
Sucede en todos los países hispanoamericanos, incluso en la misma España: la valoración del descubrimiento de América el 12 de octubre de 1492 y su posterior conquista polariza y divide las opiniones entre hispanistas que la rescatan y defienden, y antihispanistas que consideran que en esa fecha no hay motivos para celebrar nada.
Para ser precisos, la versión negativa respecto del protagonismo de España en la conquista de América aparece entre nosotros durante el siglo XVIII cuando la dinastía de los Borbón, de origen francés, accede al mismísimo trono español. Es con Felipe V, el nuevo monarca residente en Madrid, nieto de Luis XIV de Francia y educado en el desprecio hacia España como sinónimo de atraso, oscurantismo y costumbres bárbaras, que la leyenda negra antiespañola comienza a infectar a la realeza y nobleza peninsulares y de ahí pasa a los sectores intelectuales tanto de España y de América. El resultado curioso será el de una España que se avergüenza de sí misma y cree ciega y sumisamente la historia que de ella escriben países que como Holanda, Inglaterra y Francia, habían sido sus tradicionales enemigos. Por cierto, éstos últimos fueron mucho más crueles en el trato que dispensaron a los nativos de sus respectivas colonias, pero por razones no muy claras no se les exigen públicas disculpas ni arrepentimiento alguno.

A partir de 1810 se observan con claridad dos tendencias antagónicas en la política argentina. Una tendencia habrá de valorar la labor de España y, como lógica consecuencia, vivirá las tradiciones heredadas con alta autoestima y orgullo; otra, por el contrario, aborrecerá su pasado, con la consecuencia de estrechar su visión en un marco de minusvaloración y vergüenza. Lo indicado invita a reflexionar sobre cuál de las dos miradas resulta auspiciosa para construir un gran país.
Como continuadores criollos de aquellos monarcas españoles afrancesados que sentían vergüenza de la historia del pueblo que gobernaban, los unitarios representados por Bernardino Rivadavia, denostaron nuestras raíces hispánicas. El tono de los tres discursos con los que Marcos Sastre, Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez inauguraron en 1837 el Salón Literario, fue marcadamente hispanofóbico. Gutiérrez, que llegará a ser años más tarde rector de la UBA y ministro de Educación de la Nación abogó por que los argentinos “nos divorciáramos completamente de las tradiciones peninsulares” y sobre todo del “vínculo fuerte y estrecho del idioma”.

Otro de los padres intelectuales del liberalismo argentino, Domingo F. Sarmiento, no perderá oportunidad en despotricar contra todo lo que huela a hispanidad, mostrando por el contrario una veneración casi enfermiza por todo lo que fuese anglosajón. Algo que excede estas líneas y debería ser objeto de un abordaje más desde lo psicológico que desde lo histórico, sería indagar acerca de las razones por las que tantos intelectuales de indudable ascendencia ibérica sintieron –y sienten- tanta repulsa por su propia cultura a la que no le conceden un solo mérito, cultura que, guste o no, edificó 35 universidades en América, compuso literatura excelsa y arte del más variado, y construyó un imperio que duró tres largos siglos.
Pero si ese tono identificaba a las minorías intelectuales porteñas en el siglo XIX, las mayorías populares seguirán, por el contrario, a los caudillos federales. En particular destaca Juan Manuel de Rosas que en un célebre discurso en ocasión del 25 de mayo, en 1836, despejó las dudas respecto de la Revolución aclarando que la emancipación política de la metrópoli no significó para nosotros repudiar la herencia cultural recibida de la Madre Patria.
En relación con el hispanismo de Rosas, un intelectual al que resulta imposible vincular con posiciones ultramontanas, José Pablo Feinmann, agudamente señala que “el españolismo de Rosas, que muchos liberales de izquierda y derecha han entendido como restauración de la colonia, feudalismo o meramente barbarie, significa la clara percepción de un problema político: desligar a un pueblo de su pasado es debilitarlo como nación.” (citado por Pacho O’Donnell en Rosas, el maldito de nuestra historia oficial).

