
El 27 de agosto de 1957 de un atardecer húmedo y despejado, zarpó puntual a las cinco de la tarde de la dársena sur con 78 pasajeros de primera clase, 63 de tercera y 89 tripulantes y personal de servicio. Lentamente, el vapor “Ciudad de Buenos Aires” fue buscando el canal Martín García para dirigirse a su ruta por el río Uruguay. Ya al zarpar, había rozado a una chata arenera.
Unía el puerto de Buenos Aires y Colón, Entre Ríos, con una parada en Concepción del Uruguay. Ese martes se había cenado temprano y los que no paseaban por cubierta, para contemplar esa noche sin luna, estaban descansando.
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A las 22:45 el pasaje fue sorprendido por un terrible sacudón. Los que salieron al pasillo, comprobaron que todo estaba a oscuras y que había comenzado a inundarse. Otros, por el impacto, cayeron al agua. No todos sabían nadar.
Se estaba desarrollando una de las peores tragedias registradas en el Río de la Plata.
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Se trataba de un vapor construido en Gran Bretaña en 1914, que al año siguiente había llegado al país y pasó a integrar la flota del armador Nicolás Mihanovich para cubrir, junto con su gemelo, el “Ciudad de Montevideo”, el servicio entre Buenos Aires y la capital uruguaya.
De 110 metros de largo, con capacidad para transportar 450 pasajeros de primera clase, 270 de tercera y 84 tripulantes, ya había cambiado de dueño en varias oportunidades y ahora, su casco trajinado por los años de servicio, saliendo a las 22 horas y arribando a las 7 de la mañana, ahora estaba afectado a la navegación por el río Uruguay. Este era su tercer viaje.
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Hacia la desembocadura del Río de la Plata navegaba el carguero norteamericano Mormacsurf, de 152 metros, que venía de Rosario y estaba saliendo del brazo del río Paraná para tomar el canal, ganar el océano y poner proa a California.
Iba a considerable velocidad, ya que lo hacía con corriente a favor.
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Los dos barcos ocupaban el borde este del canal y, como ocurre en estos casos, ambos tuvieron que virar hacia estribor, maniobra que cumplieron. Pero inexplicablemente el Ciudad de Buenos Aires volvió a hacerlo a babor.
Al sur de la isla Juncal, a la altura de la desembocadura del Paraná Guazú fue violentamente chocado por estribor por el carguero. Su gigantesca proa se incrustó justo en el medio del barco, a la altura de la tercera chimenea, entre el comedor y la sala de máquinas.
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El capitán Silverio Leovigildo Brizuela, que había ingresado a la marina mercante en 1922, le pidió al capitán norteamericano que no retirase el barco, y así impedir que entrase más agua. Pero el “Mormacsurf” se alejó por un efecto de inercia en el momento en que había tirado cuerdas para auxiliar a los pasajeros.
Algunos de ellos, que habían quedado colgados de las sogas, cayeron al agua. El barco se escoró a babor y el agua comenzó a entrar a raudales.
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En un intento por tapar el agujero, el carguero intentó apoyarse y lo chocó. El Ciudad de Buenos Aires comenzó a bambolearse y por la cantidad de agua que le había entrado, aceleró su hundimiento.
La desesperación y el pánico se apoderaron de los pasajeros. Muchos en el agua, impregnada del fuel oil, por la rotura de un tanque. Con ese combustible se alimentaban las calderas; otros, agolpados en la cubierta, no sabían qué hacer.
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Cuando los pasajeros quisieron tomar los salvavidas redondos que colgaban de las paredes del buque, éstos estaban pegados, ya que cuando pintaron el barco no los habían quitado. Del mismo modo, cuando pretendieron bajar los botes salvavidas, las poleas no giraban por el exceso de pintura que tenían. Solo pudieron bajar uno.
