
En la mañana del 14 de octubre de 2018 Alfredo Humberto Roldán se paraba en la calle de tierra frente a su casilla en un asentamiento de Quilmes Oeste a ver quién venía, nervioso. Tenía a una docena de hermanos y primos detrás. También estaba su madre junto a él, entre los carros de cartonero de los vecinos y los perros que andan por las pilitas de basura. “Sí, sí, yo soy Alfredo”, le dijo a Infobae, presentándose a sí mismo, sin sueño, sobresaltado, en guardia. De a ratos lloraba, se recomponía, luego lloraba otra vez.
Su pareja, Carolina Medina, había dejado la casilla que compartía con Alfredo en la villa para ir al kiosko el domingo pasado. “Tenía antojos, quería un chocolate y un yogur y salió a comprar”, dijo Alfredo. Estaba embarazada de seis meses, un varón que iba a llamarse Nazareno. Ya tenía otros dos hijos, una nena de ocho, un varón de seis.
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Horas después, Carolina fue asesinada en una cama del hotel alojamiento Susurros en Florencio Varela, víctima de uno de los femicidios más bestiales de la historia reciente. Las piernas del cadáver estaban cubiertas de sangre. Había heridas visibles en sus órganos sexuales.
Mientras tanto, en la villa de Quilmes Oeste, Alfredo todavía esperaba y preguntaba entre amigos por su mujer embarazada que no volvía. La noticia de una mujer asesinada en un hotel ya estaba en el aire, en el televisor. Pero Alfredo todavía esperaba.
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Carolina fue identificada horas después cuando Alfredo radicó una denuncia a fines de la tarde en la Comisaría Nº3 de Florencio Varela por desaparición de persona. La descripción de su pareja se ajustaba a la víctima encontrada en el Susurros. Así, Alfredo fue llevado a la morgue de Ezpeleta.
“Me mostraron solo la cara, después me mostraron un brazo, una pierna que estaba toda moretoneada”, dijo Alfredo: “Vi sangre, loco. Sangre. Me la hicieron mierda”. La autopsia reveló el brutal sadismo con el que fue asesinada. “Shock hipovolémico” y “traumatismo grave de perineo” fueron las causas de muerte listadas, según confirmaron fuentes cercanas al expediente a Infobae: la inserción de un “objeto contundente” le provocó desgarros masivos en su aparato urinario y reproductor que la llevaron a desangrarse hasta morir. El arma empleada, se cree hasta hoy, fue una botella de cerveza ordenada en el room service del hotel.
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Hoy martes, tres años y cuatro meses después, el crimen finalmente llega a juicio en el Tribunal N°1 de Varela con su único acusado, Ariel Norberto García, un hombre con antecedentes de larga data por robo a mano armada, hoy preso en la Unidad N°34 de Melchor Romero. Su propia familia lo entregó. Una cámara de seguridad del hotel lo tomó mientras huía con su Ford Focus; la patente estaba perfectamente visible en la imagen, lo que le permitió a la fiscal Gisela Olszaniecki identificarlo y pedir su captura.
La calificación es aberrante. García se encuentra imputado por los delitos de abuso sexual con acceso carnal seguido de muerte, homicidio agravado por haber sido cometido mediando violencia de género con ensañamiento y alevosía y aborto.
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La pena podrá ser de prisión perpetua.

De vuelta a la vereda en 2018, Alfredo puso el crimen en el contexto de su propia vida. El femicidio fue el fin de su esfuerzo y sus planes: él y Carolina habían decidido estar juntos para estar mejor. “Nos conocimos acá en la zona. Los dos consumíamos paco, ella compraba en otro lado, consumíamos juntos”, cuenta, “pero cuando quedó embarazada dejamos los dos, nos rescatamos”.
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Alfredo había conseguido trabajo en una empresa gastronómica, Carolina se mudó con él tras dejar la casa de sus padres. Ya tenía dos hijos de una relación anterior, un varón y una nena; Carolina nunca hablaba del padre de los chicos, una figura aparentemente ausente. “La nena vivía con nosotros, me decía ‘papá’”, dijo.
García ya había sido detenido al momento de la conversación. Alfredo tenía una leve idea de quién era. “Sé que el tipo es del barrio, pero nunca lo sentí nombrar”, dice Alfredo, que asegura no haber advertido “nada raro” en su mujer en los últimos meses.
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Con los años, la familia de Carolina, oriunda de San Francisco Solano, comenzó una militancia en busca de justicia, quizás una forma de buscar contención. Su madre se convirtió en parte de una ONG. Comenzaron un perfil en Facebook donde difundieron la cara de García, las novedades del caso, visibilizaban su reclamo.

Gustavo, su padre, un albañil, decía horas después de la confirmación de la identidad del cuero: “La vi por última vez el jueves pasado cuando vino a buscar plata. No había ningún problema con Alfredo. Y de este tipo Ariel al que detuvieron nunca escuché nada, no sé quién es”. Hugo, tío de la víctima, se enojaba con lo que veía en el televisor: “Sí, ella consumió, tuvo su historia, pero los canales la tratan de falopera. Es una canallada”.
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Para ese entonces, Gustavo ya había sido citado a la Comisaría Nº3 mañana para comenzar trámites para recibir el cuerpo de su hija y enterrarlo. La principal hipótesis del crimen, según investigadores policiales, apuntaba a un juego sexual particularmente violento. Sin embargo, Alfredo retuvo en su mente un detalle perturbador que no encaja: “Cuando le vi los brazos para reconocer en el cuerpo vi marcas como de dedos, marcas para defenderse. Para mí se la llevaron por la fuerza”, aseveraba.
García podrá dar su palabra en la audiencia de hoy, la primera del proceso en su contra. Se duda que lo haga. Ya se había negado a declarar tras ser detenido. El silencio siempre es más cómodo.
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