“Estos pinches abogados pajueranos tienen que terminar con los appeals (apelaciones) para que me ejecuten. Yo estoy perdiendo mi tiempo aquí, ¿me entiendes?”
Me lo dijo Víctor Hugo Saldaño en la prisión Allan B. Polunsky de Texas hace doce años, cuando llevaba ya 11 en el “corredor de la muerte”. Estuve tan cerca de él como es posible. Separados por un grueso cristal doble, conversamos a través de un teléfono, igual que en las películas. Cuando nos despedimos, ambos apoyamos las palmas de la mano sobre el vidrio. Es la única manera de saludar a otra persona para quienes aguardan la pena capital.
En la charla de una hora, Saldaño me contó el periplo de rebeldía y juerga que a los 17 años lo llevó desde su Córdoba natal hasta los Estados Unidos, un viaje financiado con robos de pasacassettes y otros delitos menores en el camino, y que incluyó una escala en Brasil, donde pudo reencontrarse durante algunos días con su padre, que lo había abandonado de pequeño.
Me dio detalles de cómo, tras colarse por el río Bravo, llegó a Nueva York, donde trabajó en un restaurante italiano lavando platos hasta que le contaron que en Texas se ganaba más plata en la construcción, y hacia allí marchó.
No tuvo tapujos en reconocer lo que sucedió la noche del 25 de noviembre de 1995, como ya lo había hecho ante la policía y la Justicia. Que había “bebido demasiado” y “fumado algunos porros” con su amigo mexicano Jorge Chávez; que en el estacionamiento de un supermercado de un suburbio de Dallas secuestraron a un comerciante llamado Paul Ray King; que lo llevaron a una zona boscosa donde le sacaron 50 dólares y un reloj de plástico y que, en medio de su borrachera, había completado la faena con cinco tiros: “Lo coheteé a la mierda”, me dijo.
En un juicio rápido, Saldaño fue condenado a muerte en julio de 1996. Fue clave el informe de un perito psiquiátrico que aseguró que, al ser latino, era proclive a reincidir. El argumento xenófobo dio pie a sus abogados para que llevasen su caso hasta la Corte Suprema, que anuló la sentencia y ordenó un nuevo juicio. Pero en 2004, con Víctor Hugo ya degradado mentalmente tras ocho años de encierro (no paró de hacer monerías y gestos obscenos ante el tribunal), los jueces volvieron a sentenciarlo a muerte.
Para 2007, cuando lo visité, Saldaño ya era un espectro. Su régimen no ha cambiado desde entonces. Pasa 23 horas de cada día en una celda de seis metros cuadrados. Abarrotado de somníferos, duerme la mayor parte del tiempo. Cuando está despierto, va y viene por su habitación: tres pasos hacia la puerta, tres pasos de regreso hacia la ventana. A veces se trepa a la cama para mirar hacia el exterior y descubre unas vacas pastando a lo lejos. “Están libres, tranquilas. Me dan un poco de envidia, ¿sabés? Es que ahorita no sé qué hacer. Estoy desesperado, como un ratón al que lo ponen en un cajoncito. Camino y camino por mi celda todo el día, hasta que me duermo”.
Desde que lo mudaron en 1999 a esa prisión a una hora en auto de Houston, en medio de la llanura texana, las únicas personas con las que su piel ha tenido contacto son la del guardia que lo esposa cada día para llevarlo hasta las duchas y la del médico que lo revisa cada tanto. Su hora diaria de “recreación” es en una jaula exterior apenas más grande que su celda, pero también en soledad.
Más allá de las visitas esporádicas de su madre, sólo recibe las del cónsul argentino y algunos pastores evangelistas. Me pidió noticias de su Talleres de Córdoba. Su vida ya estaba reducida a las pulsiones básicas:
-Sueño con cogerme una mina. Una negrita. Siento pasión por las negritas.
-¿Y si te dejaran libre? ¿Volverías a Argentina o te quedarías aquí?
-Éste es un lindo país, muy próspero. Pero me gustaría irme a Colombia, por el clima y por las minas, viste. Hay mucho de esto también (hace el gesto de esnifar cocaína y se ríe).
Pero ya entonces no tenía esperanzas ciertas de que su sueño se cumpliese y rogaba por una solución expeditiva a su caso. “Los abogados quieren ir para años. Hay gente que lleva 27 años acá. Pero yo no quiero pasar tanto tiempo. Ya le dije a mi abogado: “Drop my appeals” (“Termine con mis apelaciones”). ¿Querés más claro que eso? Aquí es muy feo. No me gusta. Es muy frío el sistema, estás solo, no podés tener amigos. Este infierno es injusto. Ya no sé qué hacer. A veces pienso en suicidarme. Quisiera tener una pistola, ponérmela acá, pum, pum, y se acaba todo. Porque si me mato se acaba esta pena, se acaba la cárcel. Lo intenté con una Gillette, pero no sé cómo hacerlo o no tengo los cojones suficientes...”, me confesó en medio de bostezos en la entrevista que publicó la revista Viva de Clarín.
Por momentos se le empastaba la lengua y era difícil entenderlo. Pero fue claro y explícito en su último ruego: “Si a mí me ejecutan es la solución para mi problema. ¡Yo quiero que me ejecuten ya!”.
Su madre y sus abogados juran que Víctor nunca les pidió que abandonaran la pelea judicial. Y como es lógico, no lo hicieron.
Finalmente, la Corte Suprema de Estados Unidos acaba de decidir que no revisará el caso. Tras 23 años en el infierno, la hora parece haber llegado para Saldaño. Solo falta ponerle fecha a su ejecución.
-¿Y cómo te imaginás que va a ser ese día?- le pregunté antes de despedirme.
-Seguro estará la familia de King. Les diré que me disculpen, que estuve muy payaso. Que estaba tomado y no sabía lo que hacía. Será un día bien lindo para mí. Voy a estar contento. Al fin voy a salir de acá y después voy a nacer de nuevo.
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