Luis Díaz Gauna encontró su vocación a los 14 años, cuando vio pasar un vehículo autobomba de los bomberos y sintió, en sus palabras, “algo muy especial”.
Ese impulso marcó el inicio de una vida dedicada al rescate en algunas de las tragedias más impactantes de la historia argentina: desde el atentado a la Embajada de Israel hasta el incendio de Iron Mountain, donde perdió a diez compañeros -ocho bomberos y dos rescatistas- de Defensa Civil, en febrero de 2014.
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Díaz Gauna, declarado “héroe” por el Poder Ejecutivo, aclara con respecto a ese calificativo que son "los chicos que ya no están: un día salieron a trabajar como cualquier día y no volvieron nunca más", recordó en diálogo con Infobae en Vivo. Y agregó: "Parte de ser bombero es que sabes cuándo te vas de tu casa, pero no cuándo volvés. 24 horas, dos días, o nunca más", relató el hombre de 64 años.

“Me quedaron quemaduras en el cuerpo, porque mi equipo de incendio ya no soportaba más tanta temperatura. Los escombros estaban casi a 200 grados”, recordó sobre la tragedia del depósito, ocurrida en un edificio de la calle Azara al 124, en el barrio porteño de Barracas.
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El incidente en Iron Mountain fue de tal magnitud que trabajaron en el lugar varias dotaciones de bomberos de la Policía Federal, así como voluntarios de La Boca, Vuelta de Rocha, San Telmo y Puerto Madero. A ellos se sumaron agentes de Defensa Civil, de la Policía Federal Argentina, la Policía Metropolitana y la Prefectura Naval Argentina.

Durante el derrumbe, estuvo clínicamente muerto durante dos minutos: una pared cayó sobre su cuerpo: “Yo me quedé abajo de los escombros. Si respiraba, a esa temperatura, me quemaba las vías respiratorias“.
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De acuerdo con el rescatista, la muerte clínica fue lo que le permitió sobrevivir. “Todos los médicos me dijeron que estuve muerto ahí abajo, no fue un desmayo. Cesé mis funciones vitales”, precisó, en diálogo con los periodistas Gonzalo Sánchez, Carolina Amoroso, Ramón Indart y Cecilia Boufflet.

También recordó que, mientras estaba atrapado, podía ver a los empleados de una fábrica cercana intentando ingresar para ayudar. “Veía que los muchachos se acercaban a querer ayudar y se les derretían los borceguíes en los escombros. Y yo en un momento digo ‘Barba, si me vas a llevar, llevame, ya está‘. Pero no”.
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A pesar de que logró sobrevivir, después de 20 días de internación peleando por su vida, sufrió la muerte de sus 10 compañeros: “A un metro y medio de donde estaba yo, a mi izquierda, murieron los 10 chicos. Me hubiese encantado irme con ellos. Era mi gente”.
Y es que, a causa del derrumbe, fallecieron el comisario inspector Leonardo Day (su “hermano de la vida”), la subinspectora Anahí Garnica; los cabos primero Eduardo Adrián Conesa y Damián Véliz; y los agentes bomberos Maximiliano Martínez y Juan Matías Monticelli.
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Además, perdieron la vida los bomberos José Luis Méndez Araujo, Sebastián Campos y el rescatista Pedro Báricola. Facundo Ambrosi, falleció 12 días después.

Consultado por la periodista Carolina Amoroso, respecto a la elección de su trabajo, Díaz Gauna respondió: “Es el amor de mi vida. Salvo mis nietas, después viene ser bombero”.
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Y ejemplificó: “Somos una raza, en vías de extinción. Donde todo el mundo sale corriendo, nosotros tenemos que entrar. Lo que nadie tiene que ver, nosotros lo tenemos que ver y tocar. No es normal”, agregó.
En esa línea, aseguró que un bombero es un “recolector del dolor ajeno”. Entre otras situaciones, participó del operativo tras el atentado de julio de 1994, cuando un coche bomba se estrelló contra la sede de la AMIA, dejando un saldo de 85 muertos y más de 300 heridos. Luego de esa experiencia, debió comenzar terapia para afrontar las secuelas emocionales.
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Díaz Gauna también estuvo en el operativo tras el atentado a la Embajada de Israel en 1992, otro de los hechos que marcaron su trayectoria. Años más tarde, estuvo presente en la llamada “tragedia de LAPA”, ocurrida el 31 de agosto de 1999, cuando un avión que debía despegar rumbo a Córdoba no logró levantar vuelo y se estrelló contra Punta Carrasco. El impacto provocó la muerte de 65 personas, entre ellas dos que circulaban en auto por la avenida Costanera.
“Me han tocado situaciones complicadas que tenés que estar. Un nene jugando a las escondidas abrió la puerta del ascensor y pasó la cabina y le agarró la pierna. Los padres desesperados que le saquemos al hijo. Si tenés un hijo, te pega muy duro. O tener que sacar una criatura de un incendio, ya sin vida”, concluyó.
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