vivo, las 24 horas por tv. En un campo arrocero del norte santafesino cayeron los últimos dos prófugos, Cristian Lanatta —hermano de Martín— y Víctor Schillaci, vencidos por la sed, el hambre y el cuerpo agotado.

Estaban lejos de ser fugitivos comunes. En diciembre de 2012, la Justicia los condenó a prisión perpetua por los homicidios de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina, tres empresarios farmacéuticos que traficaban efedrina y que aparecieron muertos en un zanjón en General Rodriguez en agosto de 2008.
Martín Lanatta siempre sostuvo que la fuga fue planificada desde adentro, que guardias y mandos del penal de máxima seguridad de General Alvear los equiparon para salir. Los tres afirmaron que los dejaron huir y que esa libertad era una emboscada. ¿Para qué? Para matarlos, dijeron, y así evitar que señalaran a quiénes ordenaron ejecutar a Forza, Ferrón y Bina y, en consecuencia, a quiénes dirigen el negocio de la efedrina. Según ellos, se trató de una fuga dentro de la fuga: huir de aquellos que les habían permitido escaparse.
Disfrazados y con una ametralladora de madera
Todo comenzó durante la madrugada del 27 de diciembre de 2015 en el penal de General Alvear, cuando los tres criminales redujeron a un guardia. Pese a sus antecedentes y a que una jueza de ejecución penal había dispuesto otro lugar de detención, en ese momento los hermanos Lanatta y Schillaci estaban alojados en el área de Sanidad, sin cámaras, sin custodia especial y en celdas contiguas.
Poco antes de las 2 de la mañana, mientras hacía el recuento de rutina, el guardia que estaba asignado a esa área observó que Cristian Lanatta y Víctor Schillaci no estaban en su celda. Se acercó, corrió una cortina de tela que cubría la puerta y todo ocurrió rápido: un puñetazo en el ojo, una mano en el cuello. Así le robaron las llaves del penal y también las de su auto, un Fiat 128.
“Me atan con trapos —reconstruyó el oficial ante la Justicia—. Recuerdo que me dijeron ‘quédate tranquilo que no es con vos, de acá nos vamos a ir’”.
Vestidos con ropa del Servicio Penitenciario Provincial y armados con una ametralladora de madera cruzaron rejas y portones, redujeron a otro guardia y encerraron en un baño a la subjefa de turno. Sin nadie que los detuviese, avanzaron hasta el estacionamiento. Subieron al auto y llegaron en el Fiat robado hasta el puesto de salida. Ahí había un oficial que no solía hacer tareas de vigilancia, sino administrativas. Estaba solo y, por objeciones religiosas, no usaba armas. Los condenados lo obligaron a subir al auto y se hicieron por primera vez de un arma real, una ametralladora con cargador y cartuchos que estaba dentro del puesto, debajo de una repisa. A dos kilómetros del penal, abandonaron el Fiat y al rehén para subir a una camioneta 4x4 negra que los esperaba.

“No hubiera sido posible esa fuga sin complicidad de una parte del Servicio Penitenciario”, dijo María Eugenia Vidal, entonces gobernadora de la provincia de Buenos Aires, en conferencia de prensa, pocas horas después de que trascendiera la fuga. “Y eso lo sabemos todos. Es más que evidente”.
La gobernadora removió a la cúpula del Servicio Penitenciario y al jefe de la Unidad Penal de General Alvear. El lunes 28 de diciembre, el ministro Cristian Ritondo le puso precio a la información: ofreció dos millones de pesos a quien aportara datos para ubicarlos.
El momento político era explosivo. Mauricio Macri y María Eugenia Vidal llevaban apenas 17 días en el poder. La fuga se politizó de inmediato. Cuatro meses antes, Martín Lanatta había señalado públicamente en el programa Periodismo Para Todos y ante la Justicia a Aníbal Fernández como una figura clave vinculada al triple crimen. Tras la recaptura, se desdijo, pero la denuncia ya había alimentado un clima de enorme tensión.
El cruce de responsabilidades entre el entonces nuevo gobierno y el saliente se profundizó durante los días de búsqueda, así como también recrudeció la violencia de los prófugos.
El ataque siguió en el cuerpo
El último día del año, el 31 de diciembre de 2015, ocurrió uno de los episodios más graves. A pocos kilómetros de la ciudad bonaerense de Ranchos, la sargento Lucrecia Yudati y el oficial Fernando Pengsawath estaban controlando los autos que circulaban por la ruta provincial 20. Tenían pensado parar un vehículo más y después retirarse cuando, a lo lejos, se acercó una camioneta a toda velocidad. Al llegar al control, los prófugos bajaron con fusiles. Dispararon a quemarropa.

