
El verano se intuye sobre las calles sin árboles de Villa Trujuy. Dos perros chapotean como niños en una zanja con agua y verdín. Del otro lado del asfalto caliente de la calle Victoria un hombre clava la chapa del techo de su casa. El sol parece estallar en el tatuaje de su espalda: un inmenso Gauchito Gil transpira como si fuera real.
A unos metros, tres jóvenes toman una gaseosa fría protegidos por el toldo de un negocio cerrado. Es la hora del almuerzo y esa calma hace más fuerte el contraste con lo que en estas mismas calles pasaba un mes atrás, cuando apareció el cadáver de Sheila Ayala y el barrio se transformó en un campo de batalla: vecinos contra vecinos y todos ellos contra la Policía.
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Ahora que Leonela Ayala –la tía de la nena asesinada acusada de matarla- recuperó la libertad tras estar tres semanas en la Alcaidía Departamental III de La Plata, casi nadie espera que vuelva a sus pagos: "Qué va a venir, si viene se pudre todo, si está re quemada esa piba", intuye uno de los jóvenes.
La noticia de la liberación de la mujer, detenida el 18 de octubre pasado tras la aparición del cuerpo asesinado de Sheila, oculto entre dos medianeras del predio Campo Tupasy donde vivía Leonela (25) junto a su pareja Fabián González Rojas (24), principal imputado, se expandió en este barrio con velocidad.
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Entre los jóvenes que toman gaseosas flota la bronca por la muerte de la nena, como si todos los que participaron del horror hubieran roto un código. "Esa piba se debe de haber ido a Misiones, a donde tiene al hermano, acá no puede volver", repite uno de ellos, a 50 metros de la casa donde vive el padre de Leonela a seis cuadras de Campo Tupasy: el hermano al que se refieren es precisamente el papá de Sheila.
Frente a ese hogar decenas de vecinos se juntaron cuando fue hallado el cadáver. Quisieron prenderle fuego. "Me rompieron todo", cuenta ahora el papá de Leonela, en cuero, con pantalones amarillos de Boca. Con uno de los dos bastones que usa para moverse señala una ventana del frente de la propiedad, mientras un bebé juega a su alrededor con una bolita de vidrio.
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El hombre dice a Infobae desde la puerta de la casa que no sabe nada de su hija. "Acá no está, ni siquiera sé si ya la liberaron. Me llama la abogada (Mónica Chirivin) desde un teléfono privado, no sé nada", suelta, lacónico. Ante una repregunta responde: "Yo no soy lorito para andar repitiendo. No sé dónde está". Y luego saluda con un movimiento de su cabeza y desaparece tras la cortina que sirve de puerta de la casa.
En la vereda de enfrente, la mujer que atiende un pequeño kiosco es prudente. "A Leonela la conozco de toda la vida, siempre andaba con sus hijos y con Sheila, a la que cuidaba como si fuera suya. Habrá que ver qué dicen las pericias y qué decide la Justicia", opina, sin prejuicios.
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La comerciante asegura que una vecina le confirmó la coartada que presentó Leonela ante la Justicia y que, de alguna manera, le permitió recuperar la libertad (aunque sigue imputada por el fiscal Gustavo Carracedo). El oficio de libertad remitido al Servicio Penitenciario Bonaerense por el Juzgado de Garantías Nº3 de La Plata aseguraba que pedía la libertad "al no existir mérito" para que Leonela continúe detenida.
Ayala declaró el jueves pasado ante los investigadores que ella no tuvo nada que ver con el crimen, que el domingo del asesinato ella salió antes de las 12 del mediodía y volvió a eso de las 18. Para confirmarlo, presentó su tarjeta SUBE, donde se constataron los viajes.
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"Mi amiga la vio en la parada del colectivo ese domingo y Leonela le contó que se iba a visitar a un hermano", comenta la kiosquera a este medio, y asegura que no vio entrar a nadie a la casa del papá de la mujer en las útimas horas: "Me parece que ahí no está".

