Pocos barcos contra la poderosa flota brasileña, pero mucho coraje: la victoria del Almirante Brown con 12 mil porteños como espectadores

El Combate de los Pozos tuvo lugar el domingo 11 de junio de 1826 a escasa distancia de la ciudad de Buenos Aires, con los vecinos trepados a los techos. Los brasileños tenían el triple de barcos y hombres, pero la arenga de Brown fue poderosa: “Fuego rasante, que el pueblo nos contempla”

Oleo que representa el combate de Los Pozos, librado a escasas millas de dársena norte, frente a la ciudad de Buenos Aires.
Oleo que representa el combate de Los Pozos, librado a escasas millas de dársena norte, frente a la ciudad de Buenos Aires.

Ese domingo no había altura en la ciudad de Buenos Aires que no estuviera tomada por los vecinos. Terrazas, techos y campanarios de las iglesias desbordaban de gente, todos mirando fijamente hacia el río. Se calculó que eran cerca de doce mil las personas que esa tarde de otoño estaban expectantes ante el combate naval que se desarrollaría entre la poderosa escuadra brasileña y la modesta flota argentina.

La guerra había llegado al Río de la Plata.

La disputa entre las Provincias Unidas y el Brasil por la Banda Oriental estalló cuando los famosos 33 Orientales, al mando de Juan Lavalleja y Manuel Oribe emprendieron en 1825 su cruzada para incorporar ese territorio a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Luego que en los combates de Rincón de las Gallinas y Sarandí derrotaron a fuerzas brasileñas, éstas bloquearon todos los puertos de nuestro territorio y reforzaron con tropas la Banda Oriental. En noviembre, Juan Gregorio de Las Heras rompió relaciones diplomáticas y el 10 de diciembre de 1825 Brasil nos declaró la guerra.

El almirante Guillermo Brown fue un hábil e inteligente marino que comandó con éxito la escuadra naval patriota.
El almirante Guillermo Brown fue un hábil e inteligente marino que comandó con éxito la escuadra naval patriota.

Ese notición, tema excluyente en bares, tertulias y calles de Buenos Aires, exaltó y preocupó a los porteños. Ellos disponían de una poderosa flota naval y nosotros unos pocos barcos, muchos de ellos mercantes, que hubo que artillarlos de apuro. La reforma militar impulsada por Martín Rodríguez y por su ministro Bernardino Rivadavia había hecho ahorrar mucho dinero al erario, pero había debilitado al ejército, y no se había pensado en armar una verdadera escuadra naval.

Bernardino Rivadavia le ofreció a su amigo el capitán de navío Roberto Ramsay hacerse cargo de la flota, pero éste aseguró que la mejor persona para el trabajo era el marino más experimentado de la ciudad. El mayor coronel Guillermo Brown, que vivía retirado en su quinta Casa Amarilla, fue puesto a cargo de la escuadra. Su segundo era el francés Juan Bautista Azopardo y se desempeñó como mayor de órdenes Martín Warnes, aunque meses después éstos dos militares dejarían la flota al ser acusados injustamente por su desempeño en el combate de Punta Colares. De las cañoneras se ocuparon Bartolomé Ceretti, Leonardo Rosales, Nicolás Jorge, Antonio Richitelli, Juan Francisco Seguí, Felipe Scaillet y Victorio Francisco Dandreis.

Y se lanzó a la guerra naval, con el Río de la Plata como escenario.

El primer encuentro con los brasileños ocurrió el 9 de febrero, donde la flota patriota ocasionó serios daños a la fragata Itaparica; el 1 de marzo asaltó Colonia; el 11 del mes siguiente atacó a la fragata Niteroy y el 28 de abril realizó un ataque nocturno a la fragata Emperatriz. Sobresalía el genio militar de Brown, que sería alabado por los propios enemigos.

Luego vino Los Pozos.

En el amanecer del domingo 11 de junio de 1826 se vieron 23 barcos y ocho balandras cañoneras, que navegaban con viento a favor. Era una poderosa flota brasileña al mando del capitán de navío James Norton, comandante de una división que debía mantener el bloqueo a los puertos e intentar destruir la escuadra patriota. Hacía dos días que había cumplido 37 años.

Los Pozos era un fondeadero que se veía desde la ciudad, ubicado a escasas tres millas de lo que hoy es Dársena Norte. Brown había elegido ese punto porque lo consideró una posición favorable por sus bancos de arena, lo que lo convertía en un lugar de peligrosa navegabilidad. La fuerza patriota estaba conformada por la fragata 25 de Mayo, los bergantines República e Independencia, la barca Congreso y seis cañoneras, y contaba con una tripulación de 750 hombres reclutada con marinos, muchos extranjeros, y a partir de levas de vagos, delincuentes y aventureros, a quienes hubo que formarlos de apuro.

