
Nunca hubo algo así, literalmente.
En noviembre del año pasado, Anastasia Ipatova, una cosmetóloga de nacionalidad rusa con un spa en Barrio Norte y su pareja, un despachante de Aduana local, fueron detenidos y procesados por estar detrás de los papeles de un envío descomunal de 31 kilos de MDMA, el principio activo de las pastillas de éxtasis, el lote más grande de la historia local. En junio de 2019, ciudadanos chinos enviaron desde Bélgica a Liniers un caballo de juguete relleno con 2260 kilos de metanfetamina cristal para fumar en pipa, un contrabando insólito. En mayo de ese mismo año, Christian Castronuovo, un despachante de Aduana que difícilmente podía llamar la atención, fue arrestado en su departamento de Flores: en el ropero tenía uno de los cargamentos individuales más grandes de drogas sintéticas alguna vez encontrados por una fuerza de seguridad, 22 mil pastillas de éxtasis de alto poder con la cara de Donald Trump, micropunto de LSD, cocaína rosa colombiana, un terrón de polvo peruano de alta calidad del tamaño de un puño.
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Pero Sebastián Claudio Agostini, si es que las acusaciones en su contra son ciertas, fue un paso más allá que todos ellos.

Nadie se había atrevido en la Argentina a vender oxicodona y metadona, drogas de alto poder adictivo que crucificaron a los consumidores de los Estados Unidos con una epidemia de una década con 70 mil muertes relacionadas en 2017, según cifras oficiales, 68 mil en 2018. Se trata de una mezcla que incluye a sustancias como el fentanilo y el tramadol. Agostini, en su casa de la calle Libertad en San Isidro, en el lavadero, literalmente sobre el lavarropas, montó un laboratorio clandestino con una máquina de fabricar pastillas capaz de producir 4 mil comprimidos por hora.
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La división Precursores Químicos de la Dirección de Narcocriminalidad lo allanó y lo detuvo junto a su pareja, en una causa a cargo del fiscal contravencional Aníbal Brunet. El potencial adictivo del material que fabricaba era insólito, una nueva frontera para el inframundo dealer argentino: nunca un traficante había caído con una sustancia similar. Llegaron las drogas sintéticas de todo tipo, algunas casi desconocidas para las autoridades, pero esto es mucho peor, mucho más grave. Le encontraron oxicodona, comercializada en Estados Unidos bajo el nombre Oxycontin, etilmorfina, metadona. Se hizo rico, aparentemente: le encontraron motos de competición y un Alfa Romeo. El jacuzzi en el jardín de su casa estaba recién instalado.
Agostini, de 45 años, sabía lo que hacía, en cierta forma, o al menos tenía algo de entrenamiento: sus registros comerciales y previsionales muestran que se había registrado en los rubros de farmacéutica de la AFIP, había trabajado durante años para firmas reconocidas del rubro.
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Agostini también fue a contramano de la ola de drogas de diseño: todos sus insumos eran de origen local. Sus sustancias provenían de laboratorios como Parafarm y Verardo, al menos de acuerdo a las etiquetas encontradas. Su máquina, provista de un motor y una tolva, fue fabricada por una empresa de Ciudadela. Las comprimidoras aparecieron a lo largo de los últimos años en diferentes operativos contra dealers, pero siempre manuales, nunca eléctricas y motorizadas.
La máquina -fácilmente adquirible en el mercado de usados y en sitios web- le daba a Agostini una capacidad casi industrial para producir su presunto material. Sin embargo, el resto de su proceso era crudo y rudimentario, con equipos caseros de cocina: no había forma de controlar si una pastilla tenía una cantidad de droga letal o nada de droga directamente, una lotería que podía llevar a una sobredosis de opioides y a la muerte en una guardia de hospital.
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Habían empezado a seguirle el rastro en agosto de 2019, un hombre acusado de ser su dealer fue seguido en la fiesta Mandarine Park en Costanera. Así, los pasos del dealer llevaron a Agostini y a su mujer, Lucía, que también cayó. El dealer fue arrestado. En su departamento le encontraron un guante de látex con 544 pastillas de tramadol. Los resultados fueron presentados hoy en una conferencia de prensa a cargo del ministro de Seguridad porteño Diego Santilli, el secretario Marcelo D’Alessandro y el fiscal general porteño Juan Bautista Mahiques.
Mientras tanto, fuentes en la causa cuentan cosas crueles, que la organización llegó a infiltrar grupos de adictos en recuperación de un hospital público con la excusa de que sus pastillas servían para ayudarlos a rehabilitarse, o que vendían su material como si fuera éxtasis en fiestas, sin aclarar. La investigación del fiscal Espada continúa.
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