
El atentado se planeó para el lunes 20 de marzo de 1995. Se eligió a estaciones de tres líneas de subterráneo en Tokio, y para que el ataque tuviese el mayor número de víctimas mortales, se fijó hacerlo en hora pico. Y para que fuera aún más efectivo, se optó por el gas sarín, ya que una gota del tamaño de la cabeza del alfiler es suficiente para terminar con la vida de un ser humano. Descubierto en 1938 casi por casualidad por químicos alemanes que trabajaban en pesticidas, su nombre obedece a sus descubridores: Schrader, Ambros, Ritter y von der Linde. Puede ser líquido o usado en aerosol. Según los especialistas, el roce con la piel produce alteraciones en el sistema nervioso: primero son dolores de cabeza, luego tos incontrolable y convulsiones, y termina con un paro cardiorespiratorio.
Los responsables del atentado pertenecían a la secta conocida como Verdad Suprema. Su líder se llamaba Shoko Asahara, cuyo nombre real era Chizuo Matsumoto. Había nacido en 1955 en Kyushu, la tercera isla más grande de Japón, ubicada al sur, y considerada la cuna de la civilización de ese país.
Asahara, casi ciego desde niño, se ganaba la vida como profesor de yoga. En la década del 80 fue cuando fundó Verdad Suprema, cuyo sustento dogmático era una melange de creencias hindúes y budistas, y las peores profecías del cristianismo. Aseguraba ser el siguiente Buda, también Cristo y el Cordero de Dios. Al iniciar la secta se cambió el nombre.
Recurrió a todos los recursos posibles para captar adeptos. Desde dudosas técnicas de control mental, pasando por campañas de lavado de cerebro, hasta la divulgación de un animé donde, por supuesto, aparecía como un superhéroe. Su mensaje era por demás alarmante: sostenía que se avecinaba una tercera guerra mundial, que sería nuclear, en el que los habitantes del planeta desaparecerían, menos los que adhiriesen a su secta, ya que él tenía el poder de liberar de los pecados y faltas a quienes diesen muestras fe a su creencia.
Lo del subterráneo de Tokio no había sido su primer golpe. El 27 de junio de 1994 en Matsumoto, desde un camión hizo lanzar una nube de gas sarín en un barrio donde vivían jueces que estaban por fallar en contra de la secta en un juicio por propiedades. Ese día hubo siete muertos y más de 500 heridos.

El atentado
Poco antes de las ocho de la mañana, cinco miembros de la secta abordaron subtes distintos. Uno subió a la línea Chiyoda, pintada de verde oscuro, que cubría 22 kilómetros; dos lo hicieron en la línea Marunouchi, cuyos vagones de distintivos rojos transitaban por 24 kilómetros y que por tramos sale a la superficie, y otros dos subieron a la Hibiya, vagones de color gris, y que cubre un trayecto de 20 kilómetros.
Llevaban 900 ml de gas en estado líquido en bolsas de plástico envueltas en papel de diario. Cada uno portaba dos paquetes y usarían la punta afilada de un paraguas para agujerear las bolsas, que liberarían el veneno, que además tiene la propiedad de evaporarse rápidamente.
Entre las 8:09 y 8:17 todos cumplieron su cometido en las estaciones preestablecidas, salvo uno que había subido a un tren de la línea Hibiya, quien solo hizo un pequeño agujero y se arrepintió al contemplar a la cantidad de gente inocente que seguramente afectaría.
El gas comenzó a evaporarse, cubriendo un trayecto equivalente a 16 estaciones. Lo primero que se sintió fue un penetrante olor a un líquido disolvente. Enseguida comenzaron las reacciones de los pasajeros: comenzaron a toser sin parar, muchos se cubrían los ojos por el ardor; vomitaban, algunos caían paralizados, otros sufrían convulsiones, y hubo quienes se tomaban el cuello porque no podían respirar y sangraban por la nariz. Hubo gritos, escenas de pánico, gente que había perdido la visión y que pugnaba por escapar de los andenes hacia la superficie.

Murieron once pasajeros, dos empleados del subterráneo, y cerca de 6.300 personas quedaron heridas. Los responsables huyeron en automóviles que los esperaban en las cercanías.
La conmoción de las autoridades fue tan grande que hasta se pensó en un ataque perpetrado por Corea del Norte. Sin embargo, la policía ya estaba en alerta sobre esta secta y hubo diversos operativos para detener a sus miembros. Cuando allanaron la base que poseían al pie del monte Fuji, encontraron tanto gas sarín como para matar a millones de personas. Y hasta un helicóptero con el que se presumía se usaría para rociar a Tokio.
Asahara fue detenido mientras meditaba. Ante la policía, se hizo el desentendido. Negó cualquier participación en el hecho y aseguró que el floruro de sodio que poseían era para hacer cerámica y que el tricloruro de fósforo lo empleaban como fertilizante, y que no tenía idea de que con ellos podían obtener gas sarín.
La justicia llevó al banquillo a 189 personas. A Asahara se lo acusó de haber cometido 29 asesinatos. Durante el tiempo que permaneció detenido, prácticamente no hablaba. En el transcurso del juicio, su abogado defensor fue detenido y debió ser asistido por uno de oficio. Durante el proceso, explicó con lujo de detalles su doctrina.

Condenado a la pena capital en 2004, dos años después se le negó la apelación y en 2012 se le suspendió la sentencia por la detención de miembros de la secta que permanecían prófugos.
Alojado en el corredor de la muerte, el 6 de julio de 2018 fue ejecutado en la horca. Tenía 63 años. Los otros doce condenados sufrieron la misma pena en el término de veinte días.
A pesar de la magnitud del hecho, la secta no desapareció; pasó a llamarse Aleph, se diferenció de su líder y sus 1.650 miembros permanecen con un perfil bajísimo en un suburbio en la capital japonesa, y son vigilados. Curiosamente, aún sigue siendo legal en el país, a pesar de que está catalogada en el rubro de peligrosa. Para otros países es una simple organización terrorista.
La última víctima, Sachiko Asakawa, de 56 años, que había quedado postrada con daño cerebral irreversible, falleció el 10 de marzo de 2020, con lo que el número de víctimas fatales asciende a 14.
Los familiares de los fallecidos insisten ante las autoridades en continuar concientizando sobre el peligro de las sectas. Pasaron treinta años y para ellos el tiempo nunca cura la soledad y la tristeza por la pérdida de ese ser querido en manos de mesiánicos, alejados de la razón y mostrando desprecio por la vida.
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