
Como granadero de la Sección Blindados, Marcelo Moreira fue testigo del criminal intento de golpe de Estado que sufrió el gobierno de Juan Domingo Perón el 16 de junio de 1955. “Siento que tanto yo como mis compañeros ofrecimos la vida por el General”, recuerda hoy, con 91 años, y a 70 de la masacre perpetrada en la Plaza de Mayo por un sector de la Armada Argentina y de la Fuerza Aérea no dudó en bombardear civiles dejando un saldo de 300 muertos y más 1.200 heridos.
En junio de 1955, el gobierno de Juan Domingo Perón cumplía nueve años al frente de los destinos del país, durante los cuales había cambiado a la Argentina en el plano cultural, social y económico. Era la primera vez que la clase obrera estaba en el gobierno y Perón contaba con un inmenso apoyo popular. Unos meses antes, en abril de 1954, el peronismo había postulado como vicepresidente de la República al almirante Alberto Teisaire, que fue elegido con el 64% de los votos. El surgimiento del partido Demócrata Cristiano a fines de 1954, avalado por algunos sectores de la Iglesia, molestó a Perón y hubo un conjunto de políticas del gobierno que escandalizaron a la Curia, entre las que destacan el reconocimiento de los hijos ilegítimos y la ley de divorcio.
El 11 de junio de 1955, la oposición al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón participó de la Procesión del Corpus Christi, que fue utilizada como una manifestación política contra el Presidente, en la que los activistas dañaron placas conmemorativas a la figura de Eva Perón e izaron la bandera del Vaticano en lugar de la bandera Argentina en el mástil del Congreso. El peronismo contestó con una concentración de masas el 14 de junio en la Plaza de los dos Congresos, donde Perón declaró “si el pueblo quiere que se vayan, se irán”, refiriéndose a la jerarquía eclesiástica.

En este contexto de enorme tensión, un sector de las Fuerzas Armadas intentó derrocar al gobierno democrático. Por eso, prepararon, junto a sectores civiles antiperonistas, un golpe de estado contra Perón para el 16 de junio de dicho año.
Ese 16 era un día frío y lluvioso en el que estaba previsto un desfile aéreo en homenaje a San Martín. Aquella jornada, alertado por los generales leales Franklin Lucero y José Embrioni, Perón se instaló en el Ministerio de Guerra donde fue informado sobre el ataque que se avecinaba. A las 12.40, la escuadra de 40 aviones de la Marina de Guerra inició sus bombardeos y ametrallamientos sobre la Casa Rosada, el Ministerio de Hacienda, la sede de la CGT, el departamento de Policía y la residencia oficial de Perón, en Palermo.
El bombardeo del 55 y el rol de Moreira
Una de las personas que protegió del Presidente fue Marcelo Moreira, que en 1955 integraba la división de granaderos. Por su 1,76 de altura, lo enviaron a la sección Blindados. En el Ejército se sabía que el ataque era inminente y fueron preparados para la situación en la que se pretendía derrocar al Presidente. “Ya se sabía que algo iba a pasar porque estuvimos acuartelados desde el 1° de mayo hasta el 14 de junio”, explica el granadero.

Antes del intento del golpe, Moreira pasó un día de distracción con un compañero, con el que fueron al cine. Al regresar, las órdenes fueron contundentes. “Vino a hacer una revisión el jefe de regimiento, coronel Gutiérrez, y nos informó que debíamos estar prontos para cualquier emergencia”, cuenta Moreira en la charla vía zoom. Mientras estaban en descanso, sonó una alarma y la orden fue salir hacia la Casa de Gobierno y que cada uno estuviera en su puesto de combate. “En mi caso, iba en una semioruga blindada con una antiaérea grande y me tocó la parte de ametralladora. El conductor era el sargento Ledesma y nosotros nos alineamos con él y preparamos las armas para responder ante los disparos”. Cuando salieron, vieron que la gente los aplaudía desde los balcones. “Un asistente dio la orden de que el tanque mayor, tanque destructor, se encaminase, que nosotros nos alineáramos con él y preparáramos las armas para responder ante los disparos”, agrega, sobre la dramática situación que debieron enfrentar.
Mientras los granaderos protegían la Casa de Gobierno, había muchísimos civiles en la plaza que defendían al gobierno democrático y que sufrieron las consecuencias de los ataques, que dejó un saldo de cientos de muertos y heridos. Aún recuerda, con emoción, los camiones que llegaban con miles de obreros, al grito de “la vida por Perón”.

