
El jueves 8 de octubre de 1812 la plaza mayor apareció poblada de tropas. Desde las primeras horas de la madrugada, los cabildantes estaban en sus despachos y vieron cómo desde antes de la salida del sol se congregaban soldados y vecinos. Los que los preocupó fue ver los cañones apostados en las bocacalles y otros dos dispuestos en el arco central de la recova apuntando a las casas consistoriales, donde se habían refugiado miembros del gobierno. Una de las unidades era el flamante regimiento de granaderos creado por José de San Martín. Los jefes militares tenían algo en común: se identificaban con la Logia Lautaro.
San Martín había regresado al país en marzo. El convulsionado clima político que se respiraba en Buenos Aires requería un cambio de rumbo para concretar los planes libertadores que el militar, formado en España, planeaba llevar adelante.
Se había ido del país en 1784 a los seis años y cuando bajó a tierra era un teniente coronel de caballería fogueado durante veinte años en los campos de batalla peleando para la entonces madre patria. Tenía todas en contra: era un militar sin recursos, sin familia en Buenos Aires ni amigos y su único contacto con la sociedad porteña era Carlos María de Alvear.
Había llegado a un país que necesitaba un cambio, que se debatía en una puja entre morenistas y saavedristas. Los primeros eran proclives a llevar la revolución a fondo, rompiendo con España. Y los que seguían a Cornelio Saavedra se veían reflejados en los grupos locales que buscaban una conciliación con España, y que siempre estuvieron mirando qué pasaba en Europa antes de tomar decisiones drásticas. Alejado Moreno, sus contrincantes quedaron dueños de la situación pero el modo vacilante con que se manejaba Saavedra hizo que rápidamente concentrase las antipatías del Cabildo, de los militares y de la gente. La derrota que el ejército patriota sufrió en Huaqui el 20 de junio de 1811 fue el golpe de gracia y así nació el Primer Triunvirato.
Este gobierno, conformado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso fue concentrando poder, emanado de un Estatuto Provisorio que elaboró para tal fin. Primero disolvió la Junta Conservadora, organismo con atribuciones legislativas. Quiso mostrar un equilibrio indultando a morenistas, incorporando algunos al gobierno pero este sector se le puso en contra al ver la orientación que tomaba. No demoraron en aparecer los artículos demoledores de Bernardo de Monteagudo en La Gaceta, con severas críticas contra el Triunvirato y Bernardino Rivadavia, el secretario de ese ejecutivo que, si bien no tenía derecho a voto, poseía mucha influencia.
Fue ese gobierno el que aceptó la escarapela creada por Belgrano pero también el que rechazó la creación de la bandera y que recomendó esconderla a partir de una razón concreta: ante el peligro de una invasión lusitana, Gran Bretaña prometió frenarla a cambio de no exacerbar más los ánimos de España, entonces su aliada contra Napoleón. Y una bandera propia era una provocación extra.
No respetó las opiniones de las provincias, la prensa había sido censurada y se patrullaba la ciudad para desalentar manifestaciones contra el gobierno. Reconoció la autonomía del Paraguay, levantó el sitio de Montevideo -bastión realista- y trajo las tropas para reforzar Buenos Aires, persiguió a José Artigas y frenó las acciones militares. Beruti en sus Memorias Curiosas describió el clima que se vivía: “Cansados de sufrir el despotismo y arbitrariedades del gobierno…”
En una reunión San Martín se expresó a favor de la monarquía como un futuro gobierno en estas tierras y Rivadavia le salió al cruce: “¿Con qué objeto viene usted entonces a la República?”, preguntó. “Con el de trabajar por la independencia de mi país natal, que en cuanto a la forma de su gobierno, él se dará la que quiera en uso de esa misma independencia”.
Cobró fuerza el grupo morenista en torno a la Sociedad Patriótica y a Monteagudo, que bregaban por la independencia, tema que no estaba en la agenda del Primer Triunvirato.