Vencido Rosas en 1852, toman las riendas del poder los antiguos rivadavianos ahora devenidos en liberales a secas. Desde las cátedras universitarias y la prensa escrita se asiste a un despliegue argumentativo que, con pocas excepciones, exuda prejuicio contra lo ibérico que no admite disidencias. Pero la atmósfera que se respira en ese mundillo de minorías privilegiadas no alcanza, por fortuna, a lo que años más tarde Raúl Scalabrini Ortiz definirá como “el subsuelo de la Patria”.
Otro caudillo de indudable arraigo popular, primer radical en alcanzar la presidencia, Hipólito Yrigoyen, habrá de jerarquizar la efemérides del 12 de octubre instituyéndola como Fiesta Nacional mediante decreto presidencial Nº 7112 del 4 de octubre de 1917. Si bien en ninguna parte de la norma utiliza la expresión “Día de la Raza” el feriado pasará, por el uso, a ser denominado con ese título. En el decreto se lee, como parte de sus fundamentos, “que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático y magnifico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones americanas”.

Al igual que lo que apuntaba Feinmann en orden a que el hispanismo de Rosas no era mera nostalgia sino una herramienta política, lo mismo podríamos decir de la actitud de Yrigoyen sobre el tema. La Argentina era una nación respetada a nivel mundial y con indudable preeminencia en el continente, incluso rivalizando en algunos aspectos con los Estados Unidos de Norteamérica, que fomentaban un “panamericanismo” liderado por ellos mismos. A ese intento siempre se opuso la Argentina, incluso antes de que Yrigoyen llegara al poder. Reconocer a la Madre Patria y celebrar el 12 de octubre -decisión que pronto imitarán todos los países hispanoamericanos- era el modo simbólicamente más claro de plantarse frente al liderazgo anglosajón y protestante de los EEUU, que pretenderá inútilmente extender al continente su categoría de “patio trasero” que ya aplicaba sobre el Caribe.

La llegada del peronismo al poder en 1946 significó un duro golpe al relato hispanofóbico. La incontrastable adhesión popular, sumado a la proyección internacional que experimentará la Argentina de aquellos años, y el gesto simbólico aún hoy recordado de la ayuda alimentaria dada a la España de la posguerra, convertirán a la Argentina en un faro en la defensa de la obra civilizadora de la que éramos herederos.
Evita escribirá: “Esa raza inmortal, descubridora y conquistadora, encontró en este mundo nuevo el teatro ideal para el ejercicio de sus virtudes. Dictó leyes de humanidad y fraternidad doscientos años antes que los enciclopedistas osaran mencionar los derechos del hombre; proclamó la igualdad ante el Creador de todas las criaturas y abonó con la sangre y con el alma de su pueblo los surcos del porvenir” (Subsecretaría de Comunicaciones de la Presidencia, 1951).

En un discurso del 14 de noviembre de 1947, en ocasión de recibir el doctorado honoris causa, el general Juan Domingo Perón afirmó: “Pasaron los siglos del olvido y las horas de ingratitud. Nosotros, los argentinos, tus hijos predilectos, hemos labrado en el frontispicio de nuestras Universidades una leyenda de imperial resonancia, una leyenda de filial gratitud y de sabor hogareño, una leyenda que dice: No se pondrá jamás el sol de nuestra cultura hispánica.”
Quizás sea eso lo que algunos no le perdonan al justicialismo de aquellos años, haber hecho orgullosamente hispanista a las grandes mayorías populares, o en otras palabras, que el rescate de nuestra cultura no quedara recluida a círculos minoritarios, ni asociado a una posición “de derecha”, sino que se manifestara como genuinamente popular, sólidamente arraigado en las mayorías.

Resulta contradictorio identificarse con los referentes de los grandes movimientos populares de nuestra historia y asumir hoy acríticamente una posición indigenista y antihispánica, fomentada y financiada en muchos casos por aquellos mismos enemigos ancestrales que hemos señalado.
Derribar la estatua de Cristóbal Colón parece ser funcional a un discurso indigenista que además de basarse en una falsificación de la historia, apunta a una nueva fragmentación de la América del Sur.

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