El esmoquin negro descansa en el placard. Nadie lo ve, pero Agustín Canolik lo guarda como un talismán, esperando el momento exacto. La oportunidad llega en una alfombra roja, con un pase de prensa y una amiga detrás de la cámara. Así empieza la historia viral del joven mentalista argentino que, en menos de tres meses, se cuela en los celulares de miles, entre exclamaciones y miradas de asombro.
No es magia de escenario. Es una rutina de preguntas, un cruce de miradas, una mano extendida y unos segundos de silencio. Frente a él, actores y conductores de televisión. A todos los invita a recordar a alguien querido. Los conduce con una serie de palabras, los observa fijo. Entonces, pronuncia un nombre. Uno que nunca escuchó antes. El efecto es inmediato: algunos famosos se ríen, otros insultan al aire incrédulos, varios simplemente se quedan mudos. El video se multiplica en redes y canales de stream. Agustín Canolik, peinado a la gomina, cumple el sueño de vivir de la magia.
La preparación del mentalista
El joven no improvisa. La preparación lleva años. El esmoquin, por ejemplo, lo compró en Londres, mucho antes de imaginar este salto a la popularidad. “Me formé como actor con Julio Chávez y en producción teatral”, confiesa el propio Canolik. Hay una historia detrás de cada truco, una biografía armada de recuerdos y aprendizajes, tejida desde la infancia.

La primera chispa aparece en una fiesta familiar. Sierra de la Ventana. Agustín tiene cuatro años y un mago se presenta en el aniversario de casada de la abuela. El niño participa, sostiene la varita mágica y, de pronto, la sorpresa se graba en sus ojos. Más tarde, en casa de la abuela, el VHS revela ese instante. “Se ve como abro bien grandes los ojos de asombro ante la situación”, dice hoy el mentalista.
A los once años, la curiosidad lo empuja a los talleres para niños. Sus padres lo inscriben en música y teatro, pero el verdadero imán aparece cuando un mago local ofrece cursos. “Era increíble porque nos hacía el truco y luego nos explicaba cómo se hacía. Era un show cada jornada del curso”, recuerda Agustín. El chico se entusiasma con el escenario y, apenas un año después, se imprime unas publicidades gráficas. Tiene doce cuando consigue sus primeros trabajos de ilusionista en cumpleaños.
La inspiración de René Lavand
El entusiasmo encuentra nuevos modelos. El padre lo lleva a ver a René Lavand, el ilusionista de una sola mano que repite: “No se puede hacer más lento”. Lavand mezcla historias de casinos y cartas de póker. Entre los asistentes, Agustín sueña con espectáculos donde los relatos y los trucos se entrelazan.

Pero la adolescencia también trae dudas. A los dieciocho, la magia parece perder brillo. “Empecé a estudiar hipnosis. Creo que fue un antecedente de mi actual trabajo de mentalista”, relata. Aparece el trabajo en empresas, colaboraciones en terapias psicológicas y la inquietud de explorar otros caminos. La magia nunca desaparece del todo, solo cambia de forma.
Mientras tanto, la vida sigue en paralelo. Canolik trabaja en una oficina, jornada completa de nueve a diecisiete. Se encarga de marketing y fotografía, pero la pasión no se apaga. “Solía levantarme muy temprano para ensayar mis actuaciones o trabajar después de las 17 para editar los videos que subía a mis redes sociales”, cuenta. “El que más pegó fue el de las reacciones de los famosos. Lo edité en forma casera después de mi horario de trabajo”.

Los videos que lo hicieron viral
Ese video, el del asombro genuino, multiplica seguidores y abre nuevas puertas. Los referentes de la televisión argentina y el stream, los mismos que veía por pantalla, se convierten en colegas y cómplices. “Me crucé con Betular y me dijo hola soy Damián. Le dije, ya sé. Y nos reímos”.
La oficina queda atrás. El sueño cambia de escala. “Yo ya era feliz en la oficina y pudiendo actuar de mago en lugares chicos. Hay muchos grandes magos que nunca pudieron dejar la oficina y eran muy buenos. Hace tres meses mi preocupación era difundir mis shows para que vaya 10 o 20 personas”, relata Canolik. Ahora, el escenario es la calle Corrientes y los viajes a Chile para participar en el espectáculo de un humorista famoso.
El verano lo encuentra en la Sala Casals del Paseo La Plaza. “Actuar en la avenida Corrientes es otro de mis sueños cumplidos”, afirma. Los proyectos crecen: para 2026, Agustín planea llevar su espectáculo a teatros más grandes. “Necesito otra estructura”, reconoce. El mentalismo, admite, tiene un margen de error mayor que el ilusionismo clásico. “En mi caso, dependo de la interacción con el público. Eso lo hace mucho más desafiante y al mismo tiempo depende de la buena predisposición de los que participan”.

