Claudio Coto, de 62 años, comerciante según él mismo, un veterano del choreo, mantiene la calma mientras le da las órdenes al contacto de su víctima. Es al menos didáctico. Comanda lo que tiene que hacer, punto por punto, si es que quiere volver a ver a su hermano con vida.
-¿Ya pasaste el peaje? Guardá los seis teléfonos y el teléfono raro. Quedate con este que te voy a seguir a hablando hasta que hagas contacto con tu hermano. Los otros los tirás adentro del bolso, los seis y ese raro, que tenía batería-advierte-
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-Dale, ya lo estoy haciendo- le replicó el hombre que negociaba el rescate.
Luego, Claudio se volvió insistente, tenso, gritón:
-¿Estás entrando a la estación? Parás contra la derecha y vas a ver las máquinas para vender gas. Parate al lado, al lado del cartel de prohibido estacionar. Bajás y lo ponés del otro lado del alambrado que hay ahí.
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El secuestro fue cometido el 24 de enero pasado, La víctima fue un empresario del rubro del combustible de la zona de Villa Ramallo que fue mantenido cautivo en una casa de alquiler temporal en San Nicolás. El botín negociado fue de 600 mil dólares.

Hoy, Claudio se encuentra en una jaula de la Policía Federal, capturado en Martínez por el Departamento Antisecuestros Norte de la PFA -que depende de la Superintendencia de Investigaciones Federales- tras un trabajo extenso y preciso. Se negó a declarar en la causa en su contra, a cargo del fiscal Javier Arzubi Calvo en Santa Fe y sus pares Santiago Marquevich -cabeza de la nueva UFECO- y Matías Di Lello en San Nicolás. El resto de su banda -su lugarteniente, Néstor Santabaya, ya detenido por un robo en CABA, sus cañeros, cuidadores y vigías- cayeron junto a él. La Federal se llevó sus armas, su flota de autos de alta gama.
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La banda secuestró al menos tres empresarios en el corredor que transita entre Rosario y San Nicolás entre 2021 y este año. La inteligencia para seleccionarlos podía durar meses. Tenían algo de teatro. Podían frenar a sus víctimas en falsos operativos. En los allanamientos, por ejemplo, se incautó un cartel de Vialidad.

El modo de secuestrar era particularmente cruel. En un bolso, dejaban seis celulares para las familias de las víctimas, a los que llamaban de manera aleatoria desde diferentes números. Uno solo tenía pantalla táctil y los otros cinco eran analógicos y tenían la siguiente característica: les quitaban la pantalla para que no se pueda ver desde qué línea se mantenían las conversaciones. En cada aparato adherían el chip, al que previamente limaban y pintaban de color rojo para evitar escuchas en vivo. Además, rompían los pin de carga de los aparatos para que, en caso de ser incautados por la Policía, no pudieran ser recargados para una eventual pericia.
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Los resultados del operativo fueron presentados en una conferencia de prensa realizada por la PFA con la ministra Patricia Bullrich, el jefe de la fuerza, Luis Rollé, el subjefe Mariano Giuffra y el comisario general Alejandro Ñamandú, titular de la Superintendencia que realizó la investifgación. La existencia de la banda plantea un giro temible para el hampa. Ya nadie secuestra así en la Argentina, a la vieja usanza, con la misma modalidad con la que “El Negro Sombra” capturó al padre de “Corcho” Rodríguez en la Argentina arrasada por la crisis de 2003. Los secuestros exprés, negocios desesperados donde se captura una víctima y se libera por lo que puedan juntar sus familiares y amigos en un corto plazo, se volvieron la norma. Pero el mundo de Claudio Coto es distinto.
La banda de Coto y Santabaya conocía bien el mapa. Utilizaban el trazo de la Ruta Nacional N° 9, desde Rosario, a la zona sur del Conurbano, con localidades como Villa Constitución o Theobald d en Santa Fe. Los aguantaderos para retener a las víctimas, usualmente puntos de alquiler temporario, se encontraban en San Nicolás de los Arroyos. Avellaneda era un punto favorito para cobrar.
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El acting era creíble. Su primera víctima, por ejemplo, fue capturada en julio de 2021 mientras paseaba cerca del Monumento a la Bandera en Rosario. Se la llevaron con el falso pretexto de una declaración judicial. Hasta le presentaron una cédula trucha que fabricaron para la ocasión.
El rescate cobrado fue de 100 mil dólares.

El capo parece ser un hombre de negocios común y corriente, al menos en los papeles. Coto, que acumula una millonaria deuda reciente con un banco, se encuentra registrado en los negocios de taxis y remisería de la AFIP. En 2009, conformó dos empresas dedicadas al rubro, primero con una mujer con la que compartía domicilio en Palermo. Las empresas parecen simples cáscaras en el Boletín Oficial. No hay números de CUIT o cuentas bancarias ligadas a estos negocios,, tal vez un frente para actividades ilegales.
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Un funcionario judicial acostumbrado a perseguirlo lo define así, como un veterano del choreo, con clase:
“Vivía en San Isidro, perfil de empresario. Es un tipo bien educado, de camisa y jean, que se expresa bien. Estafador, falsificador, secuestrador, ladrón a mano armada. Un tipo grande, pensante, vivió en el country Camino Real. No cualquiera”.
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