
La Cancillería siempre fue el botín más preciado de los gobiernos constitucionales y también de los de facto. Hay siempre algo mágico, llamativo y deslumbrante, alrededor del viejo palacio que perteneció a la familia Anchorena y que más tarde pasó a llamarse el Palacio San Martín. Para muchos, entrar por los amplios portones de la calle Arenales 721 otorgaba (u otorga) lustre intelectual, ascenso en la ponderación social, cocktails, viajes al extranjero y buenos sueldos en el exterior. A tal punto que los ajenos a la Cancillería la llamaban “la cuna encantada”. Esa visión un tanto superficial primó siempre salvo algunos períodos excepcionales. Ocurrió durante la Revolución Libertadora (1955-1958). Durante los 49 días del presidente Héctor Cámpora volvió a repetirse la formación de “listas negras”. En el equipo que ocupó el Palacio San Martín y pretendió perseguir a los funcionarios se encontraba el joven Felipe Solá, secretario privado del vicecanciller y uno de los hacedores del polémico discurso anti estadounidense que leyó Jorge Vázquez en la cumbre de Lima (21 de junio de 1973). Juan Alberto Vignes, en materia de personal, conservó similar conducta. En 1983 el canciller Dante Mario Caputo también menospreció a los diplomáticos argentinos y cuando aprendió a valorarlos ya era tarde. En estos días, a través de subterfugios, vemos lo que está ocurriendo nuevamente con la administración del ingeniero agrónomo Felipe Solá. El relato siguiente, guste o no, con otros estilos repite errores de otras administraciones.
En la madrugada del 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas derrocaron a María Estela Martínez de Perón y ocuparon el gobierno frente al silencio general. No hubo manifestaciones públicas, ni masivas, de apoyo. Tampoco actos hostiles. Desde ese día hasta el 29, interinamente, altos oficiales se hicieron cargo de los ministerios. El Palacio San Martín fue tomado por efectivos de la Armada a cuyo frente estaba el contralmirante Antonio Vañek. Según me relató años más tarde Raúl Quijano, el canciller de “Isabelita”, fue llamado a conversar a la Cancillería. Lo atendió el alto jefe naval y le pidió con toda consideración que retirara sus papeles personales. También le preguntó si necesitaba algo más. Quijano agradeció el trato y dijo que no necesitaba nada. Una vez que tomó sus pertenencias se retiró a su casa. En esas horas se sostenía que Vañek era el candidato a canciller; sin embargo, el 29 asumió el contralmirante César Augusto Guzzetti, un oficial submarinista que había pasado gran parte de su vida observando el mundo desde su periscopio. Toda una imagen.
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La Cancillería cayó en manos de la Armada de acuerdo con el 33% que demandó el reparto de las áreas de poder, y las embajadas también entraron en el “cuoteo”. A su vez, la administración de la Cancillería también se dividió en tres: Armada (política exterior); Ejército (personal y administración) y Fuerza Aérea (las relaciones y negociaciones comerciales con el exterior). Como comentaría años más tarde con la sutileza que lo caracterizaba el embajador Carlos “Kiko” Keller Sarmiento, “la Cancillería se convirtió en un buque de guerra, con todos los pabellones de combate flameando al viento”. Al capitán de navío Gualter Allara le tocó ejercer como subsecretario de Relaciones Exteriores. Otros oficiales navales (especializados algunos en “Inteligencia”) se repartieron los cargos más importantes: el capitán de navío Nelson Castro (subdirector general de Política Exterior), capitán de navío Julio A. Santoiani (director general de Planeamiento), capitán de navío de Infantería de Marina Roberto Pérez Froio (subdirector general de Planeamiento), capitán de corbeta Roberto Seisdedos (Subsecretaría de Relaciones Exteriores y la Junta de Calificaciones), vicecomodoro Cuadrado, conformaron los cuadros medios de la estructura de “la casa”. No estaban preparados y carecían de crédito intelectual para el desafío y para que no quedaran dudas, un capitán de navío hizo gala de su desconocimiento al afirmar durante una reunión en el Salón Verde: “Yo no sé nada de política exterior, pero me resulta muy divertida”.

Los nuevos ocupantes del Proceso de Reorganización, además de interventores, se convirtieron en defensores de la moral pública: en medio de una “cacería de brujas”, pusieron a todo el personal diplomático en la categoría “a confirmar”, o en “disponibilidad”, e instituyeron la calificación “SIF”, es decir la “situación irregular familiar”. Aquel que estaba divorciado se encontraba en problemas. Con el paso de las horas, varios funcionarios fueron echados, sin mediar razones públicas. Todo era a “sotto voce”. Unos por razones ideológicas, otros fueron víctimas de venganzas personales. Así se conocieron las expulsiones de Hugo Juan Gobbi, Vicente Berazategui, Ernesto Garzón Valdés, Teresa Flouret, Mario Cámpora, Juan Archibaldo Lanús, Lilian Alurralde, Albino Gómez, Félix Córdova Moyano, José Figuerola y May Lorenzo Alcalá entre otros. Del mismo modo como salieron despedidos unos funcionarios, fueron reincorporados otros que habían sido apartados en administraciones anteriores, especialmente durante la “razzia” de Juan Alberto Vignes, el ex canciller de Isabel Martínez de Perón.
