
Era habitual que en la Penitenciaría Nacional, que funcionaba donde ahora está el Parque Las Heras, en el barrio de Palermo, se confeccionasen listas de presos que se trasladarían al presidio de Ushuaia, de acuerdo al delito cometido, su historia delictiva, su conducta, su comportamiento en los talleres y si recibían o no visitas. Allí compartirían celda con penados que purgaban las penas más graves y los que recibían la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado, por lo general los reincidentes.
Para muchos, la hora de la cena se transformaba en un verdadero calvario en ese penal inaugurado el 28 de mayo de 1877, porque los traslados eran comunicados al final de la cena. Sin tiempo para digerir la noticia, debían embalar sus pertenencias y en el patio, antes de partir, eran registrados. Luego, le remachaban grilletes en los tobillos, que reducían su caminar a pasos de quince o veinte centímetros. En vehículos policiales eran trasladados al puerto donde, en buques de la Armada, eran encerrados en la bodega. Luego de un viaje que duraba un mes, ya que la nave hacía escalas en la costa patagónica, arribaban a Ushuaia, llamada “la tierra”, en el argot carcelario.

Los buques que usualmente se destinaban a estos viajes eran el “1 de Mayo”, “Ushuaia”, “Chaco”, “Pampa” y “Patagonia”, entre otros. Eran encerrados en la bodega junto a la carga y al carbón para alimentar los motores, y disponían de latas donde hacían sus necesidades. En ocasiones, cuando el capitán se compadecía, los hacía subir a cubierta a que respirasen aire fresco, porque la navegación duraba un mes, ya que hacían escalas en los distintos puertos de la costa patagónica.
A tres cuadras del muelle en la ciudad de Ushuaia estaba el presidio, que había comenzado a funcionar en 1902. Constaba de cinco pabellones desplegados en forma radial. En total había 380 celdas unipersonales que, con el correr del tiempo y del aumento de la población carcelaria, en cada una de ellas convivían cuatro o más individuos. El frío extremo, la crueldad de los guardiacárceles, las enfermedades, la mala alimentación la convertían en un verdadero infierno en la tierra.
En la noche del 9 de enero de 1925 hubo un traslado. Pero por su uso, los grilletes no eran tan seguros como parecían y, para abaratar costos, los presos en lugar de ir en un buque de la Armada fueron subidos a la bodega del “Buenos Aires”, un vapor que llevaría pasajeros hacia el sur.

Hubo presos que decidieron fugarse, intención que siempre estuvo presente en todos a los que se les comunicaba que los llevarían a Ushuaia.
Esa misma noche, 103 presos fueron llevados a la bodega del barco, anclado en Dársena Sur. Partiría por la mañana. Custodiados por marineros armados, abordaron por una planchada iluminada por potentes reflectores. El capitán del buque era Enrique Mudrich.
En la mañana, en las inmediaciones del muelle, había mucha gente despidiendo a sus seres queridos que partían. Media hora antes de zarpar, se escucharon tiros. Vieron a dos hombres forcejear y uno de ellos alertaba que el otro era un preso que pretendía escaparse.
Cuando vieron que otros cinco penados armados con cuchillos saltaban a tierra firme y que corrían en distintas direcciones, hubo gritos y escenas de pánico.
Nunca se supo a ciencia cierta quién habría sido el habilidoso que supo cómo zafarse de los grilletes. Viejos guardiacárceles aseguran que fue Ricardo Braasch, condenado a reclusión perpetua. Los otros que lograron pisar tierra firme fueron Amus Pedro Axelsen, también con una condena a perpetua; Roque Saccomano, a 25 años; Fernando Sotomayor, a 10; Emilio Segales, 15 años; Alfredo Suárez Leiva, a 6; Saverio Chimera, a 2, igual que Pablo Goupon.
El caso enseguida fue la noticia dominante por la espectacularidad de la fuga y porque entre los fugados había alguien conocido para la opinión pública. Sacomano había sido condenado por el homicidio de Elvira Silvia Salas, una chica de 21 años, empleada en la Unión Telefónica. El 11 de abril de 1923, en la esquina de Salguero y Aráoz, muy cerca de su domicilio, había sido asaltada por dos hombres cuando iba a tomar el tranvía 38. Uno de ellos intentó arrebatarle la cartera y ella se resistió. Entonces, el delincuente, acompañado por otros dos individuos, le dio un brutal puntapié en el vientre. La chica falleció esa tarde en el Hospital Fernández. En la cartera solo llevaba cuarenta centavos, lo justo para ir y volver del trabajo. El caso se lo conoció entonces como “el crimen de la telefonista”.
El puerto se llenó de policías y también concurrió el almirante Manuel Domecq García, ministro de Marina. De las redadas que hizo la policía, un ratero inculpó a Roque Saccomano, de entonces 21 años. A pesar de tener coartada, fue condenado por el hecho. Siempre insistió en su inocencia y que la confesión se la habían sacado con torturas.

Cuatro lograron escabullirse del puerto pero fueron recapturados, la mayoría en el conurbano, como fue el caso de Pablo Groupón, sorprendido en la ciudad de Avellaneda. Había sido escondido por su amigo Sanguinetti en una pieza en la calle Mariano Acosta.
La policía se centró en Saccomano. Fue a los domicilios de los que habían sido sus cómplices circunstanciales, pero no lo encontraron, hasta que interceptaron una carta que le envió a su madre, pidiéndole que le enviase dinero a Dolores, en Uruguay. Allí lo atraparon.
La historia terminó cuando los evadidos regresaron a la penitenciaría de Las Heras para ser nuevamente enviados a Ushuaia. Con los grilletes asegurados, los esperaba el infierno en la tierra.
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