La increíble lucha de Mariquita Sánchez de Thompson por casarse con su verdadero amor a pesar de sus padres

Para sus progenitores, el pretendiente era un inglés que no pertenecía a su misma clase social. Ella, una adelantada a su época, debió recurrir a la justicia para que el matrimonio pudiese llevarse adelante

Mariquita Sánchez pertenecía a una familia de buena posición. Vivía en la calle del Empedrado - hoy Florida- al 200.
Mariquita Sánchez pertenecía a una familia de buena posición. Vivía en la calle del Empedrado - hoy Florida- al 200.

Llamaba la atención de los transeúntes en las calles de Washington o de Nueva York ese individuo, vestido en forma muy modesta, con una levita cortona y raída, que de la nada hablaba o le gritaba a la gente con la que se cruzaba. Era 1817 y el pobre hombre llamado Martín Thompson, terminó internado en un hospital para enfermos mentales. Algunos lo llamaban “Mister Mariquita”, en alusión a la esposa que lo esperaba en Buenos Aires.

Su historia con su mujer había comenzado quince años atrás.

A los 14 años los padres de la chica le habían elegido con quién debía casarse. Eran tiempos en que las familias de posición planeaban meticulosamente la elección del candidato para asegurar la fortuna familiar. Con sorpresa, don Cecilio y doña Magdalena se encontraron con la respuesta inesperada de su única hija: el rotundo no de la niña, si ella ya estaba enamorada de otro.

María Josefa Petrona de Todos los Santos era, para todo el mundo, Mariquita. Había nacido en la ciudad de Buenos Aires el 1 de noviembre de 1786. Su papá, Cecilio Sánchez Velazco, era un rico comerciante español y su mamá, Magdalena Trillo, una criolla viuda de Manuel del Arco, de quien había heredado una fortuna. Vivían en una amplia vivienda en la manzana comprendida entre Florida (Unquera en esos tiempos o del Empedrado), Sarmiento, San Martín y Perón.

El candidato que ellos habían elegido era Diego del Arco, un español, pariente del primer marido de la mamá de Mariquita. Pero ella solo tenía pensamientos para su primo segundo, ese rubio de ojos azules que se llamaba Martín Jacobo Thompson. Había nacido en 23 de abril de 1777, pertenecía a la Real Armada española, pero en la evaluación de los padres de Mariquita, no pertenecía a su misma clase social y que si se casaban, se corría el riesgo de que dilapide el patrimonio de los Sánchez Velazco.

Martín Jacobo Thompson, primo de Mariquita, debió lidiar tres años hasta lograr la autorización para casarse.
Martín Jacobo Thompson, primo de Mariquita, debió lidiar tres años hasta lograr la autorización para casarse.

Como el papá de Mariquita tenía una excelente relación con el virrey Joaquín del Pino, el muchacho, que se desempeñaba como ayudante de la División Cañoneras en el puerto de Buenos Aires, fue sorpresivamente trasladado a la ciudad de Montevideo, y como le pareció que no lo habían enviado muy lejos, logró su traslado a Cádiz, al otro lado del Atlántico.

Como Mariquita continuó en su postura de no casarse con el candidato que le imponían sus padres, fue recluida en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, que aún está en avenida Independencia y Salta, donde era costumbre que la sociedad colonial pasase unos días de meditación, de ayuno o en hacer algún tipo de penitencia más drástica, como la de acarrear una pesada cruz alrededor de un patio interior. El padre de la chica falleció en 1802 y su esposa se puso aún más firme en hacer cumplir el mandato paterno. No iba a tolerar el casamiento con ese muchacho, cuyo padre había muerto, su mamá se había recluido para siempre en un convento y él había sido criado por un tutor, Martín José de Altolaguirre, de quien sospechaba que también promovía esta unión para acceder a la fortuna de los Sánchez Velazco.

La resistencia de Mariquita ya llevaba tres años. Había cumplido los 17 cuando Martín, con la excusa de que debía viajar a Buenos Aires para poner en orden la herencia familiar, obtuvo el permiso para regresar. En 1804 llegó a Montevideo.

Años más tarde, Mariquita recordaba a Candelaria Somellera que “nosotras sólo sabíamos ir a oir misa y rezar, componer nuestros vestidos y zurcir y remendar”.

Cuenta la leyenda que el joven Martín, solo para verla, se tiznaba el rostro y entraba a la casa como aguatero. Y siempre mantuvieron una correspondencia en secreto.

El 7 de julio de ese año, Martín recurrió a la justicia. Invocó a la “Pragmática Sanción para evitar el abuso de contraer matrimonios desiguales”, sancionada en 1776 por el rey Carlos III y que se estaba vigente en las colonias americanas desde 1778. Se aplicaba cuando el padre no otorgaba el consentimiento al considerar ese casamiento como una unión desigual. Para cuando estalló el caso de Mariquita y Martín, había sido re sancionada con el nombre de “Real Cédula sobre matrimonios de hijos de familias”. Y argumentando ese recurso, el muchacho inició juicio de disenso contra Magdalena Trillo, la mamá de la chica.

