El último deseo frustrado y la disputa por la herencia de Ricardo Barreda, el odontólogo femicida que masacró a tiros a su familia

A seis años de su muerte, su biógrafo Pablo Marti Krenz contó a Infobae detalles de su final. Hoy sus restos permanecen en el cementerio municipal de José C. Paz

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En 1995, el odontólogo terminó condenado a prisión perpetua por los delitos de “homicidio calificado por el vínculo –tres hechos- y homicidio simple

Antes de morir, cuando todavía se encontraba vital, el odontólogo y femicida Ricardo Barreda le manifestó a su biógrafo, el periodista y actor Pablo Marti Krenz, cuál era su voluntad para el día que dejara de existir. Basado en su fanatismo por Estudiantes de La Plata, le pidió que solicitara el permiso para que sus cenizas fueran esparcidas en el Estadio UNO Jorge Luis Hirschi, “tierra sagrada”, como la definió Carlos Bilardo, emblema del “pincharrata”.

Krenz se tomó un tiempo para responderle y buscó en su mente la manera de decirle que no era la mejor idea. De manera sutil, le sugirió que seguramente iban a surgir resistencias de parte de los socios y simpatizantes de la institución. Barreda lo miró fijo a los ojos y comprendió la respuesta acerca de lo improbable que sería que las autoridades del club autorizaran semejante pretensión de un hombre que había matado a sus dos hijas, su esposa y su suegra. Entonces acordaron que lo mejor sería hacerlo en el mar o a orillas del río Salado, donde solía ir a pescar con frecuencia.

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Barreda aceptó el cambio pese a que Estudiantes era el club de sus amores. Es más, aquel trágico domingo 15 de noviembre de 1992, se había despertado de muy buen humor, pensando en escuchar por radio el partido que Estudiantes de La Plata jugaría por la tarde con Independiente en Avellaneda.

Ricardo Barreda a 6 años de su muerte
Ricardo Barreda con su hija Cecilia en brazos

Le tenía fe al equipo que entonces dirigía el uruguayo Luis Garisto. Y no se equivocó con su optimismo porque El Pincha terminó ganando por 1 a 0 con gol del uruguayo Alejandro Larrea Marsol. Pero sucedió algo imprevisto, los planes de toda la familia para esa jornada de descanso terminaron a los tiros, y el hecho pasó a ser uno de los crímenes más espeluznantes de la Argentina.

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La tarde del cuádruple femicidio

El odontólogo dedicaba los fines de semana para descansar. Ese día en particular, se dedicó a podar la parra del patio. Ya había pasado el plumero en parte del techo de la casona de calle 48 entre 11 y 12 porque le daba fastidio que se acumularan telarañas e insectos.

Se cruzó en su camino su hija Cecilia, que por entonces tenía 26 años. La joven intentó una broma, quizás: “Parece que Conchita –mote peyorativo con el que según él lo clasificaban su propia familia tal como lo confió ante la justicia- se levantó temprano y se puso a trabajar”. Todo terminó de la peor manera.

Su padre se detuvo de inmediato y volvió sobre sí mismo para cambiar de destino. Dejó la tijera y tomó una escopeta Víctor Sarasqueta calibre 16 que le había obsequiado su suegra. Sin dudarlo, la sostuvo con sus dos manos y empezó a caminar por el amplio pasillo que llevaba al living.

La primera en aparecer en su camino fue Gladys Mac Donald, su mujer, y la mató con dos disparos. Luego continuó con Cecilia, a quien ejecutó de tres tiros. Cuando asomó Adriana, su hija preferida, fue alcanzada por dos balazos. Espantada por los estruendos se acercó corriendo y en camisón su suegra, Elena Arreche y con ella tampoco le tembló el pulso para finalizar la masacre.

La cobertura de los crímenes en los diarios de la época
La cobertura de los crímenes en los diarios de la época

La condena al femicida

En 1995, el odontólogo terminó condenado a prisión perpetua por los delitos de “homicidio calificado por el vínculo –tres hechos- y homicidio simple, todos en concurso real”, ya que entonces no existía la figura de femicidio. Ya antes de 2006, cuando cumplió 70 años, Barreda venía pensando cómo solicitar el beneficio del arresto domiciliario. Pero tenía un problema, como había matado a toda su familia no podía establecer un domicilio y alguien responsable que le brindara refugio.

No se sabe si fue casual o intencional, pero empezó a saludar y dialogar con una mujer, docente de profesión, que cada tanto iba de visita a la cárcel a ver a un pariente. Se llamaba Berta André y también dedicaba un tiempo para charlar con él antes de retirarse. Así entablaron una relación que terminó en romance, y en 2008 le otorgaron la domiciliaria. Entonces Barreda salió en libertad de la prisión de Gorina en La Plata y pasó a residir en el barrio de Belgrano con su enamorada.

Pero la trataba tan mal que en 2014 le revocaron el beneficio y ordenaron volver a detenerlo en la cárcel de Olmos por resolución del juez Raúl Dalto, que calificó de peligrosa la relación y no se equivocó ya que la mujer falleció en 2015 sumida en una profunda depresión.

