
Estaba desesperada. Mi hijo había sido detenido injustamente, sin haber tenido nada que ver con ese robo, y por ese contexto tan particular, lo llevaron a una cárcel especial y lo dejaron incomunicado.
Hacía menos de un mes que se venían produciendo marchas multitudinarias reclamando seguridad. Yo había ido a alguna de ellas porque también pretendía lo mismo. No quería que me mataran a uno de mis hijos en un intento de secuestro. Pero de ahí a arrestar a alguien inocente, acusándolo de haber robado algo de comida, y dejarlo incomunicado y a la espera de un juicio oral que podía tomar un par de años, había una enorme diferencia.
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Cuando me enteré de la situación, más allá del shock, confié en que se aclararía con rapidez. Pero no fue así. El contexto mandaba, y en un momento en donde la sociedad exigía mano dura, el juez sobreactuaba porque tenía pánico de que lo señalaran por blando, y tal vez lo lincharan mediáticamente.
Con mucho esfuerzo el abogado pudo conseguir que una vez por semana mi hijo me llamara a una hora determinada. Ese día, a esa hora, me quedaba junto al teléfono esperando esa llamada como una señal de vida. Por eso cuando ese viernes no ocurrió entré en pánico.
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No sé cómo el abogado consiguió hablar con otro preso que aparentemente era muy hábil manejándose adentro de la cárcel. Lo llamamos y nos pidió un rato para averiguar. Enseguida nos devolvió la llamada y me dijo que me quedara tranquila, que mi hijo estaba bien, que solo lo habían sancionado por una inconducta y por eso no lo habían dejado llamarme. Pero que no me preocupara. Curiosamente, ese desconocido me tranquilizó. Irradiaba una calma especial. Se ofreció para que volviera a llamarlo ante cualquier problema, y no sé por qué, le pregunté si podía ir a agradecerle personalmente. Él tenía un régimen de visitas más flexible que mi hijo y accedió.
Cuando después de los infinitos y engorrosos trámites, el maltrato, y un par de horas de filas, pude acceder a verlo, encontré que estaba con mi hijo. Casi me muero.
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-Y sí, si al que querés ver es a él, me dijo.
Pude estar un rato con mi hijo, calmarlo, contenerlo, y antes de irme le agradecí mucho a Alejo, ese preso que se estaba convirtiendo en mi ángel de la guarda.
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Sin proponérmelo mi nueva rutina era poder ir a ver a mi hijo una o dos veces por semana, y también hablar por teléfono una o dos veces por semana. Sin embargo, Alejo siempre estaba disponible, para guiarme, para ayudarme con temas de mi hijo.
Después de seis meses de calvario, mi hijo fue liberado. Lo llamé a Alejo y le dije que pasaría a saludarlo y agradecerle todo lo que había hecho por nosotros.
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-Olvidate, ya está. Lo importante es tu hijo y ya está en libertad. Yo no existo, no vengas.

Alejo cumplía una condena por robos reiterados, y tenía muchos años de prisión por delante. Cuando después de hacer los trámites para acceder a verlo y mientras esperaba que apareciera, no pude evitar preguntarme qué estaba haciendo ahí. O sea, era clara la gratitud que sentía, pero había algo más. Conversamos tranquilamente, y cuando antes de irme le pedí que me llamara esa semana, pude ver su cara de sorpresa, pero de grata sorpresa.
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La siguiente visita le hablé de lo que me pasaba con él, que a estas alturas, ya era inocultable. De a poco se fue abriendo y contándome su vida, y también lo que yo le despertaba.
Había dejado de ir a esa cárcel para visitar a mi hijo pero seguía yendo para ver a un preso que me movilizaba y quien tenía muchos años de condena por delante. Yo era viuda y con tres hijos adolescentes, y ni me animaba a contarle esta situación a nadie de mi familia.
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El tiempo siguió consolidando el vínculo, hasta que un día, cansada de hacer todos los trámites y las horas de fila y de espera, le dije:
-Tendríamos que casarnos, así como tu esposa tengo un acceso más rápido y con menos interrogatorios.
