
Marisel es la piloto. Su copiloto, no solo en la ruta sino también en la vida, es Pablo Alvarado. Hace cinco meses desarmaron su casa en Río Tercero en busca de nuevas aventuras. Aunque nunca pensaron el destino ni el itinerario. Su única certeza es su nuevo hogar de cuatro ruedas que tiene nombre y apellido: La caprichosa viajera.
“La gente con la que nos cruzamos no puede creer que tengamos más de 60 años y hayamos decidido salir de la rutina para disfrutar de una vida más sencilla en movimiento. No le podemos pedir más a la vida”, le cuenta Marisel (66) a Infobae desde Río Grande, Tierra del Fuego, donde se estacionaron hace una semana.
Marisel y Pablo se conocieron hace cuatro décadas en la provincia de Córdoba. Ella era propietaria de un local de insumos de limpieza, y él vivía en el piso de arriba. “Nos cruzábamos a diario, hasta que ocurrió lo inevitable”, relata.
Dicen que se enamoraron instantáneamente. Por eso, once meses más tarde decidieron casarse. “Al poco tiempo nacieron nuestros dos hijos, Joel (33) que nos dio nuestro primer nieto, Valentin, y Pablo (31), que vive en Tulum, México. Ahí queremos llegar con la Caprichosa”.
Si bien no tienen un plan rutero marcado, ni fechas límites, su objetivo es cruzar todo el continente Sudamericano para reencontrarse con su hijo menor. “En el parabrisas se lee de Río Tercero a México, creo funciona como nuestra brújula”, destacan.
Una nueva oportunidad
Antes de jubilarse, Marisel se desempeñaba como peluquera y podóloga, y Pablo tenía su empresa de parquizaciones, hasta que no pudo trabajar más. En 2015 fue diagnosticado con PTI (Púrpura Trombocitopénica Inmunitaria), una rara enfermedad que combate las plaquetas en sangre. “En una cirugía de emergencia le debieron extraer el bazo. A partir de ahí sufrió distintas complicaciones de salud, tuvieron que hacerle un reemplazo de cadera”, revive Marisel. En más de una ocasión Pablo estuvo al borde la muerte, pero le dio batalla. “Vi cómo luchamos juntos. Fueron tres largos años con distintas hospitalizaciones e intervenciones de todo tipo, pero salimos adelante”.
La situación límite los llevó a plantearse otra forma de vida. Ya habían criado a sus dos hijos, también estaban al cuidado de sus padres. “Ahora vamos a hacer lo que amamos: viajar”, se propusieron.

Mientras Pablo seguía internado. Marisel se animó a ir más allá. “A la Caprichosa, (apodada así por todos los problemas mecánicos que manifiesta, poco relevantes aunque les genera contratiempos), la encontré por Internet. Viajé a Villa María, le saqué unas fotos, y se la mostré a mi marido. Le encantó, y la compramos. Antes de este viaje solo la usábamos los fines de semana”.
Un plan caprichoso
Meses antes de la pandemia comenzaron con los preparativos de la travesía “Senior”. “Sí, somos de esa categoría. No nos molesta. Al contrario, la gente se siente inspirada al vernos recorrer porque en la comunidad viajera son todos jovencitos”. Empezaron vendiendo la maquinaría usada para los servicios de jardinería, muebles, ropa y lo que estaba en desuso. Ya estaban más cerca de su meta. Con ese dinero y algo de ahorros transformaron la camioneta, la camperizaron y convirtieron en su nuevo hogar. Antes investigaron otros modelos. “Leímos sobre la vida nómade. También estudiamos distintos diseños de ambientes. De todas las experiencias tomamos algunas ideas que nos sirvieron para hacer algo a medida”.
La Caprichosa viajera cuenta con todo lo que necesita la pareja. En el fondo armaron una cama de dos plazas. Instalación de paneles solares para la cocina, la heladera, y una alacena. También idearon una mesa rebatible, e incluso construyeron un baño. “Fue una tarea comunitaria, no lo hubiéramos podido hacer sin nuestros amigos, vecinos e hijos”.
El 3 de octubre de 2021, en el contexto incierto de la pandemia, dejaron Río Tercero, en busca de su sueño. Ya pasaron recorrieron las provincias del Norte, Salta , Jujuy y desde hace 50 días descubren las bellezas del Sur: Ushuaia, Tierra del Fuego, y pronto tomarán la Ruta 40 rumbo al norte.

“Vivimos tranquilos. Hacemos lo que tenemos ganas sin tener que pensar en pagar cuentas o como llegar a fin de mes. Contamos con la jubilación mínima y cocinamos pastelitos o vendemos artesanías para solventar parte de nuestros gastos, que son pocos (combustible, comida, y servicio de telefonía)”.
Llega la pregunta de rigor, si están felices con la decisión de vivir viajando. “Amamos nuestra vida. En el camino conocimos gente maravillosa que es la que nutre esta experiencia. Lo único que extrañamos son los afectos. El resto fue pura ganancia. Es como si hubiéramos revivido”.
Y comparten, para el final, sus lista de cuatro aprendizajes fundamentales:
-Hacer amigos
-Conocer lugares
-Amanecer libres
-Enamorarse de los caminos y del día a día
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