
¿Alguna vez soñaste con ser el campeón mundial?
Yo sí.
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Hace muchos años fui campeón nacional de squash y soñaba con ser el mejor jugador del mundo. Entrenaba con disciplina, dedicación y una determinación feroz. Sin embargo, por múltiples razones no lo logré. Mientras era deportista estudiaba mi carrera universitaria, lo cual limitó bastante las horas que podía entrenarme. Así y todo, siempre sentí que no llegué a la cumbre mundial por otras razones.
Años después, en un viaje de trabajo, encendí la televisión y se jugaba una de las finales más importantes del mundo. Ahí estaba el mejor jugador de la historia, un pakistaní llamado Jansher Khan. Me detuve a mirar con interés, porque en el pasado, yo había jugado contra él. Mientras observaba su destreza, una pregunta incómoda comenzó a formarse en mi mente: ¿Por qué yo no pude ser campeón mundial? ¿Qué me faltó para llegar a ese nivel?
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Decidí analizar cada movimiento, cada expresión, cada acierto y cada error de Jansher Khan. Después de un rato de ver el partido, y frustrado por no poder identificar qué me separaba a mí del campeón mundial, apagué la televisión y me fui a bañar. Cuando salí, mientras me vestía, volví a prender la tele y el partido continuaba. Al principio me fastidié un poco pero decidí continuar viendo. Hasta que se produjo la epifanía.
Primero fue un error del campeón mundial, que a mí me pareció inaceptable y hasta diría, bochornoso. Y después varios más. Errores que a mi nivel resultaban inaceptables. Y él, sin embargo, seguía jugando lo más tranquilo. Por mucho menos yo hubiera estado furioso, me hubiera maldecido, convirtiéndome en mi peor enemigo.
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El campeón mundial no hizo nada de eso. Cometía algunos errores graves, quizás inaceptables, pero daba vuelta la página con rapidez, y seguía adelante. Y ahí lo comprendí: la clave no estaba tanto en la técnica o en la preparación física sino en la relación que él tenía consigo mismo.
¿Era posible que un atributo central para ser campeón mundial fuera la capacidad de perdonarse a uno mismo? ¿Poder ver los errores con compasión, misericordia y hasta ternura, para soltarlos rápidamente?
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El deporte, que tantas lecciones me había dado, tenía aún una más reservada para mí. Quizás la más importante de todas.
Todo deportista de alto rendimiento y también cualquier persona que haya llegado lejos, sabe perfectamente que el mayor obstáculo, el mayor desafío, no suelen ser los rivales sino uno mismo.
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Yo me había pasado mi carrera peleando conmigo mismo. Mucho más que con mis rivales. Yo era el más implacable, no mis adversarios. Y ahora venía a darme cuenta de que varios de esos errores que para mí me resultaban imperdonables, al campeón mundial -que obviamente jugaba mucho mejor que yo-, no le parecían tan graves. O en el caso que sí, los soltaba rápidamente.
¿De dónde salía mi pretensión delirante de ser perfecto? ¿De no poder cometer errores?
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Esa tarde comprendí que debía dejar atrás la falsa de idea de que uno no debe cometer errores. El tema es cómo metabolizarlos con rapidez, cómo poder aceptarlos y seguir adelante, sin quedarnos aferrados al pasado mientras el presente se nos escurre entre los dedos de las manos.
En el Antiguo Testamento, Dios decide destruir a Sodoma por su maldad. Sin embargo, le permite a Lot y su mujer escapar, con la única condición de no mirar atrás. Edith, la esposa de Lot, no resiste la tentación y al darse vuelta y mirar, se convierte en una estatua de sal.
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La vida es siempre para adelante.
¿Y vos? ¿Vivís mirando el pasado o podés concentrarte en vivir el presente, aun sabiendo que nunca será perfecto?
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* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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