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Dado el carácter castrense de la gestión, se impuso orden en la administración. En apariencia todo funcionaba bien, se cumplían los horarios. Pese al golpe de timón no llegaron ideas nuevas, ni renovadoras, susceptibles de conciliar una lectura certera de lo que pasaba en el exterior. Para los nuevos funcionarios los responsables de las malas lecturas de la situación internacional no eran los argentinos, sino los otros que no nos entendían. Mientras, la inestabilidad del cuerpo diplomático seguía vigente. Pasados los primeros noventa días la situación de los funcionarios estaba sin resolverse. La mayoría seguía en “disponibilidad”. El canciller, pese a todo, no perdió su parquedad. Preguntado sobre cuál era el futuro de Raúl Giraldes (un embajador tildado de peronista) contestó: “presenta un disparo en la línea de flotación”. La pregunta vino a propósito de que Giraldes había sido convocado por el canciller días antes para informarle que él permanecería en la carrera. Aliviado por la noticia, cuando bajaba la enorme escalera de mármol que lleva a la calle Arenales escuchó que lo llamaban para que retornara al despacho de Guzzetti. Al entrar, el almirante le dijo: “Me equivoqué, su situación continúa bajo análisis de la Junta”. Guzzetti pensaba que había conversado con otro embajador y Giraldes debió ser reconfortado en la enfermería del Palacio.
La línea de política exterior que habría de seguir Guzzetti estaba bien definida en las “Bases para la intervención de las FFAA en el Proceso Nacional”: “...ubicación internacional en el mundo occidental y cristiano, manteniendo la capacidad de autodeterminación, y asegurando el fortalecimiento de la presencia argentina en el concierto de las naciones”. Imbuido por el contenido de estos tres párrafos, el coronel Repetto Peláez irrumpió en el despacho de Eduardo Lorenzo de Simone para ordenarle: “Haga un plan para cerrar embajadas en África”. El funcionario, sorprendido, con su estilo parsimonioso y su voz nasal, le respondió: “Coronel ¿qué vamos a hacer con el Movimiento de Países No Alineados?”. La cara del representante del Ejército se desfiguró: “¿Qué es eso?, espere un poco que voy a consultar”. Para el comodoro Raúl Cura, subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales, le era difícil de entender cómo funcionaba la ley de “mercado” en los países del área socialista, porque allí imperaba una economía planificada y centralizada. “¿Cómo puede ser?” le preguntó a un joven consejero (hoy embajador). “¿Entonces dónde compran los rusos la comida si no tienen mercado?”
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El 4 de abril 1976 llegó a Buenos Aires el ministro de Marina de Brasil, almirante Geraldo Azevedo Henning. Traía en su portafolio un proyecto largamente acariciado por la Armada de la Argentina: la conformación de un tratado defensivo en el Atlántico Sur que pretendía cortar el avance de la influencia soviética-cubana y defender las rutas de aprovisionamiento de petróleo de los países occidentales. Esperaban contar para tales fines con la colaboración de las armadas de Brasil, Sudáfrica, Uruguay y los Estados Unidos. La participación brasileña se resquebrajó el 21 de septiembre de ese año, cuando el canciller Azeredo da Silveira declaró públicamente que “no hay la menor posibilidad de constitución de un sistema colectivo de defensa... menos aún con la presencia incómoda e indeseable de África del Sur”. De todas maneras, haciendo oídos sordos, la Cancillería envió al ministro Alfredo Oliva Day como encargado de negocios en Sudáfrica y los planes de acercamiento al régimen del apartheid continuaron avanzando, exponiendo a la Argentina en el bloque de países No Alineados. Es más, la Fuerza Aérea intentó vender sin resultados sus aviones Pucará. “No se habrá de mandar por ahora embajador a Sudáfrica, resulta altamente inconveniente. Y esta decisión contradice la planificación de la política exterior hecha en un principio por el sector ‘gorila’ de la Cancillería y la Armada”, comentó en “off” el embajador Enrique Ros.