Yudati recibió dos impactos en las piernas. Pengsawath, tres en el abdomen. Él pasó 22 días en coma. Ella estuvo internada cinco meses y estuvo a punto de perder un pie. El ataque terminó en la ruta, pero sigue en el cuerpo. Desde aquel día y hasta hoy, Pengsawath —que ahora tiene 32 años— fue sometido a 38 cirugías; la última, a fines de 2025, para reemplazar una malla abdominal que su cuerpo rechazaba. Yudati, de 43, atravesó 56 operaciones. Este año volverá al quirófano porque deben retirarle una placa de su pie.
Después del ataque a los policías, los prófugos sostuvieron la huida otros 11 días. En ese lapso, se trasladaron desde el interior de la provincia hasta el partido bonaerense de Berazategui, donde le robaron plata y una Renault Kangoo a la exsuegra de Cristian Lanatta. Acorralados en Buenos Aires, cruzaron a Santa Fe.

En zonas rurales de San Carlos se tirotearon con Gendarmería. Hirieron a efectivos —a uno de gravedad— y robaron sus armas y vehículos oficiales. Con las fuerzas federales y provinciales detrás, recurrieron a otra maniobra. En un paraje, secuestraron a un ingeniero agrónomo y lo obligaron a sacarlos de la zona. El rehén los llevó a su departamento en la ciudad de Santa Fe.
El hombre vivía solo. Lo maniataron. Se cambiaron de ropa. Comieron y tomaron agua. Se sentían con suerte: la camioneta de la víctima era una Amarok blanca, idéntica a las que usaba Gendarmería.
Por la peatonal de Santa Fe, como uno más
“Nos fijamos por Internet cómo era exactamente el modelo original de esa fuerza —le relató Martín Lanatta al periodista y escritor Rodolfo Palacios—. Y decidimos copiarlo. Víctor [Schillaci] salió camuflado a comprar vinilo y un cúter”.
Sobre ese mismo episodio, Víctor Schillaci le dijo a Palacios: “Caminé por la peatonal de Santa Fe como uno más, con lentes de sol, bermudas y la bici del ingeniero. En un negocio de electrodomésticos la gente se amuchó a ver la tele. No jugaba Messi. Miraban cómo la cana hacía allanamientos al pedo. Me puse a ver con ellos. Los canas corrían, entraban en un aserradero, algunos iban con ojotas. La placa de Crónica decía: ‘Los prófugos son más duros de matar que Bruce Willis’. La gente se agarraba la cabeza. Yo dije: ‘Qué hijos de puta estos tipos, hay que meterles bala’. ‘Muy bien’, dijo un viejo, ‘bien dicho’. Una chica hermosa me miró con odio y me dijo: ‘Sos un negro facho’. Sonreí y seguí camino. Entré en una farmacia para comprarle el remedio de la presión que necesitaba Martín".
Una hija sin visitar, una comisaría sin tomar
Los hermanos Lanatta y Schillaci dijeron que huían sin plan, a la deriva: escapando de quienes los ayudaron a escapar. Querían salir de la zona de fuego. Una opción era cruzar la Triple Frontera hacia Ciudad del Este, en Paraguay. Pero también, antes y después, contemplaron otras alternativas.
La fuga ocurrió un día antes de que la pareja de Schillaci diera a luz a su tercera hija. Él tenía autorización judicial para asistir al parto, con traslado y custodia. En algún momento —siempre según el relato de los propios prófugos— evaluaron ir al hospital y disfrazarse de médicos para que Schillaci pudiera verla. Desistieron: para entonces, la huida era un escándalo nacional.