La Pragmática Sanción de 1803 fue clave para destrabar el pleito generado en torno a la autorización de la unión entre Mariquita y Martín.
La Pragmática Sanción de 1803 fue clave para destrabar el pleito generado en torno a la autorización de la unión entre Mariquita y Martín.

Martín solicitó que se consultase la opinión de la novia, a lo que la madre se opuso, ya que era una joven inocente e inexperta. La mujer se defendió con el argumento que Thompson no tenía reparos en gastar dinero y que seguramente los dejaría en la ruina.

La cuestión debía resolverla el virrey del Pino. Pero la suerte estuvo de lado del demandante. Porque Del Pino fue reemplazado por Rafael de Sobremonte, que veía con buenos ojos el adaptarse a los tiempos que cambiaban y, luego de analizar los antecedentes y las posiciones de ambas partes, el 20 de julio de 1804 falló a favor de Thompson.

Los casó el confesor de Mariquita, fray Cayetano Rodríguez, el 29 de junio de 1805. Tuvieron cinco hijos: Clementina, nacida en 1807; Juan, en 1809; Magdalena, en 1811; Florencia, 1812 y Albina, en 1815.

Lo que hizo en su vida demostró que era una mujer especial, adelantada a su época. Eran imperdibles las tertulias que organizaba en su casa, donde se daba cita todo Buenos Aires. Se dice que allí se ejecutó por primera vez el Himno Nacional, y que la música la compuso Blas Parera en su piano, ya que él -que sobrevivía dando clases de música en el Hogar de Niños Expósitos- no disponía de uno. Además, participó de recolección de fondos para la compra de fusiles, junto a otras mujeres de la sociedad porteña, que pasarían a la historia como las “damas patricias”.

Tuvo un matrimonio feliz, aunque corto. En 1815, con un flamante ascenso a coronel, Martín Thompson fue enviado en una misión diplomática a los Estados Unidos para sumar apoyos a la causa de la independencia de estas tierras y conseguir recursos. Tenía 39 años y estaba enfermo. Era un militar que se había destacado en las invasiones inglesas y al adherir a la revolución de Mayo, donde votó por la deposición del virrey, la Primera Junta lo nombró al frente de la Capitanía de Puertos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, precursora de la Prefectura Naval Argentina.

La tradición cuenta que el Himno Nacional se cantó por primera vez en los salones de la casa de Mariquita, donde se hacían tertulias a las que iba todo Buenos Aires.
La tradición cuenta que el Himno Nacional se cantó por primera vez en los salones de la casa de Mariquita, donde se hacían tertulias a las que iba todo Buenos Aires.

En el país del Norte, debía entrevistarse con el presidente y con el secretario de Estado, lo que nunca logró, ya que se tomó atribuciones que no consultó previamente con el gobierno, como la de apoyar una invasión a Florida, por entonces bajo dominio español y eso molestó al gobierno norteamericano. También debía contactar a los patriotas mexicanos. El director supremo Juan Martín de Pueyrredón lo despidió del cargo en 1817.

Mariquita, alertada del estado de salud de su marido, le mandó fondos para que pudiese regresar. Lo hizo en un buque en el que no habría sido bien atendido. Los detalles fueron narrados por Héctor Viacava en “Andanzas, mentiras y desventuras de un coronel de Napoleón”. Se desconoce el día exacto de su fallecimiento, pero se sabe que el 23 de octubre de 1819 su cuerpo fue arrojado al mar. Su esposa se enteraría meses después de su muerte.

Ella, a los 34 años -se consignó 30 en el acta para que no fuera tanta la diferencia de edad- se volvió a casar. Fue con un francés, Jean-Baptiste Washington de Mendeville, de 27 años. Con Mendeville tuvo tres hijos, Julio, Carlos y Enrique. No fue un matrimonio feliz. El fue nombrado cónsul francés luego de insistirle a su esposa para que moviese sus contactos para lograr el cargo. Las ausencias del marido, que cada vez se prolongaban más, hizo que por 1837, ya estuviesen virtualmente separados.

El único daguerrotipo que existe de Mariquita. Fue tomado en 1854. "Una cosa admirable", escribió la mujer a su hijo
El único daguerrotipo que existe de Mariquita. Fue tomado en 1854. "Una cosa admirable", escribió la mujer a su hijo

Con el gobierno de Bernardino Rivadavia, fue socia fundadora de la Sociedad de Beneficencia. “Debemos poner la caridad en manos de las mujeres”, decía Rivadavia. Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, su amigo de la infancia, ella se exilió en Montevideo, y hacía esporádicas visitas a Buenos Aires, “la tierra de mis lágrimas”, como se lamentaba.

Luego de la caída de Rosas, continuó con su vida social y con las tareas de la Sociedad de Beneficencia. Murió el 23 de octubre de 1868, a una semana de cumplir los 83 años.

En una pared de la Casa de Ejercicios Espirituales, donde la habían mandado para que entrase en razones y se casase con el novio que imponían sus padres, hay una placa que recuerda su paso: “Aquí estuvo recluida Mariquita Sánchez, por desobediencia a sus padres”.

Es que era una muchacha especial.

Fuentes: Mariquita Sánchez, vida política y sentimental, de María Sáenz Quesada; Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas, de Lily Sosa de Newton

SEGUIR LEYENDO:

TE PUEDE INTERESAR