El presidente Videla, influenciado en gran parte por el equipo económico, no estaba muy convencido de continuar en un bloque cuya voz cantante la llevaba Cuba, Libia y otros países influenciados por la Unión Soviética. La decisión quedó en suspenso luego de un almuerzo que el presidente mantuvo con varios ex cancilleres, entre otros Miguel Ángel Zabala Ortiz, Luis María de Pablo Pardo e Hipólito Jesús Paz. El ágape sirvió además para reflejar el espíritu de competencia que reinaba entre las armas. Fue cuando el canciller Guzzetti se quejó a Videla por no haber sido invitado, en momentos en que se analizaban temas de su área de competencia. La respuesta del Presidente de la Nación, casi una excepción con su estilo conciliador, fue que era su prerrogativa almorzar con quien quisiera. Como se observará en otros momentos, la decisión fue acertada: la permanencia de la Argentina en los No Alineados coadyuvó a los reclamos argentinos en el Beagle (1977-78); respaldó los reclamos de soberanía en las Malvinas y silenció las acusaciones de violaciones a los derechos humanos. Enfrentado con esta decisión, el ex canciller de Juan Carlos Onganía, Nicanor Costa Méndez, desde el mensuario Carta Política, escribió: “Los juristas sostienen que la Argentina está jurídicamente alineada con los Estados Unidos. Por lo menos en una alianza defensiva. [...] No necesitamos militar en el Tercer Mundo, al que no pertenecemos. La militancia en el grupo de los No Alineados puede alejarnos de nuestros viejos amigos y de nuestros naturales aliados. De aquellos países con los que mantenemos activo comercio y activas relaciones económicas y financieras. [...] Otro asunto nos debe mover a reflexión. Las Malvinas. Se necesitan los votos de la mayoría (de la Asamblea General de las Naciones Unidas), dicen los especialistas. No parece ser así, sin embargo. La intervención de las Naciones Unidas permitió comenzar las negociaciones. Es verdad. Conviene determinar si vale la pena limitar nuestra libertad exterior y prendar nuestra independencia en las Naciones Unidas, para asegurar un hipotético voto mayoritario cuya eficacia hasta ahora no se ha demostrado.” Costa Méndez durante 1982 tendría que volver sobre sus pasos, reconocer su error, y viajar a la cumbre del NOAL en La Habana y abrazarse con Fidel Castro.
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De todos los encuentros que mantuvo Guzzetti, en sus primeros meses como canciller, el más importante fue con el secretario de Estado Henry Kissinger, en el contexto de la Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA). Fue en Santiago de Chile, el 10 de junio de 1976. Guzzetti sacó el tema de Malvinas. “Hasta ahora”, dijo Guzzetti, “el gobierno de los Estados Unidos se abstuvo en la cuestión... es muy importante para la Argentina. Esperamos que los Estados Unidos puedan reconsiderar su posición y ayudarnos. [.] Pero sospecho que con el tiempo puede solucionarse, porque las Malvinas ya no son necesarias para el propósito original de los ingleses de proteger la autodeterminación de los isleños, de proteger las líneas de navegación”. “Para nosotros es difícil involucrarnos” (intervenir), fue la respuesta de su interlocutor. “Lo sé”, respondió Guzzetti, y explicó que el problema era que Gran Bretaña buscaba la autodeterminación para 2.000 isleños, 1.600 de ellos empleados de la Falkland Islands Company. Para el canciller argentino la no resolución del problema podría generar “efectos colaterales” y Kissinger visualizó que las cuestiones de seguridad podían asegurarse con armas más modernas (misiles) “bajo ciertas circunstancias”, que con una flota naval como en la Segunda Guerra Mundial.
A los pocos días de retornar de Santiago de Chile, tras el encuentro con Henry Kissinger, se dio uno de los diálogos insólitos que sonaron socarronamente por todas las paredes del Palacio San Martín. Fue entre el diplomático Quadri Castillo y el ministro Guzzetti:
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Quadri Castillo: Canciller, lo de la OEA salió bien, muy bien, ahora viene lo más complicado.
Guzzetti: ¿Ah, sí? ¿Qué es?
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Quadri Castillo: Ahora viene el encuentro con (Antonio) Azeredo da Silveira, por la disputa de las represas.
Guzzetti: Al negrito ese le pongo la cara número tres y lo paso al cuarto.
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El 8 de enero de 1977, la Cancillería realizó un balance de su gestión hasta ese momento. Entre los modestos resultados, valoraba “la ruptura del hielo de nuestras relaciones con Brasil y el mayor acercamiento con nuestros países vecinos como resultado de una mayor dinámica diplomática”. Puro optimismo. Meses más tarde, el canciller Azeredo da Silveira puso las cosas en términos más realistas cuando afirmó en el senado de su país que Brasil no tenía nada que discutir con la Argentina sobre la construcción de la represa de Itaipú. Y afirmó también que Paraguay ya no realizaba una política pendular, entre su país y la Argentina, dado que “en la actualidad Paraguay se inclina sólo hacia Brasil”. Mientras, las autoridades del Palacio San Martín hacían sus balances el personal diplomático seguía en “disponibilidad”.
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