
La abuela Pertossi posa las manos en la reja vieja de su ventana trepada por plantas y piensa en la paradoja bonaerense de su vida: “Criás al mejor hijo, al mejor nieto, y después te llama la Policía y te lo trae muerto".
Pero su nieto no es el que está en la morgue, en el hospital o en el cementerio.
Todo lo contrario.
Sus nietos, tres de ellos, Ciro, Luciano y Lucas Fidel, ninguno mayor de 20 años, jugadores del Arsenal Náutico, el único club de rugby de Zárate, esperan en celdas de comisarías de Villa Gesell y Pinamar acusados de ser parte del crimen más indignante de los últimos tiempos: golpear hasta la muerte a Fernando Báez Sosa, diez contra uno, sin piedad en una emboscada a traición por un vaso volcado y un roce de gallos en una pista de baile, matarlo por nada.
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La abuela habla de Ciro, puntualmente, de 19 años. “Estudia, es un chico modelo, corta el pasto, es ejemplo de la gente”, dice. La Justicia dice otra cosa. Para la fiscal Verónica Zamboni, de acuerdo a filmaciones y testimonios en su investigación, Ciro Pertossi es junto a su compañero Máximo Thomsen el acusado de golpear a Fernando hasta la muerte. En cambio, su hermano Luciano y su primo Lucas Fidel, registrado en los rubros de arquitectura de la AFIP y parte de una sociedad dedicada al rubro, fueron acusados de ser partícipes necesarios en el hecho.
—¿Fueron violentos alguna vez?
-Noooo, ¡para nada! No recuerdo ni un problema.

La abuela Pertossi vio el video de la cámara de seguridad que tomó el crimen mientras ocurría en frente a la disco Le Brique. No necesita más; ya hace días que no enciende la tele. “No quiero ver”, dice a Infobae. “No debería estar hablando con ustedes”, aclara, con 74 años y una enfermedad. “Médico por suerte tengo”, asegura. Ni siquiera quiere dar su nombre. “'La abuela’ está bien”, dice.
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Se quedó casi sola desde que buena parte de su familia tuvo que dejar Zárate para dirigirse a Villa Gesell. Un hijo de vez en cuando pasa por su casa del Barrio San Jacinto, de clase obrera y de casas bajas, con rejas viejas frente a la avenida Antártida Argentina. “Acá mis nietos venían siempre, pero siempre. ¡Son amorosos conmigo! ‘Abuelita, te quiero, invitame a comer’, me decían. Todos jugaban al rugby, mis tres nietos, desde chiquitos, desde los 5 años, toda la vida en el club Arsenal”, dice la abuela.
No tiene la fuerza para ir a verlos, su salud no se lo permite. Le cuesta estar de pie. No le gusta la idea de ir a una comisaría o a una cárcel, por otra parte. Un hombre de su familia está preso por un delito que ella no quiere mencionar. "Un tío de los chicos”, asegura. Otros vecinos en Zárate dicen otras cosas de los Pertossi. Que “tienen el hábito de pegarle a la gente en la sangre”, de “ponerse a escabiar y romper botellas”.
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“No entiendo por qué hacen esto. Quizás mis nietos andan en la joda, pero no son ignorantes, tuvieron educación, no les faltó escuela, fueron al mejor secundario de acá. Qué sé yo, no entiendo qué le pasa al ser humano".
—¿Cree que sus nietos tienen que pagar por lo que hicieron?
—No los acuso ni los defiendo. Me duele.

La abuela no habla, por ejemplo, de la cruel mentira de los diez rugbiers acusados que le costó a Pablo Ventura cuatro días en una celda de la DDI de Villa Gesell por ser acusado de un crimen que no cometió: Báez Sosa moría a patadas en el cráneo mientras Ventura jugaba a la computadora con amigos en Zárate luego de cenar con su familia en una parrilla local. Ayer por la noche, el juez David Mancinelli lo soltaba por falta de mérito luego de que su familia aportara videos, exámenes médicos y testigos.
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Quizá los Pertossi y Ventura vuelvan a cruzarse. Se espera que el joven liberado anoche forme parte de las ruedas de reconocimiento que comenzarán mañana, donde seis amigos de Báez Sosa deberán marcar a quienes estuvieron frente a la disco Le Brique en el ataque y, precisamente, a quienes lo mataron.
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