Aún más audaz, o descabellado, contemplaron tomar una comisaría. “Estábamos jugadísimos. Nos perseguían hasta con helicóptero y de noche con radares y luces. Nos teníamos que tirar al piso y armar trincheras”, detalló Martín Lanatta a Rodolfo Palacios. “Por eso —siguió— pensamos que lo mejor era volver a Buenos Aires, tomar una comisaría y de ahí en más que fuera lo que Dios quiera”.
Dios o el destino quiso que el raid de los fugitivos comenzara a detenerse en la zona rural de Campo del Medio, a 90 kilómetros de la capital santafesina. El 9 de enero, a bordo de la Amarok robada, los prófugos pasaron por dos puestos de seguridad, sin detenerse y a toda velocidad. Lo que levantó sospecha.
“La particularidad de esa camioneta era que tenía los vidrios polarizados y no llevaba el barral de balizas colocado. Eso nos llamó mucho la atención, tanto a mí como al personal que venía conmigo”, declaró ante la Justicia uno de los policías del operativo. Por esa razón decidió seguir la camioneta. Ya estaba en marcha cuando la radio lo frenó: le avisaron que la Amarok había aparecido en una cuneta, dada vuelta.
En el vuelco, Martín Lanatta sufrió una herida en la cabeza y otra en un ojo. Fue el más afectado. Sus compañeros lo sacaron de entre los fierros torcidos. Y siguieron los tres a pie, con las armas, sin rumbo claro.
Era de madrugada. A lo lejos apareció una luz. Se acercaron a una casa. Estaban en Cayastá, un pueblo de 4.500 habitantes, a menos de 100 kilómetros de la ciudad de Santa Fe.
Golpearon la puerta. El hombre que abrió ya sostenía una escopeta. Le dijeron que eran gendarmes, que buscaban a los prófugos. El dueño de casa entendió la situación. Los fugitivos eran ellos. Hizo un cálculo de supervivencia: si disparaba, mataba a uno; los otros lo mataban a él. Bajó el arma. Pidió que no le hicieran daño. Que se llevaran su camioneta.
Los hermanos Lanatta y Schillaci ataron al hombre y a su esposa. Abrieron la heladera. Se sirvieron jugo. El hombre se llamaba Héctor Ferreyra. Contó que los prófugos querían matarlo. Dijo que Lanatta se opuso. Que eso le salvó la vida.
Antes de salir, uno de ellos preguntó:
—¿Querés que te paguemos los jugos?
—No, llévenlos.
Un billete cayó al piso.
—¡Veinte pesos me tiraron! —diría Ferreyra después, frente a las cámaras—. ¡Veinte pesos!
Pero antes, los tres fugitivos escaparon en la Toyota Hilux de Ferreyra. Tomaron caminos de tierra que no conocían. La crecida de arroyos y ríos había cambiado el terreno. La camioneta quedó atrapada en suelo blando. Empantanada.
Otra vez, los Lanatta y Schillaci quedaban a pie.

Cristian Lanatta y Víctor Schillaci vieron una arrocera a la distancia y propusieron ir hacia ese lugar. Martín Lanatta pidió parar. Dijo que necesitaba sentarse un momento. Les indicó que siguieran. Que después los alcanzaría. Ellos dudaron. Lanatta los apuró. Les gritó que se fueran. Y se fueron.
Quedó solo. El golpe lo había dejado sin fuerzas. Así reconstruyó ese momento a Rodolfo Palacios: se sentó entre los pastizales; estuvo cerca de dormirse pero las picaduras lo hicieron reaccionar; se puso de pie; avanzó unos pasos; perdió la referencia del camino y ya no logró seguir las huellas de los otros dos.

El arma que llevaba colgada al hombro se volvió una carga. La enterró. Cayó al suelo y volvió a levantarse. A lo lejos vio movimiento. Era un hombre. Lanatta quiso llegar hasta él. Deseaba agua.
El hombre, un trabajador agrario, también lo vio. Martín Lanatta era una partícula extraña en el paisaje. Supuso que podía tratarse de uno de los prófugos. Entró a su casa, le pidió a su esposa que llamara a la policía y que se ocultara. Cargó una carabina, por si acaso. Volvió a salir.
Martín Lanatta y el peón rural quedaron frente a frente. El hombre preguntó qué buscaba. Lanatta pidió agua para tomar una pastilla. Dijo que venía de Buenos Aires. Que había tenido un accidente. Repitió el pedido.
El hombre respondió que ya volvía.
Entonces apareció Enzo Dupraz, vecino del lugar y policía retirado de Santa Fe; la persona que detuvo a Martín Lanatta y lo confundió con Schillaci.
El error tenía lógica: el hombre que tenía enfrente no era el de las fotos de búsqueda. En esas imágenes, Lanatta cargaba varios kilos más y tenía cara de hombre común, inofensivo —aunque no lo era—. Tampoco se parecía al que había denunciado a Aníbal Fernández frente a Jorge Lanata.
Tenía la cara rota: el ojo izquierdo era una bola violácea y un hilo de sangre seca le bajaba por la nariz. Estaba flaco, sucio, con la camisa abierta y la piel pegada al hueso.

