
Aún hoy, a 12 años de su muerte, el nombre de Alfredo Alcón sigue siendo sinónimo de excelencia en la actuación para los argentinos. El hombre oriundo de Ciudadela, falleció en la madrugada del 11 de abril de 2014 a los 84 años. Sus colegas lo recuerdan como el número uno. Y hay motivos de sobra para que así sea.
“El origen de las vocaciones es un misterio. Yo no había ido al teatro nunca. Pero había un momento de la tarde, generalmente, cuando estaban durmiendo la siesta en casa y antes de irme a jugar con los chicos, en el que subía a la azotea, me disfrazaba con alguna cortina y empezaba a hacer una suerte de ceremonia. Y, por ahí, si encontraba algún bichito muerto, lo ponía en un banquito y hacía cosas alrededor”, contaba en una oportunidad, tratando de entender de dónde había surgido su inclinación por la actuación.
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Había nacido el 3 de marzo de 1930 y era el único hijo del matrimonio compuesto por Elisa Riesco y Félix Alcón. Su padre murió cuando él tenía apenas tres años y esa pérdida, obviamente, lo afectó. Pero a él no le gustaba ahondar en sus temas privados. No le molestaba, sin embargo, contar cómo empezó a jugar al actor con las sábanas que su madre colgaba en la terraza para que se secaran al sol. Ni como aprovechaba la biblioteca de su padrino para tener acceso a libros como Hamlet, de William Shakespeare, siendo todavía un niño. “En invierno, como usaba sobretodo, entraba a esa habitación que tenía un piano, agarraba lo que venía y me lo escondía debajo del abrigo. Los robaba, pero después los devolvía”, confesó. Y contó que, los días de lluvia, sus amigos le pedían que le recitara las obras del autor inglés.
Los ingresos que obtenía su madre como obrera de una fábrica de medias no eran holgados. Apenas si le alcanzaban para mantener el hogar y permitir que Alfredo pudiera terminar el secundario. “Fui el peor alumno del colegio industrial”, decía él. En aquellos años, seguramente Elisa debe haber soñado con la posibilidad de que su hijo obtuviera un título profesional. Que fuera médico, ingeniero o abogado, por ejemplo. Como para garantizarse un ingreso digno. Sin embargo, allá por el año 1946, la mujer no dudó en anotarlo en el Conservatorio de Arte Dramático porque se dio cuenta cuál era su verdadera pasión. Y, allí, Alcón tuvo la oportunidad aprender del maestro Antonio Cunill Cabanellas.
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“Creo que por eso soy actor, porque me hubiera gustado ser de todo. Hasta un pececito, el Papa, un árbol, un pájaro...”, decía. Pero reconocía que, por ser tan chico, al principio no le iba bien en las clases de teatro ya que todo le daba mucha risa. “Me ponían muchas amonestaciones. Y, al final, para que no se dieran cuenta de que me estaba riendo, hacía como que me desmayaba”, señaló.
El primer trabajo lo obtuvo gracias a su inconfundible voz y fue para leer los informes del Mercado de Hacienda en la radio. Pero no tardó mucho en pasar a protagonizar radionovelas y, poco después, a desembarcar en la pantalla grande. Cuentan que estaba haciendo Las dos carátulas en Radio Nacional cuando las cámaras del recordado noticiero Sucesos Argentinos llegaron a tomar imágenes de la emisora para un documental. Y que, al ver su porte, de inmediato lo convocaron para participar en la película El amor nunca muere, de 1955.
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Paralelamente, comenzó a trabajar en teatro con Analía Gadé, en la obra Colomba, que dirigió Juan Carlos Torry. Como era demasiado tímido nadie le auguraba un futuro prometedor. Sin embargo, de ahí en adelante, todo se fue dando naturalmente para Alcón. Tuvo la oportunidad de llegar a su primer gran protagónico en 1956 de la mano de Mirtha Legrand, con quien hizo La pícara soñadora y entabló una gran amistad. “A mí ella me ayudó mucho y por eso le tengo un gran afecto. Fue muy generosa en un momento en el que una palabra de aliento se valoraba”, reconoció Alfredo al hablar de la diva.