Yo lo dije como broma, pero Alejo se lo tomó en serio. No pasó de ahí, pero en mi siguiente visita me dijo que tenía todo arreglado: el sacerdote del penal y el juez que nos casarían. Conscientemente yo no aspiraba a tanto, pero avanzamos. Después de mi boda cuasi secreta, mi vida iba consolidando un rumbo absolutamente insospechado.
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En pocos meses más, un sentimiento me empezó a invadir: deseaba tener un hijo con Alejo. Racionalmente era un disparate: yo tenía 40 años, era viuda, y tenía tres hijos. Había dejado mi trabajo en la inmobiliaria para ocuparme de mi hijo mientras estuvo preso, y ya no quería volver a ese empleo. Mi marido estaba preso, tenía quince años de condena por delante y ya tenía una hija.
Cuando se lo planteé se emocionó mucho, y no dudó un instante. ¿Habrá pensado que estaba loca? ¿Por primera vez se habrá sentido amado en su vida? ¿Y yo?
Hoy nuestro hijo tiene 20 años. Nació mientras su padre estaba preso: pudo escuchar su primer llanto a través de una llamada de teléfono móvil que hizo la partera, porque en esos tiempos no había videollamadas.
Puesta a tratar de entender un poco qué me pasó, creo que detrás de mi anhelo de tener un hijo con Alejo había dos grandes motivaciones. En primer lugar, mi enorme gratitud hacia él, que había sido tierra firme en medio del naufragio del arresto de mi hijo. Me contuvo, me guio, nos cuidó. Nada menos.

A su vez, otra emoción profunda me atravesaba. Sentía que había desprotegido a mi hijo arrestado injustamente. Por supuesto que podía racionalizar que yo no había tenido nada que ver porque había sido una detención por error, y que la maquinaria penitenciaria judicial había hecho el resto. Sin embargo, en el fondo de mi corazón sentía culpa por no haber podido cuidar mejor a mi hijo. En ese contexto, tener otro hijo me daba la oportunidad de redimirme, una revancha con la vida, en la que podría cuidarlo bien. Era un tema conmigo misma. Emocional, por no decir irracional. El corazón tiene otras razones.
La salida de Alejo de la cárcel hace casi 7 años fue muy movilizante para mí. El tema no era nuestro hijo, que ya tenía 13 años, sino que yo sentía mucho miedo. Llevábamos catorce años juntos y mis temores estaban relacionados a que yo había conocido y vivido con Alejo en un contexto determinado, y eso llegaba a su fin. ¿Cómo sería Alejo en libertad? ¿Volvería a delinquir? ¿Sería el hombre confiable que yo conocía dentro de una prisión? ¿Y si después de tantos años juntos, ahora que salía toda nuestra relación se venía abajo? Mil interrogantes corroían mi corazón.
Mentiría si dijera que fue un proceso fácil, que no atravesamos grandes tensiones. Por suerte Alejo tuvo el mismo aplomo que tenía cuando estaba en la cárcel y pudo contener no solo mis temores, sino los errores que cometí al estar con tanto miedo y desconfianza.
Con los años entendí que la vida no siempre es lógica sino que tiene mucho más que ver con nuestro mundo emocional. Lo que parecía un desvarío -casarme en la cárcel, tener un hijo con alguien que tenía muchos años de condena por delante- fue la forma en que la vida me sorprendió, recordándome que estaba viva, reconciliándome con mis culpas y haciéndome confiar nuevamente en el amor. Como si inconscientemente hubiera sido la forma de sostenerme cuando todo se desmoronaba.
Si miro para atrás no veo un error ni una locura sino un camino que me obligó a descubrir de qué soy capaz cuando me guía el amor. El futuro siempre es incierto, pero aprendí que lo que parece imposible a los ojos del mundo puede ser, en realidad, lo más humano y verdadero que nos ocurre. Y a veces, los amores más improbables son los que nos terminan salvando la vida.
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto está basado en la entrevista que le realizó a Andrea Casamento y se puede ver en https://youtu.be/bPupApASCY4?si=QN9e-5a6QArEteaw
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