
“Me rasco. ¿Tú no te rascas?“, decía Hugo Guerrero Marthineitz al aire, en medio de una entrevista en su icónico ciclo A solas, mientras pasaba su brazo derecho sobre su cabeza para rascarse la oreja izquierda. Con total desparpajo, el locutor peruano logró imponer su estilo tanto en la radio como en la televisión argentina, en tiempos en los que lo habitual era que nadie se animara a cruzar la frontera de la formalidad. Pero a él, no le interesaba encajar en ningún molde.
Sin embargo, después de haber conocido el éxito y la fama, el Negro, como le decían, murió en la indigencia, un 21 de agosto de 2010, diez días después de haber cumplido los 86 años, en el Hospital de Clínicas. Un par de meses antes, había sido internado en un psiquiátrico de la zona de Belgrano en estado de desnutrición. Venía de protagonizar un escándalo por una supuesta deuda de pago con Mauro Viale, quien lo había convocado para trabajar en Radio Rivadavia. Y había llegado a decir que no tenía ni para comer. “A veces duermo en la calle”, había asegurado en una entrevista. Y era evidente que, para entonces, poco quedaba de aquel profesional de los medios que había sabido ser.
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Nació bajo el nombre completo de Hugo Tomás Tiburcio Adelmar Guerrero de Ávila Marthineitz, el 11 de agosto de 1924 en Lima, Perú. Era hijo de una modista, Esther, y de un mayordomo y mecánico de automóviles, Lorenzo. Sus padres se separaron antes de que él llegara al mundo. Y él, para ayudar en su casa, desde chico comenzó a trabajar como canillita y lustrador de muebles. Hasta que entró como “che pibe” en Radio Mirasoles. Y allí descubrió su verdadera vocación.
Comenzó su carrera en su país de origen y luego continuó su camino por Chile, donde también estudió teatro, y Uruguay. Pero fue en la Argentina, lugar en el que se radicó desde el año 1955, donde pudo desarrollar su gran potencial. Lo apodaban el Peruano Parlanchín. Pero su talento no estaba solo en saber utilizar el don de la palabra ni en su inconfundible voz, sino también en su capacidad de manejar los silencios. Él lograba, sin emitir sonido, crear climas para que sus invitados desnudaran el alma y mantener al público en vilo a la espera de cada respuesta.
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En radio, donde impuso el llamado telefónico de los oyentes como parte de sus programas, condujo éxitos como El show del minuto, El club de los discómanos, Splendid Show y Reencuentros. Era capaz de cortar una charla con una estruendosa carcajada. O de cantar sobre un tema musical, algo que por entonces parecía estar absolutamente prohibido. También podía leer un libro completo de Ray Bradbury. O pasar indefinidamente Balada para un loco, de Astor Piazzolla, solo porque el tema le gustaba. Él hacía, literalmente, lo que quería. Y eso lo volvía más atractivo aún para quienes estaban del otro lado del transistor.
Pero, sin lugar a dudas, muchos de sus seguidores lo van a recordar principalmente por el ciclo A solas, con el que debutó en 1984 por la pantalla de Canal 9 con picos de más de 30 puntos de rating a la medianoche. La gente se acostaba tarde, robándole horas al sueño, solo para verlo desplegar su arte. Y él se animaba, en los albores de la renovada democracia y con solo una mesa y una taza de café como todo recurso escenográfico, a incomodar a sus interlocutores con preguntas de índole sexual y otras cuestiones tildadas de improcedentes. Porque, sin lugar a dudas, estaba dispuesto a romper los moldes. Y lo logró.
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En 1986 ganó un Premio Martín Fierro como Mejor programa de Televisión de Cable. En 1987, recibió el Premio Konex de Platino Radial y un diploma al Mérito Radial por su labor. En 2007, en tanto, recibió el Premio Éter a la trayectoria. También fue reconocido también en su rol de escritor, por libros como De hastío, los gatos y los días de 1976 y Pasto de sueños, de 1996, entre otros. Y, según dicen, llegó a ganar fortunas en tiempos en los que se facturaba muy bien e, incluso, en moneda extranjera. Pero el dinero, si no se administra bien, se acaba. Y, vaya a saber cómo, Guerrero Marthineitz llegó al ocaso de su carrera sin ningún ahorro.
Cuentan que había perdido sus propiedades. Y que estaba tapado de deudas. Por eso empezó a golpear puertas. Pero, según él mismo había contado, ninguna se le abrió. Llegó a pedirle comida a sus colegas, a los que les confesó que llevaba días sin probar bocado. Y, en alguna nota de la época, aseguró que dormía en un banco de la Plaza de Mayo ya que no contaba con un techo donde vivir. Sí: el hombre que había hecho de la simpleza un imperio, en su vejez se encontraba en la ruina. Y solo.
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Tuvo incontables amoríos. En 1997, en tanto, se había separado de su última pareja. Y sus tres hijos, María Gabriela (1963), Diego (1966) y Hugo (1982), fruto de tres matrimonios diferentes, lo ayudaron todo lo que pudieron. Pero, en 2009, había sido desalojado del departamento que alquilaba en Capital Federal y en el estaba viviendo hacía unos años. Dicen que, antes de irse con una bolsa de residuos en la cabeza, tiró todos sus galardones por la ventana.
Fue entonces cuando Viale intentó rescatarlo ofreciéndole trabajo en lo suyo, ya que seguía siendo un referente para muchos en su profesión al nivel de Cacho Fontana, Antonio Carrizo y Héctor Larrea. Pero todo terminó con un altercado que, según cuentan, se resolvió a golpes de puño en la puerta de la emisora. E hizo que, luego de la intervención policial, se decidiera la internación del locutor.
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El triste final, ocurrido hace exactamente 15 años, no pudo sin embargo opacar su legado. Se enfrentó a los gobiernos de facto y desafió todas las reglas establecidas. Esto le valió la admiración de muchos, aunque también el desagrado de otros que no aprobaban su manera de actuar ante la vida. Pero lo cierto es que muy pocos, contando solo con su voz, su silencio y su insolencia, lograron imponer un estilo como sí lo hizo Guerrero Marthineitz.
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