“Después de cuatro matrimonios entendí que el primero no era tan malo”

Necesitamos ir muy lejos para recién ahí empezar a darnos cuenta que eso que tanto buscábamos estaba muy a mano

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La historia de una mujer
La historia de una mujer y la nostalgia por ese primer amor (Imagen Ilustrativa Infobae)

Mi primer matrimonio no era tan malo —me dijo, sin nostalgia, pero con una claridad que solo da el tiempo.

Había tenido cuatro. No habías sido novios ni tampoco aventuras: fueron matrimonios. Cuatro capítulos completos, cada uno con su final, y todos con su cuota de aprendizaje. Pero lo que más me sorprendió fue su tono al hablar del primero. No había rencor, ni reproches, ni esa necesidad de justificarse que suele quedar cuando algo se rompe. Solo una especie de compasión, como quien encuentra una foto vieja y se detiene un rato a mirarla.

—Nos conocimos muy jóvenes. Crecimos juntos. Cuando nos casamos él todavía no se había recibido y yo lo impulsé a que lo hiciera. Nos acompañábamos, había complicidad, respeto. Y sobre todo, amor.

Él me amaba con locura —dijo, y se quedó callada un segundo, con la mirada perdida—. Tanto que yo me aburría.

Después se rió, aunque no era exactamente una risa. Era algo más parecido al pudor de quien se reconoce en su ingenuidad. Me contó que, por entonces, alguien les había dicho en una cena que parecían Barbie y Ken.

—Me quise morir. Era todo demasiado prolijo. Lo opuesto a lo que yo necesitaba, que en realidad era aventura.

"El problema es que no
"El problema es que no siempre estamos listos para ver el tesoro", afirma Juan Tonelli (Imagen Ilustrativa Infobae)

Y la encontró. Se enamoró del que sería su segundo marido: un bohemio, músico, poeta de alma libre y palabras encendidas. Con él descubrió la pasión en su forma más intensa, de esas que arrasan con todo y te hacen sentir viva solo para volverte a desarmar.

—Con el primero éramos como hermanos. Con el segundo, como un incendio.

Pero la pasión, cuando no se asienta sobre algo más sólido, no tarda en volverse ceniza.

Él necesitaba esa intensidad no solo con ella.

—Una no le alcanzaba. Ni dos —dijo. —Así que después de desangrarme por sus infidelidades, entendí que no me alcanzaban los versos y la bohemia.

Después vino el tercero: un magnate. Viajaban por el mundo, hoteles cinco estrellas, joyas, experiencias de esas que se suben a Instagram aunque todavía no existiera.

—Me llenó de regalos. Pero jamás me regaló su tiempo ni mucho menos su mirada. Siempre estaba en otra parte, y básicamente concentrado en sí mismo y en sus intereses y urgencias.

Y así, sin darse cuenta del todo, se fue transformando en una mujer que buscaba afuera lo que en algún momento había tenido, pero no supo valorar.

—El cuarto es un buen hombre —me dijo, casi como una confesión—. La vida con él es tranquila, segura, sin sobresaltos. Pero nunca me sentí tan amada como con el primero.

Entonces me acordé de esa historia que alguna vez leí en Las mil y una noches, la del hombre que soñaba con un tesoro escondido en una ciudad lejana. Sigue su sueño, viaja a la ciudad, enfrenta peligros y aventuras. Y cuando del otro lado de la tierra, en las antípodas de su hogar, descubre que el tesoro que tanto buscaba estaba enterrado en el jardín de su casa. ¡En el jardín de su propia casa!

¿No es esa la historia de todos nosotros? Nunca podemos descubrir nuestro tesoro si no nos ponemos en marcha y no recorremos un largo camino. Es lo que le pasó a mi amiga: tuvo que atravesar cuatro matrimonios, varios países, un océano de lágrimas, unos cuantos silencios y no pocas certezas derrumbadas, para comprender algo tan simple como doloroso: que el amor no tiene nada que ver con los fuegos artificiales. En el mejor de los casos eso será solo al principio. A veces es una copa de vino compartida al final del día. Una mano que te espera sin preguntar. Una vida que no se llena de anécdotas, pero mucho menos de presencias ausentes.

—Él me amaba —repitió—. Y yo no supe quedarme.

¿Y cuántas veces nos pasa eso? Dejar lo bueno por buscar lo extraordinario. Confundir el tedio con la falta de amor. Creer que el amor verdadero tiene que desbordar, cuando muchas veces se manifiesta en lo que no se nota. Una mirada tierna, un silencio compasivo, un proyecto compartido.

El problema es que no siempre estamos listos para ver el tesoro. Por lo general necesitamos ir muy lejos, para recién ahí empezar a darnos cuenta que eso que tanto buscábamos estaba muy a mano, en el jardín de casa.

* Juan Tonelli es speaker y autor del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”.

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