
Fue a la hora de la cena. Era el momento del día en el que el cambio de guardia se hacía con bastante desprolijidad. Un grupo de presos de la cárcel del Fuerte de San Cristóbal, en Pamplona, España, redujo y desarmó a esos guardias que estaban terminando o empezando su horario de trabajo sin demasiado orden. Hace exactamente 87 años, el 22 de mayo de 1938, empezaba la fuga de presos más grande de la historia de España y una de las más masivas del mundo.
El Fuerte de San Cristóbal, a casi 900 metros de altura y sobre el monte Ezkaba, en el País Vasco, estaba allí desde el siglo XIX. Lo habían construido en plenas Guerras Carlistas por la posición privilegiada que implicaba tener un fuerte en altura, lo que permitía ver al enemigo a lo lejos y, sobre todo, proteger Pamplona, la ciudad que está a sus pies.
En 1934, lo que había sido un fuerte se convirtió en un centro penitenciario: le agregaron muros que separaban los espacios carcelarios de los barracones en los que se hacía guardia, e instalaron allí lo que hiciera falta para albergar a alrededor de 2.500 presos.
Antes de la llamada “Fuga de San Cristóbal”, incluso antes de que ese monte fortificado se convirtiera en un centro de detención del franquismo, ya había denuncias sobre las condiciones en las que vivían allí los presos: pasaban hambre extrema, se contagiaban enfermedades tales como tuberculosis y sufrían el frío. Varios ayuntamientos de la zona pidieron que se cerrara la cárcel y se reubicara a los detenidos. Pero nadie escuchó.

Cuando estalló la Guerra Civil Española, el bando liderado por Francisco Franco tomó para sí ese fuerte decimonónico y no dudó en convertirlo en un centro en el que retener a dirigentes políticos y sindicales, militantes de republicanos y también nacionalistas vascos.
No hubo nada de las precarias condiciones del lugar que convenciera al franquismo de abandonar el fuerte: no les importaba cómo atravesaban sus días quienes eran retenidos allí, incluso en cuanto a las condiciones más primarias de supervivencia.
El hambre extrema, la violencia física de parte de los guardias y el contagio de tuberculosis eran parte del paisaje cotidiano allí. Todos los días, los guardias franquistas les hacían un recordatorio a los detenidos: que estaban allí no como prisioneros de guerra sino como rebeldes militares. Que les esperaba el pelotón de fusilamiento o, con mucha suerte, la reclusión perpetua. El encierro hasta el final.
Entonces alguien empezó a pensar en una fuga. Un escape que los pusiera a salvo de ese destino, de ese régimen y, más urgente aún, del hambre y el frío. Las condiciones de supervivencia eran tan crudas que huir de eso se hacía aún más imperioso que defender los ideales de la República.
Fue un núcleo de treinta presos el que ideó cómo sería el escape. No se comunicaban en español ni en vasco: lo hacían en esperanto para evitar que sus conversaciones fueran descifradas.

Hicieron correr el mensaje por entre los prisioneros y alrededor de un tercio de todos los hombres que estaban allí decidieron sumarse al intento de libertad. Entonces, llegó la hora señalada. Aprovecharon el desorden propio de cada cena, desarmaron a los guardias actuando en grupos que se habían definido de antemano, y los tomaron prisioneros.
Empezaron a salir lo más ordenadamente posible del penal, aunque con la euforia y el miedo del escape y en medio de la oscuridad. El monte no se los haría fácil: muchos se lastimaron gravemente en su intento de bajara el Ezkaba por tropezar con algún obstáculo o por estar tan débiles.
Todos tenían el mismo objetivo: alcanzar la frontera con Francia, a unos 50 kilómetros de allí. No era una distancia imposible, pero sus cuerpos, debilitados al extremo, pondrían el asunto difícil.
La noticia de la fuga no tardó en llegar a Pamplona, donde las autoridades franquistas decidieron que saldrían “de cacería”. Los 795 prófugos habían salido del fuerte desnutridos y, en muchos casos, incluso descalzos. Tenían pocos fusiles y pocas balas. En cambio, el franquismo estaba preparado para aleccionar a esos que habían intentado desafiar al régimen y, de paso, enviar un contundente mensaje a quienes pensaran en imitarlos.
Las balas de los refuerzos franquistas que llegaban desde Pamplona eran la banda sonora de los intentos por avanzar que hacían los prófugos. Para resistir la fuga, apostaron camiones del Ejército en distintas zonas del monte para, con reflectores, iluminar el espacio y encontrar a quien estuviera intentando recuperar su libertad.

En las primeras horas del 23 de mayo, 259 de los 795 presos habían sido recapturados, y unas horas después la cifra se elevaba a 445. En total, 585 prófugos fueron encontrados y devueltos a la prisión tras ese intento de fuga. El último en ser hallado por las autoridades franquistas apareció el 14 de agosto de 1938, casi tres meses después del escape. Se alimentaba con ranas y cangrejos.
Además de los recapturados, alrededor de 200 prófugos fueron asesinados en medio de la persecución o en fusilamientos posteriores. Sólo tres consiguieron lo que casi ochocientos prisioneros se habían propuesto: cruzar la frontera francesa y ser libres en medio de un régimen dictatorial al que aún le quedaban varias décadas en el poder.
Aunque la enorme mayoría fracasó en ese objetivo, e incluso muchos perdieron la vida intentándolo, fueron los protagonistas de una fuga que pasó a la historia. Por su masividad y por la necesidad de intentar condiciones de vida dignas por sobre todas las cosas. Aunque eso implicara jugarse la piel.
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