
Para los veteranos, faltaba un homenaje como Dios manda para ellas, las madres que habían visto con dolor la partida de sus hijos a Malvinas, que vivieron los días de la guerra con el corazón en la boca y que por fin dieron las gracias cuando los volvieron a recibir en los hogares y también para aquellas que no tuvieron consuelo por aquellos que quedaron para siempre en las islas.
María Mercedes Villalba tiene 83 años y a pesar de que advirtió que no quería contar nada “porque me pongo a llorar”. Recordó cuando entre lágrimas despidió a su hijo Pedro Pierre junto a su esposo Amílcar, que trabajaba en el puerto en Concepción del Uruguay.
Siendo adolescente, Pedro ayudaba en la economía familiar como repartidor de garrafas de gas y luego se incorporó al Ejército. Su mamá María, de profunda fe evangélica, comenzó a rezar desde el momento que vio partir a su hijo, un cabo recién recibido de 17 años, incorporado al GADA 601, con asiento en Mar del Plata. Ella no tuvo una vida sencilla: parió ocho hijos, siete chicos y una mujer. Pedro es el segundo de los varones. Uno de ellos, cuando tenía doce años, tuvo un grave accidente de moto del que se salvó, según la mujer, por un milagro; otro murió ahogado en Ceibas y uno más falleció hace unos años de cáncer. De todas maneras, siempre agradece a Dios.

Recordó la felicidad que sintió cuando Pedro regresó a casa. Dejó la fuerza y se ganó la vida como pudo. Con el tiempo se casó y formó una familia.
Ella confesó que no se esperaba este homenaje. “Las madres sufrimos mucho, padecimos la falta de información y la angustia de no saber qué era lo que ocurría en Malvinas”.
Para Olga Barbosa, hoy de 78 años, todo fue muy sorpresivo. Su hijo Juan Carlos cumplía con el servicio militar y de un día para otro recibieron una carta suya diciéndoles que estaba en Malvinas. Su esposo Raúl Mario era enfermero y aún viven en la ciudad de Rosario.
En ese entonces su otro hijo, Angel, estaba en Aeronáutica, pero no llegó a cruzar a las islas y permaneció en Comodoro Rivadavia.

Juan Carlos fue soldado del Regimiento de Infantería 5, la unidad que más sufrió el aislamiento, ya que estaba en la isla Gran Malvina, en un punto que los isleños llaman Puerto Howard y los argentinos entonces bautizaron como Puerto Yapeyú. Mientras duró la guerra, como no recibían noticias, el marido solía concurrir a la guarnición militar en búsqueda de novedades. En una oportunidad le dijeron que su hijo había muerto, pero él no quiso contarle nada a su esposa, se lo guardó para él. “Como mamá, yo presentía que mi hijo estaba vivo”, contó a Infobae.
Un día, para alegría de la familia, apareció en la casa. “Me quería morir de la alegría, estaba muy cambiado”. Dijo que este homenaje fue inesperado, que no lo merecía “porque no había hecho nada”, y que en realidad se alegraba por su hijo.
Olga, que insistió en que no le gusta que la entrevisten, admitió que todo es nuevo para ella, que hasta el día de hoy no había conocido a otras madres de veteranos, ya que en Rosario hay pocas.

Juan Carlos Sosa, secretario de la Federación Nacional de Veteranos de Guerra “2 de abril” aseguró que “este es un homenaje que consideramos histórico, el primero que se hace en el país”. Esta Federación fue creada en agosto de 1994 para reivindicar la gesta de Malvinas y mantener vivo el recuerdo de los que allí pelearon y trabajar en la reinserción de los veteranos en los difíciles tiempos de la posguerra.
Contó que a la par del trabajo que desde la institución se realiza para que Malvinas estuviera presente en la agenda política, siempre se recuerda a los veteranos que cayeron en el conflicto como a los que fallecieron en la posguerra. Entendieron que faltaba un reconocimiento, a los padres.
Corridos por la lluvia, el acto “Homenaje a las madres de Malvinas” -que iba a ser en la plaza de armas “Cabo Primero post mortem Julio Omar Benítez”, de Concepción del Uruguay, ubicada en Prefectura de Zona Bajo Uruguay- fue en el Club Parque Sur el pasado 14. Lo organizaron junto al departamento de veteranos de guerra de Prefectura Naval, quien se sumó a esta iniciativa.

La elección del lugar no fue al azar. De Basalvilbaso, distante 65 kilómetros, era Julio Omar Benítez, cabo segundo maquinista del Guardacostas Río Iguazú, muerto el 22 de mayo de 1982 durante el ataque de dos aviones Sea Harrier. Benítez, con 20 años, era el más joven de la tripulación de aquella nave.
Fueron siete madres, cada una de ellas recibió un diploma y una medalla: Hidilia Lacuadra, Griselda Esther Romero, María Rosa Taberna, María Mercedes Villalba de Pierre, Olga Barboza, Arbello de Frías y Capurro.
La ceremonia estuvo presidida por las autoridades locales de la Prefectura Naval, quienes estuvieron acompañados por autoridades municipales y concejales tanto de Concepción del Uruguay como de Basavilbaso. Un invitado especial fue Luis Landiscina, padrino a nivel nacional de los veteranos de guerra y además de los ex combatientes de la Prefectura Naval.
Los veteranos prometen replicar este homenaje en otros puntos del país. “Para ellas es esta caricia, que sufrieron a la par nuestra y a veces más, y que entregaron parte de su sangre por nuestra Patria”.
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