La galería comercial San Francisco, ubicada sobre la colectora de la avenida General Paz, y la galería Bolivia, que queda a la vuelta, ambas en el barrio porteño de Liniers; estaban hacía ya un tiempo en la mira de la Justicia. En esos lugares, de acuerdo a una investigación en curso, operaba una banda delictiva dedicada al “lavado” y venta de teléfonos celulares robados, bajo la órbita de Luis Omar G., argentino, de 57 años, alias “Mencho”, su misterioso jefe.
Este miércoles, efectivos de la Unidad Federal de Investigaciones Especiales (DUFIE) de la Policía Federal -que depende de la Superintendencia de Investigaciones Federales- hicieron 17 allanamientos en la zona, ingresaron en varios locales de la galería y detuvieron a un total de 11 personas, entre las cuales también cayó “Mencho”.
Los efectivos de la PFA realizaron distintas tareas encubiertas de observación y vigilancia, además de algunos seguimientos sobre “Mencho” y su entorno más cercano, que permitieron corroborar que el hombre era la cabeza de la organización, presuntamente, abocada a la limpieza, con técnicos y tecnología específica, del software de los teléfonos robados en hurtos y asaltos violentos, para luego ser introducidos nuevamente en el mercado.

Con la autorización del juez federal Ariel Lijo, a cargo de la causa, la Policía Federal, junto a personal del Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM), ingresó en los locales ayer por la tarde.
Todo el material secuestrado en las galerías sustenta las sospechas de la Justicia. Dentro de los locales -dispuestos como simples comercios de venta y arreglo de celulares- se incautaron más de mil teléfonos -de los cuales, al menos, 40 estaban denunciados por robo o hurto-, 140 chips, 36 tablets, 33 pantallas táctiles, 200 módulos, 8 CPUs, tarjetas de memoria y distintas partes de celulares despiezados.
En los negocios se encontró también aparatos utilizados para el desbloqueo, reacondicionamiento y puesta en funcionamiento de celulares robados y dos envoltorios de plástico con cerca de 40 gramos de cocaína.
Los detenidos -cinco ciudadanos peruanos, cuatro argentinos y dos bolivianos- quedaron ahora a disposición del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal N°4.

La actividad de la banda de “Mencho” está lejos de ser original y se replica en locales con fachadas y habilitaciones legales, en la Ciudad y en la provincia de Buenos Aires, en operativos a cargo de las fuerzas federales y de la policía porteña.
Los comercios están casi siempre en zonas de alto tránsito, al alcance de cualquier ciudadano de a pie que necesite reparar su teléfono, comprar uno nuevo o adquirir accesorios. Con las cotizaciones actuales de una reparación legal, la balanza se inclina a su favor: el cambio de una pantalla o batería de un aparato de alta gama original puede superar los 100 dólares.
El problema es el origen de las piezas y los teléfonos. Muchos de esos celulares, de acuerdo a la experiencia en las investigaciones policiales, no provienen solamente de hurtos y arrebatos simples a transeúntes distraídos en la calle o el transporte público, sino también de robos violentos de motochorros, entraderas y asaltos con armas de fuego en territorio porteño y el conurbano bonaerense.

En marzo de este año, la PFA detuvo a 14 personas e identificó a más de 60 sospechosos en un allanamiento en la galería La Internacional de Corrientes al 2.300, en la zona de Once, donde funcionaba una insólita “cooperativa” de celulares robados.
El caso de Pedro O., tucumano, oriundo de San Miguel, 30 años de edad, detenido en ese operativo, desnuda la mecánica del delito. El hombre, albañil y ex empleado de una constructora, estaba acusado de ser un arrebatador de smartphones, luego vendidos a una fracción de su valor para ser desguazados por partes para reparaciones en cuevas con una dinámica similar a la de los desarmaderos de autos.
Muchos de los hombres detenidos ese día, en su mayoría peruanos, estaban inscriptos en AFIP, en muchos casos de alta en los rubros de reparación de celulares. Es habitual: son la fachada legal de un negocio que parte de ilícitos. En ese caso, la red funcionaba sin un jefe: arrebatadores, pungas y distribuidores trabajaban juntos.
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