
El truco es viejo entre los traficantes internacionales. Rip off, se llama, infiltrar containers que cruzan el Atlántico con droga en alguna terminal sudamericana para recuperarla en el puerto de destino. Ocurre en Argentina, por ejemplo, en el Puerto de Zárate, sobre el agua del Paraná de las Palmas. El 31 de marzo pasado, un cartel narco logró ingresar cinco bolsos con 165 kilos de cocaína de máxima pureza en el buque Grande Francia de la naviera Grimaldi, un gigante de 214 metros de eslora bajo bandera italiana, disimulado en un cargamento de cereales.
El destino final de la droga, creen investigadores, era Europa, España, donde la cocaína sudamericana de alta pureza es un producto premium que puede cotizar 30 mil euros el kilo contra los cuatro mil de costo base en la selva boliviana.
Lo que no sabía ese cartel es que alguien los había vendido. La Superintendencia de Drogas Peligrosas de la Policía Federal tenía el dato al menos desde mayo de que alguien realizaría una jugada sucia. Así, se abrió el contenedor y se testeó la droga, bajo ordenes de la Justicia federal. Los panes tenían cierto folklore: estaban ilustrados con la clásica imagen de Al Capone. También tenían otra imagen, una un tanto más oscura, la foto policial de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, el líder del cartel mexicano Jalisco Nueva Generación, un verdadero terrible del negocio de la droga.

Hoy, esos 165 kilos esperan en un depósito, fueron incautados en el puerto de Tenerife, en una entrega controlada, coordinada con la Policía de España. El cartel fue allanado, con una causa de la Fiscalía Federal de Zárate-Campana de Sebastián Bringas y el juzgado de la zona para el fuero, junto a la intervención especial del área de Operaciones Antidrogas Hidrovía del Paraná de la Federal.
Hubo 12 allanamientos, confirmaron fuentes del caso a Infobae, con al menos 310 mil dólares incautados, vehículos, armas pesadas y medio kilo de porro. También hay nueve detenidos, entre ellos Mónica Liliana Gutiérrez Valencia, una mujer colombiana de 42 años que es una vieja conocida de la Justicia, había sido arrestada en el país en 2012 por cocinar polvo junto a su novio argentino.
También, había otro habitué de los penales argentinos: era su líder, el bosnio Bozidar Ratkovic, de 55 años, alias “Bozo”.

Su domicilio fiscal es una dependencia del Servicio Penitenciario Federal. Estuvo preso en un penal del SPF entre 2016 y 2020, con una causa que había sido juzgada por la Justicia en lo penal económico. Nacido el 6 de enero de 1966 en la ciudad de Trebinje, Bosnia Herzegovina, casado, chofer de camión según dijo él mismo, operaba bajo varios alias como “Goran Simic”. La Justicia argentina, incluso, había pedido su extradición a Brasil, país donde tenía pasaporte y donde fue detenido en 2012 en Porto Alegre. Sus jugadas narco están registradas al menos desde 2008, con presuntos cómplices en ciudades como Medellín, Colombia.
Las detenciones en la nueva causa se dispararon, precisamente, porque Ratkovic habría intentado fugarse a Bolivia. Según confirmaron fuentes del caso a Infobae, “Bozo” también tenía otra marca en su contra, un pedido de captura internacional por matar a un policía en Sarajevo. Pactó una pena con la Justicia argentina en 2017,

Hay otra coincidencia oscura en el mapa: la naviera Grimaldi, que regentea el buque donde se encontró la droga. Investigadores expertos aseguran que los barcos de la firma global que llegan o salen de Zárate suelen ser mirados de reojo por la posibilidad de una carga narco. El 28 de abril pasado, el buque Grande Buenos Aires también fue allanado por el área de Operaciones Antidrogas Hidrovía del Paraná de la Federal. Había otros 78 kilos de cocaína en un container que viajaba a Amberes.
También se sospechaba de un rip off, una carga contaminada. Una agente de la Aduana lo abordó para realizar un control.
Así, la agente notó que los precintos de un container que llevaba semillas de chia, cargadas en Asunción, Paraguay, y con destino final al puerto de Amberes, en Bélgica, estaban rotos. No solo eso: habían quedado sobre la cubierta otros precintos, aparentes mellizos, listos para colocar. También, desde la cubierta, pendía una soga de 36 metros con un gancho mosquetón en el extremo. Su fin era obvio: subir objetos al barco desde la línea de flotación. Los tripulantes del barco -marineros rusos, filipinos, italianos- se convirtieron en sospechosos. Quien cargó la droga dejó sus guantes y olvidó dos colillas de cigarrillo.
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