
Por más esfuerzo que hagan para disimular, a los médicos se les nota en la cara que me queda poco tiempo de vida.
Estoy en un cuarto confortable y luminoso del mejor instituto oncológico, al pedo. Igual que mi vida. ¿O no es un disparate que tenga metástasis en todos lados cuando mi mujer está embarazada de mellizos?
Mi primera esposa me dejó cuando teníamos treinta y nueve años. “Me enamoré”, me dijo llorando, antes de armar el bolso y dejarnos a mí y a nuestros hijos de cinco y dos años para irse con su nuevo amor.
En realidad, ella no podía hacerse cargo de nadie, por lo que dejar a los chicos debe haberle resultado liberador en cierto sentido. Se entregó al amor. O quizás a la ilusión de que el amor romántico e idealizado puede resolver todos nuestros problemas.
Yo trabajaba como loco y con dos hijos tan chicos mi vida se volvió muy complicada. Tenía que contenerlos cuando no podía ni conmigo mismo. Mi asistente resolvía todos los temas operativos que yo no podía: traslados, colegios, comidas, empleadas domésticas. Solo me quedaba ocuparme de lo afectivo, justo el área en la que yo era un discapacitado. Si no lo reconozco ahora que me estoy muriendo, ¿cuándo?
Muy rápidamente me di cuenta de que tenía que buscar una esposa dispuesta a hacer de madre de mis hijos. Sé que suena horrible, pero es la verdad. Era mi única salida.
Sin proponérmelo en forma consciente, mi secretaria se fue convirtiendo en mi mujer. Con veinte años menos que yo, sentía una admiración desproporcionada por mí, y a fuerza de ocuparse de mis hijos tan chicos y de ver que lo hacía tan amorosamente, se me empezó a mover la estantería. A veces, lo que nos resulta útil puede ser engañosamente reparador.
Un año después de que mi esposa se había ido de casa, la relación con mi asistente ya era sentimental. Para ser prudente demoré la convivencia. No quería exponer a los chicos a más pérdidas o a una incertidumbre que pudiera hacerles daño, pero pasado otro año todo estaba consolidado y ella finalmente se mudó a casa para ser no solo mi mujer, sino también la madre que mis hijos habían perdido.
En cinco años nos convertimos en una familia sólida. A mis cuarenta y cinco le propuse tener un hijo, porque yo no quería ser padre más grande. Me sacó cagando. Me dijo que estaba feliz con nuestra vida, que no me preocupara porque ella no necesitaba ser madre biológica. Estaba contenta con ser mamá de los míos.
La vida siguió razonablemente bien, con sus altos y bajos normales. Sin embargo, veinte años más tarde, mi hija menor tuvo un bebé y eso lo cambió todo. No porque fuese nuestro primer nieto, sino porque activó de forma inesperada el deseo de mi mujer de ser madre. Lo que no había pasado cuando mis hijos tenían cinco y dos años, pasó con mi nieto de pocos meses.
Cuando mi mujer empezó a expresar su anhelo profundo de tener un hijo conmigo, ella tenía cuarenta y dos y yo sesenta y seis. Era consciente de que yo se lo había planteado mucho tiempo atrás y de que ella lo había rechazado en forma contundente. Pero claro, al igual que el amor, ¿quién puede prometer algo para siempre? Hacerlo es un acto de imprudencia o de negación en el que nos olvidamos de que no tenemos ni la más puta idea de qué sentiremos dentro de cinco años. Así estaba ella.
Sentí que no tenía margen de decirle no. Ella me había bancado siempre, y ahora, aunque fuera a destiempo, ¿la iba a dejar sola? Sin pensarlo demasiado y sintiéndome más obligado que otra cosa, acepté. Pocos meses después estábamos metidos en diferentes tratamientos, hasta que finalmente quedó embarazada.
Durante todo ese proceso sentí una enorme contradicción. Por un lado, las ganas de acompañarla y de hacer feliz a la persona que me había bancado tanto. ¿Qué hay más lindo en esta vida que contribuir a la felicidad de alguien a quien amamos? Pero a su vez, sentía un fuerte límite interno que estaba transgrediendo.
No quería tener que ocuparme nuevamente de elegir un jardín de infantes, un pediatra, ir a charlas de padres, levantarme al alba, tener que ir a una guardia por una bronquiolitis, llevarlos a deporte los fines de semana. Esa dualidad no se fue nunca y llegó a su pico máximo cuando los primeros síntomas del cáncer se hicieron evidentes. Todo pasó con rapidez y para cuando me hicieron los estudios, estaba claro que me quedaba poco tiempo de vida.
Hoy solo anhelo llegar a ver a mis mellizos, aun sabiendo que no podré acompañarlos en su vida. Me muero de tristeza por abandonarlos a ellos y a mi compañera, y me duele saber que no hay mucho que pueda hacer.
¿Por qué no pude decir que no? ¿Por qué no pude respetar lo que yo quería?
A veces pienso que todo lo que ella forzó para que tuviéramos un hijo es lo que me trajo a este instituto oncológico. Sé que es una simplificación. Pero también me consuela pensar que si yo le decía que no, que no quería más hijos, quizás sería ella la que ahora podría tener un cáncer.
La vida me inventó una puerta de salida perversa. Es lo opuesto de lo que hubiera querido, pero es la que encontró mi cuerpo para ahorrarme algo que, en algún sentido, yo no quería vivir.
Con tanta gente que sigue viviendo con sus mil y una claudicaciones sin enfermarse y mucho menos morirse, ¿por qué fui tan frágil para desarrollar un cáncer fulminante que me libere de lo que no quería vivir? ¿Será que las emociones que tapamos porque no nos atrevemos a decirlas, el cuerpo las termina gritando?
¿Hasta dónde pueden llevarnos esas transgresiones profundas a nuestros propios límites?
¿Es una traición decir no? ¿Cuántos problemas nos evitaríamos si pudiéramos pronunciar esas dos letras?
*Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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