
Nahir Galarza insiste en que no recuerda lo que pasó en el instante que vio por última vez a Fernando Pastorizzo, la madrugada del 29 de diciembre de 2017, en Gualeguaychú.
Escuchó una explosión. Luego otra. Como si la mente se le hubiese puesto en blanco o apagado después de un cortocircuito, según dijo. “Se me apagó la mente”, declaró.
Como si el arma 9 milímetros que era de su padre policía se hubiese disparado sola. O por accidente.
“No se puede entender, nunca fue imaginado”, dice una parte de unos de los primeros poemas que escribió en prisión y entregó a Infobae en la entrevista exclusiva que le dio el 17 de diciembre de 2018. Ella dice que no tiene nada que ver con el suceso que la llevó a la cárcel de mujeres de Paraná, pero al mismo tiempo dijo más de una vez que nunca pensó que podía llegar a matar a una persona.

“Muchos personas ven su propio crimen tiempo después de cometerlo, lo olvidan y no pueden describirlo”, solía decir el forense Osvaldo Raffo, que examinó en 27 sesiones a Carlos Eduardo Robledo Puch, el llamado Ángel Negro que mató a once personas por la espalda o mientras dormían entre 1971 y 1972.
En el juicio, Nahir declaró que un disparo la aturdió, luego otro, y que no supo qué hacer. Al final sintió el impulso de volver a su casa. Sobre la calle quedó el cuerpo de la víctima, y al costado la moto en la que iban. “Fue un accidente”, declaró. No le creyeron. Para los jueces del Tribunal Oral de Gualeguaychú, presidido por Mauricio Derudi, fue culpable. El 3 de julio de 2018 la condenaron a cadena perpetua por el delito de homicidio agravado por el vínculo y el uso de arma de fuego.
Pese a que ella jura que nunca fue su novio y que la maltrataba física y psicológicamente. “Me decía lo peor que se me puede decir: depresiva”, declaró entre lágrimas ante los jueces.

A tres años del crimen quedan varias dudas. ¿Fernando maltrataba a Nahir? ¿Ella lo planificó? ¿Por qué primero confesó haberle disparado y luego cambió su versión a qué fue un accidente?
La joven de 22 años no se considera una asesina. “Si creo que me siguen condenando por algo que nadie quiere admitir. Asesino es el que mata por placer, mi situación no fue así, ni el contexto ni el día del hecho. En algún momento me van a escuchar”, dijo.
Pero ese momento no ha llegado.
En la entrevista con Infobae dijo:
—Yo creo que todo pasa por algo, y creo que si no estuviera acá, en la cárcel, estaría en un lugar peor.
—Que no sería la vida.

—No. Siempre voy a llevar el dolor toda mi vida. Me siento mal porque ese día que busco olvidar terminó muriendo una persona joven. Ese peso lo llevaré toda mi vida. Yo hice el duelo que tenía que hacer. Reviví todo, con todo me refiero del hecho para atrás y hasta ese día, lo que me acordaba, porque sinceramente había cosas que no me acuerdo. Declaré en el juicio porque lo tenía que hacer, dar una explicación, me pareció que tenía que desprenderme de todo eso. Además de asimilar todo lo que me estaba pasando ese día, que lo tuve que contar en el juicio, fue muy difícil. Cuando terminé de declarar, salí y fui a ver a mis padres, lloré lo que tenía que llorar y ya está, dije, nunca más me quiero acordar esto, y me desprendí, no quiero volver al pasado. No quiero estancarme ni quedarme en ese día horrible. Todo lo que debía decir de ese día lo dije en el juicio. No quiero volver a hablar de este tema, además no quiero ser malinterpretada. Ya fui juzgada y condenada.

A nivel judicial, la abogada de Nahir, Raquel Hermida Leyenda, presentó ante la Corte Suprema un recurso de queja. “Se basa en la falta de perspectiva de género durante el proceso contra Nahir. La investigación y el debate oral evidenciaron graves negativas a la defensa, impidiendo la realización de numerosas pruebas. Fue notoria la violencia institucional contra los testigos que decían algo a favor de la imputada, hasta se llegó a denunciar por falso testimonio a una profesional y una vecina. Se le vedaron pericias completas y reiteradamente confundieron perspectiva con violencia de género”, dijo la abogada, que dirige el Equipo Interdisciplinario de la Red de Contención, una ONG destinada a asesorar a víctimas de violencia de género.
“Siempre pasaba lo mismo, me insultaba, me decía zorra y desesperada. Y me decía la palabra que más me hería: depresiva. Una vez le conté que cuando llegaba a mi casa y me acostaba, me ponía a llorar. No se lo conté para darle lástima. Pero él lo usaba para lastimarme”, declaró Nahir en el juicio el 26 de junio de 2017.
Habló durante más de dos horas y en algunos pasajes de su declaración lloraba sin consuelo.
Contó, además, que una vez Pastorizzo le mordió un dedo con tanta fuerza que saltó su anillo. Habló de otra lastimadura en la espalda y en la pierna, generada –según ella– porque Fernando la había agarrado del pelo. Y que una noche la empujó contra una pared y ella estuvo a punto de perder el conocimiento. Mientras Nahir decía eso, Gustavo Pastorizzo, el padre de Fernando, negaba con la cabeza.
La versión de Nahir sobre lo que pasó la noche del crimen no fue creída por los jueces: “En un momento, cuando él empezó a manejar la moto con las dos manos, solamente le saqué el arma, y cuando se da cuenta, frena la moto. Y cuando la frena es donde de repente me quedé aturdida y nos caímos los dos para el costado. Me alcancé a levantar y fue enseguida que quedé otra vez aturdida. Fueron dos segundos nada más. No sé cómo describirlo. Se me puso la mente en blanco, no sabía qué hacer. Tenía la mente como apagada. Estaba desesperada y nerviosa. No sé cómo explicarlo, ojalá pudiera cómo hacerlo”.
También afirmó que sufría violencia de género por parte de Fernando, que él esa noche le había apuntado con el arma y la había amenazado. “Qué lindo es el fierro de tu viejo”, le dijo según Nahir.

Luego declaró que después de los disparos no sabía qué hacer. “No podía quedarme pero tampoco irme. Me fui a mi casa, entré en mi habitación y no sabía qué hacer. Sabía que Fernando había recibido un disparo, pero del otro disparo no sabía. Estar herido no significa que te vas a morir. No se me cruzó por la cabeza que Fernando se iba a morir. Fue un accidente, por más cosas que me hubiera hecho nunca le hubiese causado daño. Nunca se me cruzó ni se me cruzará por la cabeza matar a alguien. En serio, no quería que pasara lo qué pasó. Pensaba en mi papá y no quería que lo culparan porque era su arma. Todos los días tengo la culpa de haber agarrado el arma en ese momento y no haber dejado que las cosas pasaran de otra forma. Estaba desesperada”.
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