Andrea Segundo no se cansaba de mirar a su hermana mientras preparaba tortas en la casa que compartían. Tenía 26 años y ya había cumplido casi una década madrugando para amasar pan casero y luego venderlo. Ese era su sustento, pero con el paso del tiempo comenzó a cansarse de despertar a las 5 de la mañana para trabajar los 25 kilos de harina y repetir el proceso después del almuerzo.
Entonces, su hija tenía 3 años y necesitaba de mucha atención, pero ese era el único ingreso que tenía la familia. “Mi expareja iba al monte a buscar leña y yo lo esperabas para calentar el horno. Juntos hacíamos el pan, kilos y kilos, y recién al mediodía estaba terminada la primera tanda y los vecinos llegaban a comprarlo. Lo vendíamos bien, pero con los años el trabajo se hizo muy cansador porque estaba prácticamente todo el día elaborando pan y si quería hacer algo con mi hija no podía por tener que trabajar en casa”, resume esa etapa la mujer que hoy tiene 29 años y vive en la comunidad guaraní Yacuy, en Salta.
Allí es feliz y desde hace unos tres años pudo levantar su anhelado emprendimiento: tiene una despensa en la que vende las tortas, tartas y cosas dulces que prepara. “Tuve una vida muy dura, pero aprendí que nunca hay que bajar los brazos cuando algo se desea de verdad. En mi infancia, con mis 10 hermanos pasamos muchas necesidades cuando nuestra madre nos abandonó, pero pudimos salir adelante. Pero hoy gracias a lo que yo misma produzco no volveré a pasar necesidades”, asegura la hoy mamá de una hija de 13 años y un nene de 10.

La historia
Aquellos días en los que ver a su hermana batiendo crema era un entretenimiento, quedaron como una anécdota y lo que marcó el inicio de su nueva etapa.
“Al igual que ella, me anoté en los talleres de Repostería y Panadería del Programa Oficios de la organización sin fines de lucro Pata Pila que dieron en mi comunidad en 2019 y 2021, respectivamente. Me encantó porque pude aprender mucho y me dio la posibilidad de buscar mi camino a medida de avanzaba en las cursadas”, cuenta y recuerda emocionada que por esos días también pidió prestamos para comenzar a comprar los utensilios necesarios para hacer las primeras tortas para vender.
Emocionada, sigue: “No es que hacer pan no me gustara, pero me cansaba mucho amasar y era mucha la diferencia también en lo que podía ganar en cada trabajo”. Pasó de amasar 50 kilos de harina por día a hacer una o dos tortas a pedido además de las que siempre tiene a la venta.
Esos talleres los tomó por medio de la organización que ayuda e intenta resolver los problemas que afectan la vida de las familias que se encuentran en situación de pobreza extrema y estructural en la Argentina. “También se transforma en un espacio en el que ven la posibilidad de desarrollar capacidades que no creían existentes y, al mismo tiempo, hacer cosas por y para ellos, potenciando su autoestima y creatividad. También comparten un objetivo en común: aprender el oficio para poder tener sus propios emprendimientos”, explican su rol desde Pata Pila.
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En esos intercambios, Andrea se divertía, aprendía y se sentía contenida y acompañada por el resto de las mujeres. “Hacer una torta me da paz, me tranquiliza. Entro en mi propio mundo”, dice y asegura que apenas se recibió de repostera se animó a volver a soñar: quería tener su propio local de pastelería.
La clientela ya estaba, los vecinos que le compraban pan comenzaron a encargarle las primeras tortas de cumpleaños. Ellos la recomendaban a otros. “Saber que me recomiendan es hermoso y me hace feliz”, agrega y vuelve al pasado que definitivamente quedó atrás.
“Ya no me tengo que levantar a las 5 de la mañana y trabajar hasta las 2 de tarde y volver a hacer lo mismo a las 5 para seguir amasando. Pasé años de necesidades cuando mi mamá se fue de la casa, yo tenía 18 años y fue duro porque con mis hermanas más grandes debimos criar a los más chicos en la casa de Yacuy”. Ella se puso en pareja con su ex marido cuando tenía 16 años y juntos iniciaron aquel emprendimiento de panes.
Atrás quedaron los días difíciles gracias a su esfuerzo y dedicación. “Pude inaugurar una despensa en la que vendo lo que preparo y sigo con los panes para la comunidad. Algún día quiero tener una panadería propia, sé que lo voy a lograr”, dice con orgullo.
La comunidad
Para ella vivir en la comunidad del norte salteño es algo que la emociona y asegura que le gusta. “Cuando vamos a comprar nos alejamos y vamos a otros barrios en los que hay casas enrejadas, llena de rejas, y sé que son lugares peligrosos. En cambio en la comunidad no, nos conocemos todos, podemos estar en la casa del vecino porque hay confianza, tenemos mucha libertad y no tenemos rejas. Esa paz no la cambio por nada”, describe.
“Y los chicos no conocen la tecnología. Saben algo de eso, saben que hay celulares, pero no lo tienen, no lo piden. Mi hija de 13 años no tiene celular, no lo necesita. Y cuando nos reunimos hablamos entre nosotros, mirándonos a los ojos, no como hemos visto, que la gente comparte la mesa pero no habla, no se mira”, reflexiona y asegura: “Este cambio en mi vida modificó todo porque comencé a tener más tiempo parta mis hijos y me siento feliz”.
Pensando en su futuro, finaliza: “Ahora sé que todo lo que me proponga lo podré realizar porque ganas me sobran y porque me propuse nunca más pasar necesidades, nunca. Mis hijos no las pasaron y no las pasarán, mientras yo tenga estas dos manos, estos pies y esta cabecita para pensar no voy a permitir que vivan lo que yo viví”.
*Para conocer el trabajo de Pata Pila puede visitar la web www.patapila.org
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