Leonela dio a luz al día siguiente de su detención. Tuvo a su cuarto hijo en la maternidad Eva Perón, de Malvinas Argentinas. Casi no tuvo tiempo de estar con su bebé, a quien le puso Efrain. De allí fue trasladada a la alcaidía de Melchor Romero. "Ni un beso le pudo dar a su hijo", asegura su otro abogado, Hugo Icazati.
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En su última declaración indagatoria, la mujer contó a los investigadores que le tenía miedo a su pareja y que ella fue abusada de chiquita. También dijo que creía que su marido podía ser capaz de asesinar a la nena. "Por culpa de él me sacaron a mis hijos", comentó ante el fiscal de San Martín Martín Carracedo.
Icazati dice a Infobae que Leonela está escondida, medicada y protegida porque sufrió amenazas horas antes de recuperar la libertad. "Fueron por mensajes y por llamadas telefónicas, supongo que tendrá que ver con el trasfondo de la causa", comenta, enigmático y reproduce uno de los mensajes: "Asesina, no la vas a sacar barata". Chirivin, según su colega, también recibió intimidaciones: "Te vamos a matar por liberar asesinas".
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"La chica está mal, está muy angustiada, llora mucho y encima recibe amenazas", cuenta el abogado de Leonela, para quien la sociedad, los medios y los vecinos del barrio la juzgaron como asesina de manera prematura. "Ella se fue antes de todo lo que pasó. Se fue a lo de su papá para evitar la paliza", remarca.
Ayala quiere volver a ver a sus cuatro hijos, por ahora bajo custodia del Ministerio de Justicia bonaerense. "Hasta que ella no tenga un domicilio fijo y las condiciones para poder hacerse cargo de sus hijos no creo se los den", admite Icazati.
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"Leonela reconoció que tenía una relación violenta con su pareja, de sometimiento y golpes. Y que la noche anterior, él no estuvo en toda la noche, quería vender la Play y el televisor para comprar drogas y entonces ella se fue a lo de su padre para evitar la paliza, después volvió a buscar abrigo cuando él andaba en la calle y se fue a lo de su hermano antes de que mataran a Sheila", plantea el abogado.
A seis cuadras de allí, queda poco del Campo Tupasy, escenario del crimen. El caso Sheila despertó de golpe a las autoridades municipales de San Miguel, que durante años no trabajaron sobre el predio ni en los barrios marginales que lo rodean.
Ahora, las calles adyacentes al Tupasy están en pleno proceso de pavimentación. El edificio de tres pisos donde vivían las familias de Sheila y también Leonela y González Rojas fueron parcialmente demolidos. Lo que queda recuerda las imágenes de ciudades bombardeadas. La presencia policial es fuerte y los agentes no dejan pasar a la prensa.
"Sacaron a los paraguayos pero todavía algunos quedan", comenta un adolescente de ese barrio, mientras sostiene a una yegua marrón que come el pasto a tres metros de la demolición. El chico recuerda que los días en que Sheila estaba desaparecida González Rojas caminaba por el barrio como si no hubiera ocurrido nada.
"No parecía él el asesino, andaba por acá, la gente lo abrazaba. Está re loco ese, yo si hago algo así no puedo salir de abajo de mi cama", comenta uno de los jóvenes que custodian la yegua.

"Andaba tomando merca acá la noche anterior al crimen de Sheila, se quedaron acá hasta las seis de la mañana, estaba re manija", comenta uno de los jóvenes que paran en la calle donde vive la familia Ayala.
Según consta en el expediente, el marido de Leonela -acusado del delito de "homicidio agravado por alevosía y femicidio"– volvió a su casa a las 11.30 y se puso a beber tereré en el balcón, cuando vio a Sheila desde su balcón. Lo que pasó después no se sabe. ¿González Rojas, que horas antes había querido vender objetos de su casa para comprar cocaína, estaba solo en esa casa? ¿Si Leonela se había ido como declaró, el hombre volvió con alguien más? Por ahora es un misterio.
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