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Ricardo Barreda estuvo internado en el Hogar Geriátrico del Rosario de José C. Paz, donde falleció el 25 de mayo de 2020 a los 84 años

Los últimos días de Barreda

Barreda se desesperó. Pero tuvo la suerte de que a fin de ese año la justicia determinó que había cumplido su condena. Luego de salir en libertad anduvo por varios lugares y se refugió en un hospital de General Pacheco hasta que lo terminaron echando porque fingía alguna que otra enfermedad para quedarse allí.

En el último tiempo se instaló en San Martín, primero en el Hotel España, ubicado en el Boulevard 25 de Mayo a metros de la transitada peatonal Belgrano. Hasta que una tarde se desvaneció y terminó internado en el Hospital Interzonal General de Agudos Eva Perón donde permaneció hasta que fue trasladado a través de PAMI al Hogar Geriátrico del Rosario de José C. Paz, donde falleció el 25 de mayo de 2020 a los 84 años.

A partir de allí el tema de su herencia fue lo que empezó a generar polémicas. La casona donde ocurrieron los crímenes terminó expropiada por ley el 15 de noviembre de 2012 al cumplirse 20 años de la matanza y declarada de utilidad pública como símbolo y respuesta a la violencia contra las mujeres, pasando a ser patrimonio de la Municipalidad de La Plata. A propósito de esto, Barreda había presentado por intermedio de sus abogados una contrademanda que resultó infructuosa.

Ricardo Barreda a 6 años de su muerte
Ricardo Barreda junto a su biógrafo Pablo Marti Krenz

La herencia de Barreda

Como Barreda había sido declarado indigno por haber matado a su familia, no podía heredar la mitad del inmueble que le correspondía a su esposa. Pero sí tenía derecho a cobrar su mitad. Mientras estuvo con vida siempre lo intentó. Ese era su objetivo. Así lo explica a Infobae Marti Krenz: “Ningún asesino pierde los derechos de propiedad sobre su vivienda. Se lo condena y debe cumplir la pena. Cuando sale el inmueble le sigue perteneciendo. Por eso él estaba esperanzado en cobrar y trataba de acelerar ese trámite, pero la muerte se lo impidió”, aclara.

El femicida dejó firmado dos testamentos. Uno era a favor de su abogado de siempre, Eduardo Gutiérrez. El otro testamento beneficiaba a un psicólogo del Patronato de Liberados de apellido Clara.

Cuando Barreda muere se inicia la sucesión en el Departamento Judicial de San Martín. La justicia citó a ambos. Gutiérrez, el abogado se presentó con su testamento, que como es posterior al del psicólogo, es el que tendría validez.

El tema es que al fallecer Gutiérrez se provocó otra sucesión y otra complicación extra. Así, la justicia deberá dirimir a quién le corresponde realmente esa parte.

También surgió una casa en Mar del Plata que forma parte del patrimonio. Cuando a Ricardo Barreda lo detienen y luego lo condenan a prisión perpetua terminó usurpada y en ese estado se encuentra hasta la actualidad. En “La Feliz” vivía otra de sus amantes, además de las ya conocidas, la pitonisa Pirucha Guastavino y Nilda Bono, con quien se fue a un hotel alojamiento para tener sexo la noche de los crímenes, minutos después de la masacre. La marplatense se llamaba Ester y con ella solía compartir sus escapadas cada verano.

Ricardo Barreda a 6 años de su muerte
La cruz de la tumba de Barreda con la frase "arrepentido de mis pecados cometidos"

Lo concreto es que desde que Barreda enfermó gravemente y luego murió, el único que se acercó en esos momentos críticos fue Pablo Marti Krenz, quien en los últimos años de vida del odontólogo se ganó su confianza.

Como periodista, Krenz registró más de veinte horas de testimonios grabados con imágenes inéditas que hasta hoy la gran mayoría no trascendieron. Y cuando falleció, a él le comunicaron su muerte desde el hogar de ancianos.

Desde entonces es quien afronta año a año los gastos de mantenimiento de la sepultura en el cementerio: “Lo acompañé en su traslado al geriátrico del Rosario de José C. Paz donde además firmé como responsable. Más allá de los crímenes aberrantes que cometió, al momento de conocerlo ya había pagado su condena y yo no era quien para juzgarlo. Como cronista hice un trabajo profesional y sentí un compromiso cuando murió atento a que él me brindó su confianza y me contó infinidad de cosas que no se saben y que estoy volcando en un libro que ya pasó a corrección. Entre ellas que su anhelo era que arrojaran sus cenizas en la cancha de Estudiantes de La Plata. Hasta que logré convencerlo que no era una buena idea porque el solo proponerlo iba a provocar todo tipo de reacciones en contra”.

-¿Usted fue quien se hizo cargo también de la cruz y la placa que reza en su tumba en el cementerio: “Ricardo Alberto Barreda, arrepentido de mis pecados cometidos”.

-Es así, y hoy estoy tratando que desde el geriátrico donde falleció, su encargada, María González, se comunique con el cementerio porque ella figura allí como “familiar a cargo”. Necesito que pida que me coloquen a mí en ese lugar porque soy el que está pagando desde la muerte de Barreda la renovación de su sepultura, pero no logro que me atiendan, como le sucede a Inés, una amiga de él de muchos años. Si esto no sucede, en dos años se termina el plazo para que esté en tierra, no lo vamos a poder cremar porque no figuramos como parientes responsables ninguno de los dos, y Barreda va a terminar en una fosa común”.

Así las cosas, el destino final del femicida es incierto, un verdadero e insondable infierno.

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