No hay misterio insondable. No hay superpoderes. “El mentalismo es una rama de la magia. Tiene más impacto porque interactuamos con el mundo interior de los asistentes. Es diferente a un truco en el que un ilusionista corta por la mitad a su asistente o saca una paloma de la galera”, aclara.
El mentalista subraya que se trata de trucos porque recibe cientos de mensajes en sus redes sociales. “Me piden que adivine números de la lotería o que participe en negociaciones para saber lo que piensan otras personas”, explica Canolik sorprendido por la repercusión de su actividad.
La satisfacción está en el gesto de los otros. “Por un lado la buena onda para participar y luego los que sucede cuando coincidimos en un dibujo o puedo saber que piensan en un ser querido o una situación en la que fueron felices”.
La estructura de su show tiene un hilo conductor: una pregunta fundamental atraviesa cada rutina. “¿Qué nos hace ser humano?” es el interrogante que guía la escena. El mentalista mira, pregunta, toma la mano. Pronuncia un nombre. Y la magia ocurre otra vez.

El salto a la fama de Agustín Canolik
La viralidad no surge de la nada. Canolik repite la fórmula una y otra vez: exposición directa, contacto visual, una pregunta bien dirigida, la espera tensa. La gente responde, los famosos se sorprenden, el ciclo se repite. En las redes, los videos circulan. Los espectadores, que nunca vieron su rostro en televisión antes de este año, ahora lo buscan en cada evento.
El salto al reconocimiento público no elimina el trabajo previo. El joven mentalista se formó con actores, estudió producción teatral y experimentó con la hipnosis. Todo converge en esos minutos de show, en la relación única con quienes participan.
La memoria de la infancia sigue presente. El asombro del niño que abraza la varita mágica sigue vivo en cada performance. En cada cumpleaños de Sierra de la Ventana, en cada taller donde el truco se revela y se comparte. En cada mano tomada antes de pronunciar un nombre.
La transición de la oficina al escenario no es inmediata. El horario de nueve a diecisiete se convierte en una rutina doble. Ensayos al amanecer, ediciones de video al anochecer. La viralidad es el resultado de ese esfuerzo persistente, de la combinación entre oficio y oportunidad.

El camino del éxito
El fenómeno Canolik crece rápido. La calle Corrientes, la presencia en Chile, los saludos de colegas admirados, la consolidación de una carrera que hasta hace poco parecía improbable. “Hace tres meses mi preocupación era difundir mis shows para que vaya 10 o 20 personas. Hoy, estoy actuando en la calle Corrientes y viajé a Chile a participar del espectáculo de un cómico muy famoso allá”.
La magia cambia de escala, pero la esencia permanece. El mentalismo exige exposición, riesgo, improvisación. El margen de error es alto, la interacción imprescindible. La satisfacción, inmediata.
La pregunta sobre la humanidad atraviesa cada función. No hay trucos con palomas ni cajas misteriosas. Hay un vínculo, una conversación, un momento compartido. El mentalista observa, escucha, elige el instante justo para intervenir.

La formación actoral se filtra en cada gesto, en cada pausa. El joven que estudió con Julio Chávez traduce la experiencia teatral al universo del streaming y las redes sociales. El espectáculo se reinventa a cada paso.
El recuerdo del VHS en la casa de la abuela, el mago que revelaba los trucos en el taller de la infancia, el ilusionista de una sola mano: todos esos fragmentos se funden hoy en la figura de Agustín Canolik. El niño curioso, el adolescente que experimentó con la hipnosis, el oficinista que editaba videos caseros, el artista que cumple su sueño en la avenida Corrientes.
Hoy, el joven mentalista desafía al público a compartir un recuerdo, a pensar en alguien querido, a dejarse sorprender por una palabra inesperada. El escenario es grande, pero la clave está en la intimidad de la experiencia.
La promesa de nuevos proyectos para 2026 marca el horizonte. Salas más grandes, estructuras renovadas, desafíos multiplicados. Pero el hilo conductor sigue siendo el mismo: buscar qué nos hace humanos, sorprender con lo invisible, crear un instante de asombro.
El esmoquin comprado en Londres deja de ser una prenda guardada y se convierte en el uniforme de una nueva etapa. La magia ocurre en la mirada, en la reacción, en la participación genuina. Así, Agustín Canolik sigue cruzando manos, repitiendo la fórmula, explorando los límites del mentalismo y del asombro. Entonces, la magia vuelve a suceder.
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