“Durante años viví esforzándome para ser querida, hasta que entendí que era una trampa”

Hoy solo quiero ser quien soy sin tener que demostrar nada. Sin buscar aplausos, ni premios, ni reconocimiento. Quiero poder respirar sin tener que ganarme el aire. Estar en una reunión sin tener que impresionar a nadie. Existir sin que nadie me evalúe

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Hace casi treinta años trabajaba en el área de ventas de una empresa. Un día, mi jefe le pidió toda la información sobre mis gestiones a uno de mis subordinados... (Imagen Ilustrativa Infobae)
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¿Cómo puede ser que me haya tomado tantos años entender lo que pasó? Durante más de dos décadas traté de desentrañar por qué aquel hecho me había perturbado tanto. Lo hablé en terapia y lo repasé mil veces sin poder llegar nunca al fondo. Todas las explicaciones eran parciales, frustrantes, ninguna daba en el blanco. Y hoy, mientras me duchaba, se hizo la luz. Pero no fue un milagro, se ve que mi cerebro había seguido procesando todo aunque yo no me diera cuenta.

Hace casi treinta años trabajaba en el área de ventas de una empresa. Reportaba al gerente comercial y tenía un grupo de cinco vendedores a mi cargo. Todos sabían que el rendimiento de mi equipo era excelente. Un día, mi jefe le pidió toda la información sobre mis gestiones a uno de mis subordinados. Todo mi equipo trabajó durante semanas en la elaboración de ese informe que me evaluaba, y la única persona que no estaba enterada de ese pedido era yo. O sea que todos estuvieron reuniendo información sobre mí a mis espaldas.

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Cuando mi jefe finalmente me mostró el análisis, quedé en shock. Si bien los resultados eran inobjetables, sentí una catarata de emociones. Mucha ambivalencia y sentimientos negativos. El de traición era mucho más fuerte que el orgullo que debía de haber sentido por tener un desempeño sobresaliente.

Ese día me quedé en la oficina hasta tarde, tratando de entender qué había pasado. Fue imposible: estaba tan perturbada que no podía ver nada.

A medida que pasaron los días pude ir desgranando un poco aquel sentimiento. Indagar en lo que sentía hacia mi jefe no tenía mucho sentido porque nuestra relación no era buena. Además, ¿cuál era el problema si me evaluaba? Tampoco podía cuestionarle haberlo hecho a mis espaldas para asegurarse una objetividad que tal vez no hubiera conseguido si yo misma preparaba el informe. Más allá de nuestro vínculo tenso, esta pista no me llevaba a ningún lado; él estaba en todo su derecho de evaluarme de la forma en que quisiera.

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Enojarme con mi equipo era más razonable. ¿Por qué no me avisaron? Aunque era comprensible sentirme traicionada, también podía entender que si el gerente les había indicado hacerlo sin que yo lo supiera, era lógico que nadie quisiera correr el riesgo de contarme. El miedo es la principal herramienta de control de los seres humanos desde el inicio de los tiempos. ¿Podía entonces condenar a mi gente?

Si racionalmente todo era claro y hasta entendible, ¿qué era lo que me había perturbado tanto? Si yo sabía que tenía un rendimiento buenísimo y que el informe solo iba a ratificarlo, ¿por qué quedé tan alterada?

Durante años le di mil vueltas al asunto y no pude encontrar otra explicación que el hecho de sentirme traicionada por doble vía: por mi equipo, que no me anticipó lo que estaba pasando, y por mi jefe que no me lo pidió de frente. Pero sentirme una víctima no me convencía. Había algo que no me cerraba en esa explicación. ¿Cuál era mi parte en ese sentimiento de profunda perturbación?

Qué increíble haber tardado tanto en darme cuenta cuando es uno de los temas que atraviesa toda mi vida. A veces, lo evidente es lo que nos resulta más difícil de ver. Nuestras creencias fundacionales están ocultas a plena luz. El elefante en la habitación.

Había pasado la vida destacándome en cada actividad que hacía como forma de ser valorada. En algún momento de mi infancia debo de haber llegado a la conclusión de que la única forma de lograr que me miraran, me quisieran, era a fuerza de logros. Sí, no suena bien, pero ¿acaso se puede amar a alguien a quien no se ve, a quien no se percibe? ¿No es este el primer requisito del amor?

Así, sin darme cuenta, desde muy chica se fue instalando en mí una matriz de funcionamiento en la que tenía que mostrar resultados para llamar la atención. Para que me vieran. La emoción que había dominado mi vida era: “Si lográs, te valoro, si no te descarto”. Los resultados, entonces, se convirtieron en mi estrategia de supervivencia afectiva. El reconocimiento fue el sentimiento más parecido al amor que encontré en mi entorno.

Aquella evaluación imprevista y secreta de mi jefe había ratificado una vez más que yo no era merecedora de amor. Rozaba ese dolor tan antiguo y tan profundo de que nadie mirase más que mis logros.

Con la perspectiva que dan los años, pude entender algunas cosas: que los demás hicieron lo que pudieron y que el trabajo no era el ámbito adecuado donde buscar amor, aunque con frecuencia ahí también se jueguen nuestras necesidades más íntimas.

Entendí que rendir para ser querida es una trampa perfecta. Al principio funciona: te felicitan, te valoran, te dan lugar. Pero después ya no podés parar, porque si lo hacés, sentís que dejás de existir.

Hoy solo quiero ser quien soy sin tener que demostrar nada. Sin buscar aplausos, ni premios, ni reconocimiento. Quiero poder respirar sin tener que ganarme el aire. Estar en una reunión sin tener que impresionar a nadie. Existir sin que nadie me evalúe.

Y quizás eso sea el amor: un lugar en el que no hay que explicar por qué merecemos estar ahí.

*Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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