
“Temiendo haber incurrido en la excomunión, speciali modi, reservada conforme a la declaración de la Santa Congregación Consistorial del 16 de junio de 1955, sinceramente arrepentido, pide, por lo menos ad cuatelam, la absolución”.
Así le escribía Juan Domingo Perón, desde su exilio de Madrid en 1963, al papa Juan XXIII, quien accedió al pedido. El obispo de Madrid tuvo el encargo de cerrar el trámite. Por las dudas, la Iglesia recomendó entonces mantener la mayor reserva, “a fin de evitar que dicha gracia pueda tener indeseadas repercusiones”.
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Así culminaba un largo proceso iniciado nueve años atrás.
Hasta 1954 las relaciones entre el gobierno peronista y la jerarquía de la Iglesia Católica transitaban por carriles normales, hasta que se disparó un proceso que hizo estallar todo por los aires, y todo por un pastor. Durante mayo y junio de ese año, en el estadio de Atlanta concurrieron millares de enfermos y lisiados para ser curados milagrosamente con oraciones por el pastor evangelista Theodore Hicks. Lo conflictivo era que lo hacía con la autorización del Presidente, con quien el llamado “hermano Tommy” se había entrevistado el 17 de marzo.
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Los diarios lo apodaron “el mago de Atlanta”. Gracias al éxito obtenido, seguiría sus celebraciones de supuestas curaciones en la cancha de Huracán y luego en Mercedes, en San Luis.
La jerarquía católica se indignó, habló de “competencia desleal con la religión del Estado”. En una pastoral, el obispo de San Luis destacó que el artículo 77 de la Constitución Nacional disponía para ser Presidente había que pertenecer a la religión católica, apostólica y romana, y además recordó el sostenimiento de esa religión por parte del Estado. Sin decirlo, llamaba al gobierno a defender a la iglesia.
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La Casa Rosada, entonces, no dijo nada, pero recogió el guante. Poco después se desencadenaría un violento proceso que terminaría con la aprobación de un voluminoso paquete de medidas, a contramano de la iglesia. Entre ellas, la legalización de la prostitución.
A mediados de enero de 1935 un decreto municipal había dispuesto la clausura y desocupación de casas que funcionasen como prostíbulos, aplicando una ordenanza votada en junio de 1919. Si bien los prostíbulos comenzaron a desaparecer en la Ciudad de Buenos Aires, funcionaban en la provincia de Buenos Aires para atraer a esa clientela que había quedado huérfana. Muchos de ellos eran regenteados por punteros políticos. Algunos las mencionaban como “casas de tolerancia y tabernas innobles”.
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El cierre de los prostíbulos trajo aparejado un resurgimiento de la sífilis al cortarse los controles sanitarios. Los casos de esta enfermedad disminuirían cuando se la comenzó a tratar con penicilina. Otra de las consecuencias del ejercicio de la prostitución fue la tuberculosis, relacionada a la higiene, alimentación y antibióticos.
El 17 de diciembre de 1936 se sancionó la ley 12.331 de profilaxis de enfermedades venéreas. Prohibía las casas y locales para el ejercicio de la prostitución y disponía el análisis prenupcial.
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La desaparición de los prostíbulos hizo que las mujeres circularan por las calles en busca de clientes e hicieran acuerdos con algunos hoteles.
Por la década del 50, los lugares de prostitución tradicional se concentraban en las calles Leandro N. Alem, Paseo Colón y 25 de mayo. También a lo largo de la ribera hasta llegar a las cantinas y salones del barrio de La Boca.
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Carretero señala que había muchos establecimientos en la ciudad donde “distraerse”, como los cabarets Chantecler, Marabú, Tibidabo, Casanova, Maipú Pigall, Tabarís y Ocean, además de muchos otros lugares como confiterías bailables, y que había algunos lugares claves de “conquista ocasional”, como Palermo, Parque Japonés, el Palacio de las Flores, Monumental, Salón Lavalle y la Enramada, sobre la avenida Santa Fe, pegado a la Sociedad Rural.
En un discurso pronunciado el 10 de noviembre de 1954, Perón acusó a algunos sacerdotes y laicos católicos de participar en actividades antiperonistas.
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En el acto del 17 de octubre había denunciado la existencia de “emboscados” y de “disfrazados de peronistas”, hacía referencia a los católicos que militaban en sindicatos y a los afiliados del Partido Demócrata Cristiano, fundado en junio de ese año.
En septiembre, el fiasco en Córdoba de la Unión de Estudiantes Secundarios, que en un acto por el día del maestro no juntaron más de mil personas, contrastó con las cien mil personas que se dieron cita al desfile de carrozas organizado por la Acción Católica, en el Día de la Primavera. El gobierno lo tomó como un desafío.
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Perón -que denunciaba la existencia de “malos sacerdotes”- pedía muestras de fidelidad y compromiso al gobierno que no eran correspondidos por las autoridades eclesiásticas.
