
Los ojos más lindos del mundo se cerraron, definitivamente, hace ya diez años. Amelia Bence tenía 101 años cuando, ese 8 de febrero de 2016, partió de este mundo. Llevaba varios días internada en la Clínica Zabala del barrio de Belgrano por una obstrucción intestinal. Tenía los achaques típicos de su edad. Sin embargo, apenas tres meses antes, había estado celebrando el aniversario de su natalicio rodeada de amigos como Mirtha Legrand, los periodistas Jorge Lafauci y Daniel Rinaldi, el director de cine Oscar Barney Finn, el productor Carlos Furnaro, el diseñador Carlos Kassar y el presentador Martín Wullich. Había levantado su copa para brindar por “veinte años más”, sabiendo que ese deseo no se iba a cumplir.
“Yo no me daba cuenta si eran lindos mis ojos. ¿Cómo va uno por la vida viéndose los ojos?”, había dicho en una oportunidad. Su nombre real era María Amelia Batvinik. Había nacido el 13 de noviembre de 1914 en una casona de Pasaje del Carmen, en la ciudad de Buenos Aires, aunque luego su familia se instaló con ella en una vivienda de la calle Paraguay. Era la menor de siete hermanos. Su padre, el constructor de obra Jaime Batvinik, y su madre, Ana Zager, eran inmigrantes judíos bielorrusos que se habían instalado en la Argentina. Y aunque ninguno de ellos estaba relacionado al arte, ella supo desde que era una niña que quería ser actriz.

Gracias a la insistencia de unas amigas de su madre -porque en aquellos tiempos no estaba muy bien visto el rubro artístico-, consiguió que la anotaran en el Teatro Infantil Lavardén que funcionaba en el Teatro Colón. Con apenas 5 años, debutó junto a Alfonsina Storni en la obra Juanita. “Vuelva a escena que usted va a ser actriz sí o sí”, cuentan que le dijo la poetisa y maestra cuando, en un ensayo, ella se puso a llorar después de pasarle la lengua al sobre de la carta que, supuestamente, le tenía que enviar a los Reyes Magos. ¿Será que, como decía ella, sus ojos eran bellos “de tanto haber mirado y llorado”?.
A los 18 años, participó en la obra musical Wunder Barcon, de Enrique y Armando Discépolo. Debutó en la pantalla grande en 1933, con el film Dancing, de Luis Moglia Barth. Y, desde entonces, el cine la amó. En 1942, participó de La guerra gaucha, de Lucas Demare. Hasta que en 1943 llegó su primer protagónico en Los ojos más lindos del mundo, de Luis Saslavsky, film por el que se ganó el mote con el que se la conoció durante toda su vida. ¿Algunas de las 40 películas por las que se las recuerda? Son cartas de amor, de Luis César Amadori, trabajo de 1943 que le valió el premio como mejor actriz de la Federación de redactores Cinematográficos y Teatrales de Cuba, A sangre fría, de Daniel Tinayre en 1947 y Alfonsina, de Kurt Land, en 1957.

Su fama cruzó la frontera y le abrió las puertas para trabajar en distintos países de Latinoamérica, Estados Unidos y España. Y, con la llegada de la televisión, comenzó a trabajar en ficciones como Esos que dicen amarse, Las veinticuatro horas, Alta comedia, Los premios Nobel o Romina. Según había confesado, al principio le había costado aceptar este nuevo medio de comunicación. Pero, después de trabajar en su primera telenovela, encontró en la pantalla chica el lugar donde quería estar.
El amor no le fue esquivo. Y sus romances ilustraron las portadas de todas las revistas del corazón de la época. “Soy de una capacidad amatoria intensa”, decía. Y no le importaba sufrir si ese era el precio por sentir apasionadamente. Claro que no fue mujer de un solo hombre, como se suponía que debían ser las damas de su época. Por el contrario, ella tuvo varias relaciones, algunas que se hicieron públicas y otras cuyo secreto guardó bajo siete llaves.
Sus amores
De lo que se supo, se puede mencionar su primer matrimonio con Alberto Closas, con quien estuvo ocho años en pareja y casada desde 1950 hasta 1953. Él había sido su primera ilusión. Sin embargo, a diferencia de otras esposas, ella decidió no tolerar la infidelidad del actor y se separó. Entre 1955 y 1957, en tanto, estuvo con el escritor José María Fernández Unsain, quien le hizo sentir que podía volver a creer en el amor.

Entre 1964 y 1970, Amelia estuvo en pareja con el actor y director teatral Osvaldo Cattone. Esa historia, para ella, fue una suerte de oasis. Según confesó, fue la persona con la que pudo conocer la paz. Pero el sentimiento también fue finito. Tras un amorío con el actor y escritor Carlos Thompson, en 1980 contrajo enlace con Charlie Ortiz Basualdo, un hacendado que murió apenas dos años después de la boda. Luego de eso, nunca volvió a formalizar. Pero su corazón siguió latiendo fuerte con cada caballero que le resultaba atractivo y, sin importar su edad, siempre se permitió disfrutar de los hombres.
Nunca pensó en dejar su profesión. En 2003, por ejemplo, debutó en el teatro infantil con la obra Amor invisible. Y su último trabajo fue en el programa de humor No hay dos sin tres, en 2004. Pero, después, no le quedó más remedio que aceptar el retiro. A lo largo de su carrera, recibió infinitos premios y reconocimientos, como cuando fue reconocida como Personalidad Destacada de la Cultura Argentina o cuando le entregaron Las llaves de la ciudad de Miami. Fue la estrella más longeva de la cinematografía local, razón por la cual también se ganó un lugar destacado.

Algunos dicen que se había quitado unos tres años. O más. Como toda diva, quería estar rodeada de misterio y era coqueta al extremo. Así que no queda otra que aceptar la fecha de nacimiento que ella declaró. Sea como fuera, quienes tuvieron la suerte de frecuentarla, aseguraban que hasta el final de sus días se mostraba radiante como en sus años mozos.
Pero hace diez años su luz se apagó definitivamente, dejando a su público sin la posibilidad de volver a contemplar aquellos ojos verde esmeralda que cautivaron a generaciones. Ojos que, para muchos, aún hoy siguen siendo —y quizás siempre serán— los más lindos del mundo.
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