En la cubierta, el capitán Brizuela trataba de mantener la calma, y quedó en evidencia que los marineros no tenían práctica en este tipo de emergencia. Les pedía a los pasajeros ir al centro de la nave para equilibrarla. Era una total confusión en las que se mezclaban las situaciones: el que valerosamente cedió su salvavida a una mujer; la mujer que arrojó su bebé a su marido ya en el agua, que no lo pudo tomar y la criatura se perdió en las profundidades o el hombre que le arrebató el salvavidas a una mujer, o la madre que hacía milagros para mantenerse a flote, sosteniendo con sus brazos a sus hijos.
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La fuerte corriente alejaba rápidamente a los náufragos de los barcos que habían acudido al rescate, como el Rastreador Drummond y el Remolcador Pancho. Algunos cuerpos aparecerían a varios kilómetros del lugar.
Del Mormancsurf arrojaron al agua tablones y todo lo que podía flotar para auxiliar a la gente que estaba en el agua. Y armaron una plancha, casi al ras del agua para facilitarles el acceso al barco.
Rápidamente, se dieron las señales de auxilio por radio y por bengalas. Acudieron al lugar diversas embarcaciones, tanto de la costa argentina como de la uruguaya.
Resultaba complicado el rescate ya que las personas, embadurnadas de combustible, se les escurrían de las manos a los rescatistas.
Quince minutos después, a las 23:05 el barco desaparecía de las aguas. Muchos fueron tragados por el remolino provocado por el hundimiento. Murieron 72 pasajeros y 23 tripulantes, sin contar los desaparecidos o los bebés, que no se solían anotar como pasajeros.
Uno de los rescatistas había dicho: “No voy a llorar, pero nunca me voy a sacar de mis oídos los gritos de la gente pidiendo auxilio”.
Por mucho tiempo, solo quedó visible la punta de su mástil.
Los sobrevivientes fueron llevados a Nueva Palmira, una pequeña ciudad costera en Uruguay, y también a la isla Martín García y a Carmelo. Desde Colonia los fueron trasladando a Buenos Aires, y en el puerto, el 28 los recibieron familiares y periodistas.
Con el correr de los días, en la costa cercana fueron apareciendo algunos cuerpos de pasajeros y restos del naufragio.
El proceso dejó al descubierto diversas irregularidades. La versión de que el capitán, antes del hundimiento, se encerró en su cabina, y no quedaron claras la causa de su muerte. Algunos arriesgaron que se había suicidado aunque hay versiones que indican que la autopsia practicada a su cuerpo no hallaron orificio de bala.

Se comprobó que la tripulación no había sido entrenada para enfrentar estos hechos y que sin esas falencias se hubiesen salvado más vidas. Los salvavidas pegados con pintura a las paredes del barco y la imposibilidad de bajar los botes fueron agravantes. No hubo acuerdo si realmente había niebla y escasa visibilidad o si era una noche despejada. En el libro “El vapor Ciudad de Buenos Aires y nuestra abuela Clotilde: dos tragedias”, Adriana Silvia de Arriba y Héctor Daniel de Arriba enumeran, con documentación, los puntos oscuros que rodearon este trágico hecho.
Al parecer, ninguno de los capitanes, al momento de la colisión, estaban en sus puestos. Los oficiales del “Ciudad de Buenos Aires” fueron encontrados culpables de impericia e imprudencia. Pero el capitán, los dos comisarios de a bordo y los dos prácticos estaban muertos. El único vivo, el timonel Simón Alfiro fue exonerado porque cumplió órdenes. También fueron procesados el capitán y el práctico del buque extranjero. Este último, luego de estar un tiempo detenido, sufrió una hemiplejia y falleció mientras se sustanciaba el proceso. Y el capitán regresó a su país y nunca respondió a las citaciones de la justicia.
Por años, en el kilómetro 136 eran visibles las puntas de los mástiles del buque. En la actualidad, una boya de peligro indica donde descansa para siempre el Ciudad de Buenos Aires.
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