En el mundo del narcotráfico de las villas porteñas nadie dura para siempre. Capos, sicarios y soldados, campanas, corredores e intermediarios; al fin y al cabo ninguno permanece. Pueden comprar tiempo matando a sus enemigos o pactando con ellos, conquistando nuevos territorios, pero tarde o temprano se los llevará la cárcel, el hospital o el cementerio. Son figuras reemplazables. El territorio es lo que cuenta. Y en la Villa 31 y 31 bis de Retiro, un territorio particularmente dinámico para reciclar su poder, los nuevos dealers se hacen su lugar.
La semana pasada, dos investigaciones paralelas realizadas por la Policía de la Ciudad se concentraron en la manzana 15 bis, en el centro histórico de la Villa 31, junto a la manzana 99. Agentes de Narcocriminalidad y de la Unidad de Prevención Barrial actuaron bajo las ordenes de la Unidad Fiscal Especializada en la Investigación de Delitos Vinculados con Estupefacientes (UFEIDE), a cargo de la doctora Cecilia Amil Martín. En un primer operativo allanaron tres domicilios: se llevaron 50 envoltorios de pasta base, 40 bolsitas de cocaína, cigarrillos de marihuana, un revólver calibre 32 con su numeración limada y sin municiones en el tambor, 93.870 pesos y 200 dólares.
Dos días después, los policías volvieron a la zona para encontrar una transa en pleno desarrollo. Seis dealers operaban en el lugar; cinco de ellos huyeron por los techos y pasillos, uno quedó atrás y fue detenido. Así, allanaron otra vez. Se llevaron 500 dosis de cocaína, 60 envoltorios con marihuana, 12 envoltorios con paco, 215 mil pesos. En total, entre ambos operativos, hubo nueve sospechosos arrestados, con cuatro cuevas de droga clausuradas: la fuerza porteña ya cerró 33 en la Villa 31 y 31 bis en lo que va del año.
En el medio, hubo escuchas de teléfono algo obscenas: “Vení, morocho. Vamos a contar la mercadería”, repite una sospechosa investigada en el primer operativo. Luego, clientes insistentes piden droga.

La composición de los detenidos sorprende un poco en el primer caso. No es la lista usual de sospechosos de la Villa 31: sus edades van desde los 17 hasta los 62, cinco de ellos son de nacionalidad argentina, el resto ciudadanos peruanos. Sorprende la mezcla de nacionalidades que también ocurre con la nueva generación dealer de la Villa 1-11-14 o el desembarco de “Dumbo” Maylli Rivera en el barrio Mugica, tal vez un signo de los nuevos tiempos. Las bandas peruanas mantuvieron históricamente una suerte de pureza, no compenetrarse con argentinos y mantener la integridad relativa de sus propias facciones. Sus enemigos eran otros peruanos, o bandas paraguayas como Los Sampedranos.
También, hay viejos conocidos.
Tula Quevedo Sánchez y Guillermo Paz Barrientos -peruana ella, argentino él- fueron sorprendidos en su casa de la manzana 15 bis con dos de sus hijos. Guillermo había salido en julio de 2019 del penal de Ezeiza, beneficiado con la libertad condicional por el Tribunal Oral Federal N°4. Allí, las autoridades del SPF habían marcado su buena conducta con nota de 8, algunos estudios intramuros. Sin embargo, dieron su negativa unánime a que reciba el beneficio. El Tribunal se lo dio de todas maneras. “Se contempla la existencia de un domicilio sito en la Manzana 15″, donde Tula actuará “como referente”, aseguraron en el fallo.

A Guillermo le habían dado un año de prisión efectiva por transa, cuando lo vincularon a otro hombre peruano, con base en el barrio San Martín de la 31 bis junto a las vías del ferrocarril. Le había allanado su casa en la manzana 15, para encontrarles cien papeles con droga. Los documentos relevados no hablan de una organización mayor, de que trabajaran para un jefe transa, tal vez llaneros solitarios en una nueva frontera.
Sin embargo, documentos oficiales de la Justicia de Perú hablan de algo más temible. En diciembre de 2019, la Sala Penal Permanente de la Corte Suprema de Justicia de la República, declaró procedente la extradición a pedido del Juzgado N°5 porteño de Martha Isabel Camacho Mory, una mujer peruana aparentemente sin DNI en la Argentina, por una tentativa de homicidio agravada por la participación de dos o más personas. Los blancos: Guillermo y Tula Quevedo, supuestamente herida en el ataque.
Herry Jorge Aguirre Nassi, peruano, de 28 años, con un viejo domicilio en Caseros, cayó con paco, 500 bolsas de coca, 200 mil pesos, dos celulares y un cuaderno de anotaciones. Según registros policiales, ya se lo habían llevado en otras seis ocasiones por el mismo delito.

Durante la última década, los viejos señores de la 31 y la 31 bis como “Ruti” Mariños y César Morán de la Cruz vieron sus bandas esmeriladas por las condenas judiciales en su contra, con investigaciones avezadas que incluyeron relatos de arrepentidos. Así, entre los aparentes finales de señores paraguayos y peruanos, se abrió una ventana para un posible nuevo poder, con jugadores advenedizos como “El Groso” Ortigoza, sospechado de facturar tres millones por semana y crímenes bestiales como el triple descuartizamiento del Barrio San Martín en abril de 2018.
Tal vez, los detenidos de las últimas redadas sean eso, pequeños jugadores que crean sus zonas para luego volverse más fuertes y devorar a quien tengan al lado. Sin embargo, otros conocedores de la zona aseguran que César de la Cruz, preso en un penal federal, que históricamente retuvo el control de zonas como el Playón Este con su mando a distancia tras las rejas, todavía manda en Retiro, que sería imposible para un peruano “cortarse solo” y crear su propio negocio transa sin rendir tributo al viejo rey. En los tribunales federales, se apunta a un riesgo obvio: el de investigar al narcotráfico de la Villa 31 como una serie de eventos aislados, y no como un todo.
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