En su retina quedó la imagen de los cadáveres, de las personas heridas y mutiladas, y en su cabeza resuenan aún los llantos y los gritos, de la enorme cantidad de víctimas que dejó ese acto de terrorismo que fue el bombardeo a Plaza de Mayo y a la Casa de Gobierno.

Herido y dado por muerto
En ese frustrado golpe de estado, Moreira fue herido y dado por muerto. Cuando estaban retirando los cadáveres de la Plaza, él hizo un movimiento. “Dicen: ‘este soldado está con vida’. Me hacen aparte y me llevan al Hospital Militar”. Allí fue atendido por un sangrado en los oídos y una gran herida en la espalda por la esquirla de una bomba. Estuvo internado hasta el 14 de septiembre y luego, con el alta, volvió a la sección blindada dos días antes del golpe de Estado de septiembre de 1955, que derrocó a Perón. De nuevo estaba en la trinchera.
El Regimiento de Granaderos, al que pertenecía Moreira, fue el último en rendirse. Los golpistas les dieron un ultimátum: bombardearían el regimiento y el gasoducto de Buenos Aires. Fue así como el 16 de septiembre de 1955 se produjo el derrocamiento del general Perón.

Eran las 20:30. “Vino corriendo el teniente segundo jefe del regimiento y nos dijo: ‘sálvese quien pueda, abran la puerta y váyanse, que Dios los ayude’”. En ese momento se dispersaron y algunos se refugiaron bajo una tribuna de la cancha de River, otros, en los bosques de Palermo. Allí fue cuando los golpistas nos tomaron prisioneros". Los hicieron dejar las armas y los llevaron hasta la plaza Constitución. “Ahí fue una cosa de terror porque la orden era que teníamos que matar al que decía ‘viva Perón’. Si no hacíamos eso, nos mataban a nosotros”, recuerda.
“Siento que tanto yo como mis compañeros nos jugamos la vida por el general Perón”, cuenta y asegura que, el día del golpe contra Perón, lloró, lloró él, y también todos sus compañeros, porque el General era un hombre muy accesible y muy amable. Además, destaca la personalidad cercana del Presidente y su buen trato hacia todos los que trabajaban en Casa de Gobierno: “Cuando estábamos de guardia, Perón nos saludaba y nos decía ‘buen día hijo’ y nos ponía la mano en el hombro”.

La vida de Moreira después del Golpe
Cuando lo dieron de baja del Ejército, Moreira volvió a su pueblo, San José, en Colón (Entre Ríos), para visitar a sus padres y después decidió instalarse en la provincia de Córdoba, más precisamente en San Francisco, donde vivía un hermano suyo y donde conoció a la mujer que luego se convirtió en su esposa y con quien tuvo cuatro hijos.
Pasaron los años, pero nunca dejó de recordar uno de los acontecimientos más decisivos en su vida como granadero. “Siempre tengo presente el 16 de junio. Se me eriza la piel al recordar todo”, rememora. “Me hizo muy mal, fue un combate muy desgraciado. Imagínate que, todavía a mis 91 años, a veces sueño que estoy combatiendo y es muy fuerte”.

Setenta años después, Moreira sigue preguntándose por qué no se juzgó a los cabecillas de semejante hecho criminal y por qué no se recuerda ese día y a los caídos de la manera que se merecen porque defendieron a la Patria y a Perón. “Al General y a la señora Evita los llevo muy adentro del corazón”, cierra, emocionado.
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