El duro embate oficial incluyó un paro general de tres horas, sumado al ataque de la prensa oficialista. Para el 25 de noviembre armaron un acto en el Luna Park para denunciar infiltrados clericales en los sindicatos. Hubo propaganda callejera, donde grupos de militantes vociferaban “Haga patria, mate a un cura”, “Perón sí, curas no”.

Lo que vino fue peor. Detuvieron a muchos sacerdotes y dejaron de ser feriados las festividades del Corpus Christi, la Asunción de la Virgen, la Concepción Inmaculada, el Día de todos los Santos y el Día de Reyes. Se salvaron la Navidad y el Viernes Santo.
El 30 de septiembre, los legisladores oficialistas propusieron equiparar los derechos de los hijos legítimos y los ilegítimos. Los diputados opositores no entendían nada: ellos habían sido los abanderados de reformas laicas que habían sido resistidas por sus colegas peronistas. El oficialismo argumentó que la iglesia se había aprovechado de las ventajas obtenidas del gobierno para hacer antiperonismo.
Por 121 votos contra 12 diputados aprobó un proyecto de reforma constitucional de separación de la Iglesia del Estado, que al día siguiente fue votado por unanimidad en el Senado. Perón aseguró que ese era un “clamor del pueblo” y que él hacía lo que el pueblo indicaba.
En el mismo sentido, se derogaron las exenciones de impuestos que gozaban las instituciones religiosas.
El gobierno derogó la ley 12.978 de enseñanza religiosa, se cerraron establecimientos y muchos docentes se quedaron en la calle. Además, el 14 de diciembre de 1954 el Congreso votó la ley de divorcio.
La oposición se hizo sentir: hubo una multitud el día 8 de diciembre, día de la Virgen, que el gobierno intentó minimizar organizando una recepción al boxeador Pascual Pérez, que venía de Japón de haber otenido la corona de campeón mundial Iba a llegar el 7 pero lo obligaron a hacer tiempo en Montevideo para que hiciera su entrada triunfal a Buenos Aires el 8. No juntaron más de 500 personas frente a la Confederación de Deportes.
En la noche del 30 de diciembre de 1954 se dispuso la apertura de prostíbulos a través del decreto 22.532. Dicha norma, que contenía tres artículos, se basaba en el decreto ley de 1944 que reglamentaba las casas de tolerancia, bajo supervisión del Estado. Esta norma había sido refrendada por Perón en 1946.
El Presidente indicó a los ministros de Justicia y del Interior que instruyesen a los gobiernos provinciales, a los territorios y a la municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires a permitir la instalación en zonas adecuadas de los establecimientos a los que se refiere la ley de profilaxis social. Nacían las “zonas rojas”.
El Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública daría a conocer las normas sanitarias de carácter federal, que tendrían carácter de obligatorio. Por su parte, el Estado se reservaba el derecho de clausura “si el interés público así lo requiere”.
En el mismo sentido, junto a la sanción de esa ley, se creó el Sindicato de Meretrices.
La medida fue publicada en el Boletín Oficial en enero de 1955. “Aludiendo a una imperiosa necesidad pública”, se sostenía. Hubo una campaña oficial para justificar su sanción.
El conflicto con la Iglesia recrudeció. El 25 de mayo de 1955 fue la primera vez que un Presidente ni sus ministros no asistieron al Te Deum. El Corpus Christi, que se celebra sesenta días después de Pascua, se transformó en una gigantesca marcha opositora. Curiosamente, el gobierno sacó a los policías de las calles, la gente clamaba en la Catedral por libertad y en el Congreso alguien quemó una bandera argentina. Tiempo después se descubrió que el hecho fue una provocación urdida en los despachos oficiales.
El gobierno deportó al vicario general Manuel Tato y al diácono Ramón Novoa, apenas bajaron del avión en Roma pusieron al tanto al Sumo Pontífice y dos días después el Vaticano anunció la excomunión de Perón.
El enfrentamiento llegó a las peores consecuencias con el brutal bombardeo de la Plaza de Mayo. El blanco era el Presidente, y mataron a 300 personas y hubo 1200 heridos, todos civiles, transeúntes ocasionales.
El 16 de septiembre de 1955 Perón fue derrocado por un golpe militar. Ese gobierno de facto derogó la norma que había establecido nuevamente los prostíbulos en el país. Se cerraba otro de los tantos capítulos entre el gobierno y el poder de la iglesia.
Fuentes: Andrés Carretero – Prostitución en Buenos Aires; Lila Caimari – Perón y la Iglesia Católica; Hugo Gambini – El peronismo y la Iglesia; Diario La Opinión – Texto de los documentos secretos en los que el Papa Juan XXIII levanta la excomunión a Juan D. Perón – 13 de agosto de 1971.
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