
“Es raro decir que el hecho de haberme dado en adopción me salvó la vida, pero es así. Siento que fue un milagro”, reconoce Gonzalo Cristian Marenco. Ese es el apellido que figura en su documento, aunque nació como Gonzalo Castillo.
Gonzalo es el noveno de once hermanos. Nació en el barrio de Lavalle, en Viedma, capital de la provincia de Rio Negro. Hasta sus cuatros años vivió allí. “En los 90 dejé el barrio alejado de los suburbios, en donde los cartones y las maderas son testimonio de la necesidad social”, relata.
De la historia que pudo reconstruir años más tarde, Gonzalo recuerda cuando sus padres adoptivos, Rosana y Alejandro Marenco, lo fueron a buscar en un Fiat 600. “Tengo imágenes sueltas. Una señora que esa tarde me ató los cordones y una tortuga roja con cuatro ruedas. Mi padre me cuenta que estaba inflado, panzón y que mis rulos negros no tenían brillo. Ese fue el día me llevaron a mi nueva casa en Viedma”, recuerda.
En el nuevo hogar vivió hasta los 22 años. Tenía todo lo que había faltado hasta entonces: un cuarto, una cama, juguetes, ropa y un plato de comida caliente. “Pero sobre todo mucho amor. De un día para el otro tuve tíos, abuelos y primos. Era raro pero me iban presentando gente”, dice. Al principio se sentía un extraño, aunque al poco tiempo “fui un integrante más. Nunca hicieron diferencia, ni tampoco me negaron mi origen... era como si hubiera nacido ahí”, completa.
La primeras palabras de Gonzalo hacia esa mujer de pelo oscuro que se convirtió en su madre, fueron tímidas.
-Señora...
-No, Mamá me tenés que decir.
-Sí señora.
-Decime mamá.
-Mamá.

A los seis o siete años -no precisa- cuando “ya entendía un poco más”, sus padres de crianza le explicaron cómo lo habían adoptado. “Me contaron de mi madre, de mis hermanos y me dijeron que si los quería ir a visitar, podía…”.
En los primeros tiempos, por el hambre que había pasado, Gonzalo siempre se guardaba un pedazo de pan bajo la almohada. “Rosana, mi mamá, me preguntaba por qué lo hacía. Le decía que quería dárselos a mis hermanos. Son esas cosas que te marcan de por vida”, reconoce.
El tiempo pasó, Gonzalo fue a la escuela, tuvo otro hermano adoptivo -Nicolás- y con la llegada de la adolescencia aparecieron las dudas, y las ganas de buscar su identidad empezaron a surgir. “Soñaba mucho, pensaba qué sería de los Castillo, qué estarían haciendo, y qué hubiera sido de mi si nunca me hubieran venido a buscar. Canalicé esas emociones en el dibujo y la pintura”.
Y sigue: “Tenía sentimientos encontrados. Quería saber, aunque tenía miedo. A la vez no quería decepcionar a mis padres adoptivos, no quería que pensaran que era una desagradecido... pero la curiosidad estaba. Sobre todo cuando me miraba morocho, de ojos oscuros y ellos tan pálidos”.
En 2017, por esas cosas del destino y días antes de Navidad, Gonzalo fue a un almacén. Mientras salía de comprar, escuchó de lejos su nombre : ‘Gonzalo, Gonzalo’. “Tuve miedo, salí corriendo y me metí al auto”. Ya en casa, le comentó lo vivido a su madre, y ella lo animó a saber de quién se trataba.
La madrugada de la Navidad, un poco desvelado, decidió poner en el buscador de Facebook “Castillo”. Del otro lado, a los pocos segundos recibió un mensaje de Emilia Castillo, preguntando si él era Gonzalo, el joven que había visto en el almacén. “Quedé en shock. No sabía qué hacer. Le dije que sí, y me respondió ‘sos la estrella que me faltaba para completar los once…’”. Esa noche, no pudo conciliar el sueño, tenía “50 mil preguntas”. Organizaron un encuentro para los días posteriores.
El reencuentro

Habían pasado 30 años desde que Gonzalo dejó, en ese Fiat 600, la casa de su familia biológica. Era muy poco lo que se acordaba. Pero a medida que ingresaba al barrio Lavalle los pantallazos de su vida pasada le venían a la mente. “Llegué a la puerta de casa, era precaria, muy humilde la construcción, y allí estaba Emili ... me dio un abrazo fuerte, yo no pude devolverlo. Al rato aparecieron sus hijos, es decir mis sobrinos, uno de ellos se llamaba Gonzalo. Sentí una sensación rara, porque era gente ajena pero a la vez compartimos la misma sangre”.
Con Emilia mantienen el vínculo hasta hoy. “Ella es empleada en educación, tenemos mucha afinidad. Me buscó durante mucho tiempo. Me contó que el día que me fui, pensó que me llevaban de paseo... No que jamás volvería. Eso fue duro de saber”, recuerda
Reencuentro con su sangre
Esa cita entre hermanos fue difícil de procesar, aunque sanadora. Pero llegaría la parte más shockeante: encontrarse con Perla, su madre biológica, aquella que le dio la vida, pero que careció de recursos para criarlo. “Emilia me incentivó a verla, entonces le pedí que viniera. Cuando abrió la puerta de su casa me reconocí instantáneamente. Compartimos una larga charla, y entendí muchas de las actividades que me gustan como el arte, y el dibujo porque ella tenía cuadros en las paredes”, dice.
Gonzalo había ido con varias preguntas y pocas certezas, pero frente a Perla se le borraron todas. Estaba paralizado. Perla le contó porque había decidido darlo en adopción. “'No te abandoné, sino que no tenía los recursos económicos para criarte como correspondía', me comentó. Por falta de oportunidades, mis otros hermanos biológicos no tuvieron la misma suerte que yo. Creo que en el fondo fue un acto de amor, muy duro, pero un acto de amor. Una especie de milagro”.

Esa cita le sirvió a Gonzalo, y mucho. “Pude cicatrizar algunas cosas ese día, pude ordenar recuerdos, aunque traté de tapar algunos de una oscura etapa adolescente en la que siempre fui cuidado, amado y tratado con afecto por mis padres”.
Se volvieron un par de veces más, y hace dos años que Gonzalo se mudó a Cipoletti. “Sólo mantengo contacto estrecho con Emilia. Ahora estoy escribiendo un libro, un hobby que heredé de mi madre adoptiva. Además del profesorado en arte, también estoy estudiando Gestión en Salud, inculcado por mi padre adoptivo”.
Y cierra: “Soy feliz, a mi la vida me dio una segunda oportunidad, y una doble familia”.
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