
Había un desaliño, una traza inesperada, en el tipo que entraba al aula. Al lado del constitucionalista Gregorio Badeni, que acababa de dejarla, era un punk. Corría 1991, yo tenía 20 años, creía en Jorge Lanata y estudiaba periodismo en la vieja sede de la UCA sobre la calle Riobamba. El sujeto del desparpajo era Alfredo Serra. Imposible, después de echarle una primera mirada, no llamarlo Pingüino.
Pensé que nos iba a hablar de escribir periodismo, de cómo resolver una nota. Llevaba veinte años siendo un reconocido maestro en el asunto. El diario Crónica del Gallego García, la editorial Perfil de un joven Fontevecchia y la editorial Atlántida de los hermanitos Vigil se lo habían disputado tantas veces. Tuvo su rato, Alfredo. Su pluma eran sus plumas. Su escritura fue una vedette.
Pero no, nos habló de cine. El Perro Shinka, que terminó haciendo campo para el fútbol de la Televisión Pública; y Eva Marabotto, que pasó por zonales de Clarín, estábamos ahí sentados. No teníamos ninguna conciencia generacional ni nos sentíamos un colectivo de nada. Solo queríamos aprender y trabajar. No había pasado medio cuatrimestre cuando el Pingüino Serra pidió un proyector.
-Hoy la clase se trata de ver una película- dijo.
Dos horas después todos quedamos al otro lado de haber visto Rashomon, de Akira Kurosawa, la Carta Magna de la subjetividad. No tengo idea si él se lo propuso o no. Sé que Alfredo Serra me enseñó, esa mañana, de qué se trata la primera persona, qué cosa es eso que llamamos el Yo.
Okay, una jornada de cine había sido algo refrescante, ahora podíamos pasar al tema de escribir. Cuando lo vimos pedir nuevamente el proyector supimos que acá venía de nuevo.
Esta vez, cuando salimos del aula éramos personas que podían decir: yo vi Ladrones de bicicletas, de Vittorio de Sica, yo sé de qué se trata el neorrealismo italiano.
Con Kurosawa nos había dado una lección sobre el sujeto. Y con De Sica, una sobre el campo. Bien pensado, son los dos agentes activos de la nota: el sujeto periodista yendo al campo, al territorio. De golpe, tenía sentido haber visto lo que vimos.

La última etapa del proceso de una nota, la puesta en acto del lenguaje, la lección sobre la escritura misma, supusimos, quedaría a cargo de él, y no de una película.
Nos equivocamos. El Pingüino pidió el proyector una tercera vez. Y acá arranca esta historia porque acá es cuando de verdad lo conozco: de golpe Alfredo Serra, antes de encender el cañón, dijo: “Difícilmente vayan a encontrar alguien más gorila que yo, pero eso no me impide reconocer a Leonardo Favio como el mejor director en la historia del cine argentino”. Acto seguido, arrancaron los títulos de Nazareno Cruz y el Lobo.
El Yo, el territorio y la escritura en tres obras maestras que un profesor decidió que merecíamos ver.
La esperabas, la clase del Pingüino. Era, como la de Pasquato Juvenal, una clase para llegar temprano. Claro, en la UCA del año 91 había profesores capaces de decir que el SIDA había nacido de la promiscuidad sexual de los 60. Frente a ellos, Alfredo era un canto a la sensatez. Pero para eso le hubiera alcanzado con ser un profesor correcto, y fue mucho más que eso. El tipo creía en escribir. Y hacía que vos también creyeras.
Y creía en firmar. “Es importante ver el nombre propio en letra de molde”, decía. No lo entendí a la primera vez, o lo entendí mal: creí que hablaba de construir ego, y no, hablaba de construir voz. La firma era, para él, el sello de la voz en el texto.
Perdón, texto es una jactancia. En realidad, somos gente de notas. Hacemos notas. Una. Otra. Otra más. Una vida de notas en sucesión. ¿Cuántas notas escribe en su vida un tipo como Alfredo Serra? ¿Cuántas notas escribiremos nosotros al final? ¿A quién le importa ese número? Nunca lo escuché a Serra decir: texto.
Tenía una comprensión de la escritura que trascendía el hecho semántico. Para el Pingüino también había, en la tinta sobre el papel, un hecho visual. Fue al primero al que le escuché valorar los blancos. Tenía una mirada de departamento de arte antes de que los departamentos de arte se adueñaran por completo de la forma. Una vez, ahí paradito frente a clase, soltó:
-Las comillas son un recurso para usar una vez, máximo dos. Si llenan todo de comillas parece que por la hoja pasó una mosca con diarrea.

Hace 30 años que leo a Alfredo Serra. Siempre me sentí en las antípodas de su pensamiento político y siempre me sentí agradecido con él. En este país de la pugna rabiosa y las rutinas de colisión; en esta Argentina de la conversación imposible, quiero despedir un tipo que me enriqueció con la generosidad de su docencia. Es inteligente quedarse con lo mejor que dejan las personas una vez que ya no están. Con su luces, con lo que han podido iluminar.
Llevo 15 años siendo profesor de la Universidad de Buenos Aires. Ojalá mis alumnos me recuerden como el sujeto que les puso las películas correctas en el momento en que necesitaban verlas. Ojalá mis alumnos me recuerden como yo recuerdo al profesor que Alfredo Serra fue para mí.
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