Para todos era Sandro, el ídolo. Ese que había conquistado a toda América con su música y su insinuante movimiento de pelvis. Y que lograba enamorar a todas las mujeres con sus labios carnosos, su mirada penetrante y su inigualable talento para la seducción. Sin embargo, cuando cruzaba el muro de la casa ubicada en la calle Beruti al 200 de Banfield, su “búnker”, dejaba de lado su personaje y volvía a ser Roberto Sánchez, un hombre común y corriente.
Había nacido el 19 de agosto de 1945, hace exactamente 80 años, en la maternidad Sardá de la Capital Federal, aunque vivió toda su infancia con sus padres, Vicente Sánchez e Irma Nydia Ocampo, en Valentín Alsina, partido de Lanús. El colegio no era lo suyo, así que siendo un adolescente dejó sus estudios para dedicarse a ayudar a su padre en el reparto de damajuanas y, luego, se las rebuscó con otros trabajos. Pero su futuro, sin lugar a dudas, estaba ligado a la música. Así que sacó un crédito para comprarse su primera guitarra y, siguiendo a su admirado Elvis Presley, comenzó su carrera como un referente del rock en español. Primero lo hizo en una banda, Los del Fuego. Y después como solista, incluyendo temas más melódicos en su repertorio.
Enseguida llegaron los programas de televisión, las películas y las giras por toda América. Y, por entonces, los managers creían que el éxito de sus artistas dependía de que se mostrasen siempre tan distantes como accesibles. A diferencia de los tiempos que corren, en los que los ídolos muestran sus vidas como un reality show en las redes sociales, en aquel momento se pensaba que una estrella de la talla de Sandro tenía que mantener siempre un halo de misterio. Y que, a la vez, tenía que mostrarse solo, como para que sus fanáticas, en este caso las “nenas”, no perdieran las esperanzas de poder convertirse en su elegida. Aunque fuera una fantasía.
Así las cosas, Roberto, el hombre, decidió comprar la casona de Lomas de Zamora donde pasó las últimas cuatro décadas de su vida. Y construyó un muro enorme que muy pocas personas lograron traspasar. Es verdad que, con motivo de su aniversario, cada año sus seguidoras se congregaban en la puerta. Y que él, después de saludarlas desde una distancia prudencial, permitía que algunas de ellas ingresaran para darle un beso, sacarse una foto o entregarle un regalito. Pero solo llegaban hasta la recepción. Porque, más allá de ese sector, Sandro se desdibujaba por completo.
¿Cómo era la vida del cantante dentro de la mansión? Quizá, mucho más simple de la que cualquiera hubiera podido imaginar. Durante muchos años, se ocupó del cuidado de Nina, su madre. A poco de dar a luz a su único hijo, la mujer había sido diagnosticada con una enfermedad inmunológica, que afectó sus huesos y articulaciones y la obligó a vivir postrada mucho tiempo. Y Roberto fue quien se ocupó de contratar a una persona para que la cuidara. Tras la muerte de su padre y de su mánager, Oscar Anderle, sólo lo quedaba ella, que para él era sagrada.
Así fue como, en el interior de ese hogar, el hombre detrás de Sandro pudo conocer a uno de los grandes amores de su vida: María Elena Fresta. Contratada como cuidadora de Nina, quien finalmente falleció en 1992, la mujer logró enamorar a Roberto con su simpleza. No era una estrella, no ilustraba las portadas de las revistas ni se manejaba en el mundo del jet set. Era una trabajadora. Y, aunque no hay fechas exactas, compartió unos quince años junto al intérprete de Rosa, Rosa, siempre dentro de los muros del búnker.
De hecho, cuando esta historia salió a la luz mucho tiempo después, todos se asombraron. Se sabía de la relación de Sandro con Julia Visciani y con Tita Russ, la ex esposa de Alberto Olmedo. Y se lo había vinculado con grandes figuras como Soledad Silveyra o Susana Giménez, la animadora Vicky Amaya, la fotógrafa Olga Massa, la condesa María Carmille Borgogne Di Parma o la Miss Argentina Yoli Scurffi, quien dijo ser la destinataria del tema Una muchacha y una guitarra. Pero María Elena era una mujer como todas. Y, por eso mismo, las nenas también la amaron.
Pero está claro que, en cuestiones del corazón, nunca está dicha la última palabra. Y el mismo día que sus ojos se posaron en Olga Garaventa, Roberto decidió separarse de Fresta. A ella no la había conocido en su casa de Banfield, pero casi. Era la secretaria de Aldo Aresi, su representante. Y llevaba una década cruzándosela en su oficina sin prestarle atención, hasta que un día Cupido hizo su trabajo. Y no pudo dejar de pensar en ella. “Tengo un beso encadenado y la llave de ese beso la tenés vos”, le dijo el cantante en plan de seducción. Pero ella, al principio, pensó que se había equivocado de persona. ¿A quién se le podía ocurrir que estuviera tratando de cortejarla?
Lo cierto es que Olga, como María Elena, era el tipo de mujer que Sandro definía como “posible”. Y era, justamente, el tipo de mujer que a él lo enamoraba. No le resultó fácil convencerla de estar a su lado, porque ella también tenía sus reparos. Pero lo logró. Y durante un homenaje que se le realizó en el Congreso en el año 2004, hizo público su amor por Garaventa, con quien se casó legalmente el 13 de abril de 2007, cuando ya había cumplido 61 años.
La boda, también, tuvo lugar en el búnker de Banfield. Para entonces, Roberto ya llevaba mucho tiempo luchando contra sus problemas de salud. Así que la ceremonia, oficiada por la titular del Registro Civil de Lomas de Zamora con un permiso especial dadas las circunstancias, se realizó en la casona de los muros altos que bregaban por su intimidad. Oficiaron como testigos los hijos de la novia, Manuela y Pablo, y dos amigos de Sandro, Roberto Sanz y Alicia Cuellos. Y luego hubo un festejo que fue muy íntimo, pero sentido.
Los últimos años de Roberto fueron muy duros. Estaba muy enfermo y Olga lo sabía desde el momento en que aceptó casarse con él. Fue ella la que lo acompañó en esa etapa donde ya no había más escenarios ni fanáticas arrojándole su ropa interior mientras gritaban excitadas. La realidad cotidiana pasaba por los turnos médicos, los estudios y la esperanza de que un trasplante pudiera devolverle, quizá, algo de la calidad de vida que había perdido. Pero esto no pasó.
El 4 de enero de 2010, a los 64 años, Roberto Sánchez falleció en el Hospital Italiano de Mendoza tras sufrir un shock séptico. Hacía 45 días que había recibido un trasplante cardiopulmonar. Y la luchó. Pero su cuerpo no resistió y el hombre, que a pesar de la fama intentaba llevar una rutina normal dentro de la casa de Banfield, murió. Sandro, en cambio, sigue vivo en el corazón de sus fanáticas. Las nenas que, hoy, están festejando su nuevo aniversario, el número 80.
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