Cristian Lanatta y Schillaci se habían refugiado en un molino arrocero de la firma Spaletti, en Cayastá. El propietario de la empresa estaba de vacaciones en Brasil y le había indicado a su encargado que no fuera a trabajar, por si acaso se encontraba con los fugitivos.
Parte de las fuerzas se había desplazado a una ciudad cercana, Helvecia, y durante todo el domingo en la televisión se habían mostrado allanamientos y presuntos enfrentamientos con los prófugos, pero ellos no aparecían. Con la idea de que el peligro se había trasladado 15 kilómetros al norte, el encargado decidió ir el lunes a trabajar. Antes, por consejo de su jefe y de su esposa, avisó a la policía de Santa Fe y a las Tropas de Operaciones Especiales.
Llegó al predio en moto. Todo parecía tranquilo y no esperó a las fuerzas, entró. Revisó el taller y cada una de las calles del molino. No vio nada fuera de lugar. Caminó hasta un tractor y se quedó ahí, a la espera de los oficiales. En ese momento, aparecieron.
—¿Sabés quiénes somos? —preguntó Schillaci.
—Ni idea, señor.
—Dale. No somos tontos.
—Seguro sabés quiénes somos —dijo Cristian Lanatta.
—No. Vivo aislado. No tengo televisor.
—Te hacés el gil —dijo Schillaci—. Somos los prófugos.
—¿Los de la triple fuga?
Asintieron.

Los tres entraron a un galpón. Los prófugos pidieron agua y comida. Señalaron un trozo de carne del congelador y dijeron que querían ponerlo a la parrilla. El encargado les explicó que no era asado, sino carne con hueso para los perros.
Preguntaron si iba a llegar alguien más. También quisieron saber sobre las cámaras del predio y si la policía las monitoreaba. Después, pidieron las llaves de los camiones de la empresa. El encargado respondió que cada chofer tenía la suya.
Quisieron bañarse. Fueron a los vestuarios. Se ducharon. Como los mamelucos de los peones rurales les quedaban grandes, usaron ropa que el encargado traía en su mochila.
Hablaron de rutas. Preguntaron cómo llegar a Reconquista. Dijeron que querían ir al norte. Que después cruzarían a Paraguay. Pero estaban atrapados: la ruta provincial 62 estaba bajo agua por las crecidas y la ruta provincial 1 estaba llena de policías.
Mientras intentaba sostener la charla, el encargado abrió un ventiluz. A lo lejos vio una patrulla. Su acción generó inquietud en los prófugos que le ordenaron volver a abrir la ventana y entonces también ellos vieron a los oficiales.
La policía entró al predio, pero no fue directo al vestuario. Primero revisó un furgón, el único sin candado. Al no encontrar al empleado del molino, los efectivos volvieron sobre sus pasos. Pensaron que lo tenían retenido.
Todo pasó muy rápido.
—Está todo bien, amigo. Estamos por tomar unos mates y ya entramos a trabajar —dijo el encargado que dijo uno de los prófugos cuando la policía irrumpió. Quizás se trató de un gesto de cinismo o un intento de hacerse pasar por peones rurales.
Ya era tarde.
Los oficiales les sacaron dos pistolas y los esposaron. En la foto de la detención, que recorrió el país, Schillaci llevaba puesto el pantalón Ombú del encargado.
En Cayastá hubo festejos en la plaza principal. El pueblo empezó a promocionarse con la triple fuga. La oficina de turismo registró la frase “Cayastá, un pueblo que te atrapa” y propuso una visita guiada por “la ruta de los fugitivos”.
Pero la euforia dio paso a la cautela. El encargado del molino estuvo tres meses con custodia de la Policía Federal. Ni él ni Enzo Dupraz, el policía retirado, dijeron haber recibido la recompensa de dos millones.
Dupraz murió en febrero de 2025. El empleado del molino, tras ser despedido de la arrocera, encadenó empleos ocasionales y tareas como jornalero. Hoy está radicado en Helvecia.

Por los delitos cometidos durante la fuga, los hermanos Lanatta y Víctor Schillaci pasaron por cuatro juicios orales. En todos fueron condenados. Las sentencias se acumularon sobre una pena que ya era definitiva: la prisión perpetua por el triple crimen de General Rodríguez confirmada en 2016 por la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
Hoy los tres permanecen detenidos en el Módulo VI del Complejo Penitenciario de Ezeiza, bajo un régimen de máxima seguridad. Víctor Schillaci comparte el pabellón A con Martín Lanatta; Cristian, el hermano, está en el sector D.
En el Módulo VI, el día tiene 20 horas de celda. Las cuatro que sobran se usan para la ducha o actividades recreativas. Los presos tienen una sola llamada semanal: 20 minutos a un número registrado en forma previa. Y las visitas son cada quince días y duran una hora. Solo asisten familiares directos.
El aislamiento físico no impidió que los expedientes de los criminales crecieran. Lanatta fue procesado como partícipe secundario por el asesinato de un preso en 2022. La Justicia, además, lo vinculó al tráfico de armas y explosivos en una causa contra Mario Segovia, el Rey de la Efedrina.
La fuga terminó hace diez años. El encierro sigue; la vigencia del poder de los criminales también.
Producción audiovisual y narración: María Belén Etchenique / Edición: Leonardo Martín
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