En 1958 filmó La morocha, junto a Tita Merello. Y, a principios de los ‘60, se puso al frente de Un guapo del 900 y Piel de Verano, junto a Graciela Borges, ambas bajo las órdenes de Leopoldo Torre Nilsson, que creía en el talento de Alfredo mucho más que él mismo. En tanto, en 1964, se dio el gusto de hacer Hamlet, un especial para Canal 13, dirigido por David Stivel para conmemorar el aniversario número 400 de su autor. “Trabajaban Bárbara Mujica, Ernesto Bianco, Violeta Antier... Fue un reparto muy bueno y se vio mucho. Pero yo recién empezaba. Era un galancito lindo que de pronto, iba a hacer Shakespeare en televisión”, relató Alcón.
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Para entonces, ya las opiniones de los especialistas habían comenzado a ser benévolas con Alfredo. Sin embargo, él seguía siendo muy duro consigo mismo. “Yo es raro que me vea bien. No sé si es ser crítico, más bien inseguro. Porque ser crítico es tener una noción certera de algo y ver si te acercaste o no. Pero yo soy incierto. Además, este es un oficio en el que es muy difícil saber si estás bien o mal, porque es muy subjetiva la mirada del otro”, reconoció siendo ya una figura.
Martín Fierro (1968), El santo de la espada (1970), Los 7 locos (1973) y Boquitas Pintadas (1974) de Torre Nilsson, Nazareno Cruz y el lobo (1975), de Leonardo Favio, Saverio, el cruel, de Ricardo Wulicher, Pubis angelical (1982) de Raúl de la Torre, Últimas imágenes del naufragio (1989), de Eliseo Subiela, fueron algunas de las tantas películas que protagonizó. Y, de a poco, fue logrando un reconocimiento que lo encasilló como “actor serio”. Hasta que lo convocaron para hacer Cohen vs. Rosi (1998) con Daniel Barone y, así, demostró que también sabía cómo hacer divertir al público.
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A pesar de no haber militado nunca en política, como muchos actores sufrió censura y amenazas, tanto en tiempos de Isabel Perón con la Triple A, cuando lo obligaron a reunirse con José López Rega, como en los años de hierro de la dictadura. “Yo traté de ser lo más digno posible dentro de la indignidad que estábamos viviendo, en la que era imposible ser digno del todo”, explicó sobre esos años de listas negras en los que sobrevivió como pudo.
Hizo mucho teatro. Escena de la vida conyugal (1994/1995), Largo viaje del día hacia la noche (1997), Edipo (2002), Enrique IV (2005), Muerte de un viajante (2007), Rey Lear (2009) y Final de partida (2013), son solo algunas de las obras que protagonizó. De la mano de Adrián Suar y Pol-ka, tuvo éxitos televisivos como Por el nombre de Dios (1999), Vulnerables (2000), Durmiendo con mi jefe (2003), Herederos de una venganza y Los únicos (2011).
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Mantenía su intimidad bajo siete llaves. Y no solía asistir a eventos o fiestas de la farándula, argumentando que estar con más de tres personas a la vez lo abrumaba. Tampoco dejaba que la fama y los pedidos de autógrafos le inflaran el ego. Es más, casi renegaba del hecho de ser considerado el mejor actor de la Argentina. “Yo creo que elegir el mejor en cualquier cosa es una simplificación. Hay papeles a los que yo les puedo dar un color especial, pero hay otras cosas que hacen, por ejemplo, Ulises Dumont, Oscar Martínez, Luis Brandoni o Miguel Ángel Solá que son maravillosas. Por suerte veo que hay mucha gente que trabaja por mejorar su oficio", señalaba.
Tampoco soñaba con amasar fortunas. “A mí me interesa no tener que pensar en el dinero. Si uno tiene mucho, le ocupa lugar, y si tiene muy poco también. He logrado casi no acordarme del dinero. Estoy bien. Con lo que tengo me ha ido bien”, decía. Y así fue hasta el final de sus días. Sus restos fueron velados en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio del Congreso de la Nación Argentina. Y, antes de ser llevado al Panteón de Actores del Cementerio de la Chacarita, fue despedido en el Teatro San Martín, cuyo hall central hoy lleva su nombre.
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