En dos oportunidades, Rivadavia se vio obligado a disolver la asamblea general prevista por el Estatuto Provisorio porque había sido copada por miembros de la Logia Lautaro. Cuando el gobierno incorporó a miembros adeptos, a Rivadavia se le vino el mundo abajo cuando se conoció la noticia del triunfo de Manuel Belgrano en Tucumán, que dio batalla desoyendo sus órdenes de retirarse a Córdoba.
El desprestigio era total.
Así se llegó al 8 de octubre de 1812. A la una de la madrugada de ese día las tropas ocuparon la plaza y los cañones al mando de Manuel Pinto fueron señal suficiente para los funcionarios locales. Se distinguían los granaderos de San Martín, acompañado por Carlos de Alvear, ubicados a la izquierda del Fuerte; a la derecha, el Regimiento N° 2 al mando de Francisco Ortiz de Ocampo.
Pero no solo soldados dominaban el lugar. La plaza estaba colmada de civiles, partidarios de la Sociedad Patriótica, llevados por el propio Monteagudo y Julián Álvarez. Paso, que hacía unos meses había renunciado al Triunvirato luego de pelearse con Chiclana, también había llevado a su gente. Rivadavia y Juan Martín de Pueyrredón –que reemplazó a Paso- se habían ocultado. Hubo exaltados que fueron a la casa de éste último y le apedrearon las ventanas. Los morenistas acusaban a Pueyrredón de quedarse con parte de los caudales rescatados en Huaqui y de jugar a dos puntas, tanto con saavedristas como con morenistas.
En la plaza se pedía el fin del gobierno y la convocatoria a una asamblea general que declarase la independencia y dictase una constitución. Debió ser un tema de debate dentro de la logia si debía presionar de esa manera, ya que su programa de acción la convulsión era una medida extrema.
Era como si el tiempo hubiese vuelto a mayo de 1810, era como empezar de nuevo.
El Cabildo consultó a los jefes militares, quienes se negaron a opinar y dijeron que respaldarían lo que decidiese el pueblo. Como la indecisión en el gobierno era notoria, los jefes militares propusieron los nombres de los miembros de la logia Lautaro, Antonio Alvarez Jonte y Nicolás Rodríguez Peña y se completó el trinomio con Paso.
“¡No perdamos más tiempo! -exigió San Martín al Cabildo. Les advirtió que el clima se tornaría más hostil y que había terminar con esta situación de indecisión, y se retiró.
El Cabildo terminó cediendo y así surgió el Segundo Triunvirato. Nuevos vientos soplarían en el Río de la Plata: en enero del año siguiente comenzaría a sesionar la Asamblea del Año XIII, San Martín fue designado para custodiar las riberas del río Paraná, Belgrano recibió la orden de avanzar hacia el Alto Perú y se harían operaciones militares contra la Banda Oriental, enclave de los españoles en el Río de la Plata.

El 17 de octubre llegaron a la ciudad las banderas tomadas a los españoles en la batalla de Tucumán y todo fue festejo en la ciudad.
La relación entre San Martín y Rivadavia, si era mala, sería aún peor. Cuando en plena campaña libertadora, pidió fondos y ayuda a Buenos Aires, Rivadavia se los negó. El militar había hecho oídos sordos a los pedidos del gobierno porteño de regresar a Buenos Aires e involucrarse en la guerra contra los caudillos del interior. Cuando luego de la entrevista de Guayaquil se retiró de escena y volvió a Mendoza, hasta le pusieron espías y hubo planes para matarlo cuando pretendiera volver para despedir a su esposa moribunda.
Luego del golpe del 8 de octubre de 1812, San Martín saldría con su flamante cuerpo de granaderos hacia las costas del Paraná. En pocos meses tendría el bautismo de fuego en tierra americana en San Lorenzo. La revolución ahora en sí estaba en marcha.
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