Los comandantes patriotas leyeron la proclama que Brown hizo distribuir: “Marinos y soldados de la república, ¿veis esa gran montaña flotante? Son treinta y un buques enemigos, mas no creáis que vuestro comandante abriga ningún recelo, pues que no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la 25 de Mayo, que será echada a pique antes que rendida. Camaradas: confianza en la victoria, disciplina y tres vivas a la patria. Guillermo Brown. Pozos, frente al enemigo, 11 de junio de 1826”.

El almirante Guillermo Brown, ya anciano, en un daguerrotipo.
El almirante Guillermo Brown, ya anciano, en un daguerrotipo.

La fragata insignia enemiga, Niteroy y otros buques no pudieron avanzar por su gran calado y por la poca agua. Norton, pasado a la corbeta Itaparica, dio la señal de ataque a su flota formada por 31 embarcaciones, 266 bocas de fuego y cerca de 2300 hombres, que los porteños veían pasar en una interminable caravana frente a la ciudad.

Norton sabía que Brown tenía su escuadra fraccionada, ya que el día 6 el teniente Leonardo Rosales había llevado a Colonia tropas en las goletas Balcarce, Sarandí, Río y Pepa y en las cañoneras Número 8 y Número 9.

Viendo la debilidad de naves de Brown, Norton dispuso convertirlas en cenizas. Pero el marino irlandés sabía lo que haría. Ordenó: “Fuego rasante, que el pueblo nos contempla”.

Desde la ciudad, todo era humo y destellos rojizos que despedían el fuego de los cañones. Los brasileños no podían acercarse lo suficiente a los barcos argentinos, protegidos tras bancos de arena.

Treinta minutos después, Brown ordenó suspender el fuego. Los porteños que presenciaban el espectáculo temieron que al disiparse el humo, nuestra flota apareciese destrozada. Grande fue la sorpresa cuando comprobaron que ninguna había sido hundida. Todo fue júbilo y algarabía, y sombreros y pañuelos fueron revoleados por los aires.

Llegó al lugar de la acción un grupo de embarcaciones al mando del comandante Rosales que se acercó por el banco de las Palmas. Y los brasileños vieron la oportunidad de atacarlo. Pero Brown, rápido de reflejos, a bordo de la cañonera Número 12, seguida por otras cinco fue al encuentro de las naves brasileñas que ya tenían a Rosales en la mira. Hubo un intenso cañoneo que los brasileños interrumpieron por la escasa profundidad del río y al anochecer, finalmente, se retiraron.

Cuando Brown desembarcó en el puerto para ir a dar cuenta al gobierno en la Fortaleza, el pueblo lo llevó en andas. En el trayecto Carmen Somellera le colocó una guirnalda de flores en la cabeza y dicen que de la emoción la mujer cayó desmayada en los brazos del marino.

“A pesar de haber sido hoy atacado por treinta y un buques enemigos, han sido rechazados sin haber tenido la menor novedad en nuestra escuadra (…) No puedo sino ponderar a Vuestra Señoría el valor y entusiasmo de la oficialidad y tripulaciones de los buques que tengo el honor de mandar”, escribió Brown en el parte.

El 3 de julio, en un acto realizado en la Sala Argentina, un grupo de damas le obsequió una bandera con la fecha del 11 de junio de 1826 bordada en oro. Se la entregó María Sánchez de Mendeville. Todo en la ciudad era entusiasmo. Se abrieron colectas públicas para repartir lo recaudado entre las tripulaciones, así como víveres y enseres para los buques.

La bandera que las damas le obsequiaron a Guillermo Brown,  y que fue enarbolada en distintos combates navales.
La bandera que las damas le obsequiaron a Guillermo Brown, y que fue enarbolada en distintos combates navales.

Después Brown fue al colegio de Ciencias Morales a exhibir la bandera a los alumnos y fue recibido por el rector Manuel de Irigoyen. Era el ídolo del momento y hubo quienes lo veían como el salvador de la patria.

El 22 de julio se estrenó la comedia “Los montañeses”, interpretada por aficionados ingleses, que la representaron en ese idioma. Lo recaudado fue repartido entre la tripulación que se había batido en Los Pozos.

La bandera que le habían obsequiado las damas porteñas fue enarbolada en distintos combates navales que libraría. Su último acto de servicio de esta enseña fue cubrir el féretro que contenía los restos del viejo almirante, al que Juan Manuel de Rosas llamaba “el viejo Bruno”, aquel que con unos pocos barcos, había hecho historia. De la grande.

Fuentes: Guillermo Oyarzábal: Guillermo Brown, Librería Editorial Histórica EmilioJ. Perrot; Felipe Bosch, Guillermo Brown, biografía de un almirante, editorial Alborada; Miguel Angel De Marco, Corsarios Argentinos, Planeta.

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