“¡Juana, ¡ayúdame! Me mató, ¡Antonio me mató!”
Mariana Madonna, una pensionada de 63 años de Grand Bourg, se retorcía sobre su propia cama a las 20:30 del 3 de enero pasado. Tenía tres puñaladas en el cuello y cuatro en el abdomen, profundas heridas que le causarían la muerte. Juana, su hermana mayor, intentaba llamar desesperadamente al 911.
Al mismo tiempo, Antonio de 73 años, el tercero de los hermanos, se alejaba de la casa en la que Mariana agonizaba, caminaba con mucha tranquilidad y con una cuchilla de cocina en su mano todavía manchada de sangre, literalmente de su propia sangre. El hombre fue detenido minutos después.
Hoy, está acusado de haber asesinado a su propia hermana en medio de un contexto de violencia de género que desnudó una disputa familiar que la Justicia todavía investiga.
“Los Madonna son tres hermanos, hijos de inmigrantes italianos, que sus padres les dejaron una casa grande ubicada en Grand Bourg. Ahí vive Juana, que tiene de 66 años y la compartía con sus hijos y en una pieza aparte con salida y entrada independiente, Mariana, la hermana más chica de 63 años. Hace unos meses también quiso vivir en ese lugar Antonio, el hermano más grande, y parece que no les quedó otra que convivir en la misma habitación con Mariana. El problema es que había denuncias de violencia de género de años anteriores. Igualmente se decidió eso y todo terminó en el femicidio de la mujer”, explica uno de los investigadores que conoce la interna familiar.
Según la reconstrucción que realizó el fiscal Martin Viscovich, Mariana y Antonio discutían todos los días por detalles menores pero sobre todo por el pedido insistente de la mujer para que su hermano mayor se busque algún otro lugar para vivir, ya que allí no tenían privacidad ninguno de los dos. “También discutían por si había que vender la casa o no para dividir la plata. Más allá de la convivencia también era una pelea por la casa en sí”, cuenta un vecino que conoce a la familia hace muchos años.
Tanto la hermana del medio, Juana, como sus hijos, estaban acostumbrados a escuchar gritos, insultos y reproches. Lo que ocurrió la noche de 3 de enero tal vez no estuvo jamás en sus cálculos.

“Desde mi casa podía escuchar los gritos de la pelea de esa noche entre mis tíos, los oíamos junto a mi mamá”, cuenta una de las hijas de Juana. “Mariana le gritaba ‘buscate otro lugar para vivir, es muy chiquito esto, tenés que pedir tu lugar´ y él respondía ´No quiero pedir nada´ y mi tía le retrucaba ‘¿qué sos, cobarde que no querés pedir?´. Ante los gritos me acerqué a la puerta que conecta la habitación de ellos con mi casa y golpee varias veces para que dejen de gritar y después de eso no se escuchó más nada. Hubo silencio”.
Preocupados por el silencio repentino, Juana y su hija salieron de su casa y fueron a la puerta de la habitación de Mariana y Antonio. Tocaron la puerta pero nadie respondió. En ese momento salió el hombre: “Se lo veía muy ofuscado y cuando pasa por delante nuestro nos tira el manojo de llaves con la mano derecha y vemos que en la mano izquierda tiene un cuchillo que tomaba del mango de manera invertida, como escondiendo la hoja con su cuerpo. Vemos también que había sangre en su mano y se va caminando por la calle Vernet. Ahí le digo a mi mamá: la apuñaló”, explicó en su testimonial la hija de Juana y sobrina de la víctima y victimario.
Inmediatamente ingresaron a la habitación: Mariana Madonna estaba acostada en su cama, sobre un charco de sangre que se había formado sobre el colchón.
Allí, Juana oyó sus últimas palabras: “Antonio me mató”.
“El ataque fue certero y creemos que premeditado porque el hombre había hecho afilar el cuchillo un tiempo antes. La atacó de tal manera que no le dio tiempo a su víctima, y hermana, a defenderse. Cuchillazos uno detrás del otro”, explican en la fiscalía.
Cuando Antonio Madonna escapó de la escena del crimen que acababa de cometer, no descartó inmediatamente el arma homicida como pensaría cualquiera ni siquiera se fue corriendo o mostró algún tipo de desesperación por la atrocidad que acaba de cometer. Más bien todo lo contrario.
La escena que captó una cámara de seguridad de la zona es impactante: el presunto femicida camina muy tranquilo y calmado con el cuchillo en la mano, sin ánimo alguno de esconderlo vestido con una remera negra y un pantalón de jean. Incluso se cruza con un vecino al que le hace un comentario circunstancial sobre el clima.
Algunos minutos después descartó el cuchillo en un arroyo cercano. El arma homicida fue encontrada por dos efectivos mientras buscaban al sospechoso. Cuando la analizaron notaron que se trataba de una cuchilla con una hoja de 17,5 centímetros de largo por 3 de ancho con un mango blanco recubierto por una cinta negra, todavía con manchas de sangre.

Madonna no fue muy inteligente para evadir a la Justicia y mantenerse en la clandestinidad, lo detuvieron a las pocas horas del crimen. Lo primero que hizo fue ir a la casa de una pareja amiga que lo delató apenas vieron que en redes sociales los propios familiares de la víctima virilizaban la noticia.
Una vez que el asesino estuvo sentado frente al fiscal acusado de homicidio agravado intentó justificarse y aseguró recordar poco de lo que pasó: “En cada discusión ella vivía insultándome. Siempre me decía que me vaya y yo le respondía que cómo me iba a ir si era la casa de mis padres. Con respecto a lo que pasó yo no recuerdo haberla cortado o que le haya dado un puntazo. Solo que discutí con ella y salí caminando y en un momento me vi con el cuchillo en la mano y lo tiré a un arroyo. Me dije ´qué carajo hago con esto´”.
Según los registros, Madonna tenía al menos dos causas de violencia de género previas contra su hermana Mariana: una del 2011 tramitada en el juzgado de paz de Malvinas Argentinas por golpes que contó con perimetrales y una exclusión del hogar y otra de 2017 en la que el hombre fue, incluso, condenado a un año y seis meses en suspenso por lesiones leves, amenazas y desobediencia.
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